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Nacional

13 años, siete meses y 25 días

Marlen Álvarez / SDPNoticias.com sáb 01 dic 2018 21:35
Foto propiedad de: Ronaldo Schemidt / AFP

“Primero muerto que traicionarles”, enfatizó antes de despedirse y antes de que la historia, también lo juzgue a él.

México.- Desde sus curules, las diputadas Raquel y Corina se tomaron de las manos y comenzaron a llorar. 

Mientras con una mano se sostenían, con la otra filmaban con sus celulares el momento en que un tembloroso Porfirio Muñoz Ledo recibió la banda presidencial de Enrique Peña Nieto y se la entregó a Andrés Manuel López Obrador. 

“¡Es un honor estar con Obrador, es un honor estar con Obrador!”, intentaban gritar las dos pero parecía que en sus gargantas tenían atoradas piedras de río. Los aplausos llovían como aguacero de septiembre. 

“Aquí empieza el mito”, gritó un legislador desde el anonimato, pero que por la arenga seguramente era de Morena. 

Dijo Juan Villoro que la vida se escribe hacia delante. El momento en que Andrés Manuel López Obrador comenzó a escribir la suya -al menos la parte política más relevante- fue hace 13 años, siete meses y 25 días cuando parado en la tribuna del Congreso advirtió a legisladores del PRI y el PAN que los juzgaría la historia por desaforarlo. 

“Tengo la certeza absoluta de que no se me juzga por violar la ley, sino por mi manera de pensar y actuar y por lo que pueda representar junto con otros mexicanos para el futuro de nuestra patria”, dijo aquel abril de 2005. El futuro llegó y los 13 años no sólo le dieron la razón, sino que le hicieron justicia política. 

Tras ponerse la banda Presidencial pronunció un discurso maratónico en el que hizo pausas para improvisar. Una de esas veces fue en el momento en que prometía que durante su sexenio no habrá gasolinazos. 

Como la política se empeña en ser contradictoria, la bancada panista le reviró con pancartas en las que pedían no más gasolinazos. Parecía que por un momento se les olvidó que tenían enfrente al maestro de la confrontación

“Ahora resulta que los que aumentaron el precio a las gasolinas están pidiendo que baje”, les dijo con aires de sarcasmo tropical al tiempo que los miraba, de arriba -la tribuna- a abajo. Aprovechó también para recordarles cómo incrementaron la deuda pública y la corrupción durante el periodo de los dos presidentes blanquiazules

“Ocupamos el lugar 135 en corrupción, entre 176 países evaluados y pasamos a ese sitio luego de estar en el lugar 59 en el 2000, subir al 70 en el 2006, escalar al 106 en el 2012 y llegar en 2017 a la vergonzosa posición en que nos encontramos”, enumeró el político de Macuspana al tiempo que Peña Nieto miraba a ninguna parte. 

López Obrador dejó a los panistas y direccionó sus dardos al mandatario saliente. “El distintivo del neoliberalismo es la corrupción. Suena fuerte, pero privatización ha sido en México sinónimo de corrupción”, dijo López mientras el mexiquense escuchaba taciturno. 

Era apenas el inicio de una letanía de acusaciones con el que López Obrador juzgó al priísta. 

Con la banda presidencial que tiene ya los colores en su sitio -verde, blanco y rojo- el tabasqueño le dijo a Peña que cancelará la Reforma Educativa y le reclamó que la promesa de la enmienda constitucional era producir tres millones de barriles diarios y ni siquiera se ha llegado a la mitad de esa meta. 

“No se trata de un asunto retórico o propagandístico, estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó, no solo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este periodo de la más inmunda corrupción pública y privada”, señaló. 

Al fondo del pleno, los empresarios se sentaron en un mismo lugar. Carlos Slim y Juan Pablo Castañón volvieron a oír el término “minoría rapaz” cuando el presidente prometió un gobierno para todos, no sólo para intereses particulares. 

Ya entrado en la hora y 20 minutos, López Obrador volvió a hacer eso en lo que parece que ya es un experto, convertir una anécdota en una promesa política. 

“Estoy preparado para no fallarle a mi pueblo. Ahora que venía para acá, se emparejó un joven en bicicleta y me dijo: Tú no tienes derecho a fallarnos. Y ese es el compromiso que tengo con el pueblo: No tengo derecho a fallar”, dijo antes de terminar su discurso en el Congreso. 

Para el ciudadano común cualquier medida política es un exceso impune. Quizá por eso al paso de López Obrador a Palacio Nacional un taxista le gritó al sedán blanco -como si le escupiera con rabia a una pared- “¡eres igual que todos los demás ¿por qué cierras calles?!”. Pero el reclamo se perdió en el mar de adulación y ovaciones que López recibió en las calles por donde pasó su automóvil rumbo al Zócalo. 

La comida con los invitados especiales pasó sin pena y abanderada por el reclamo de algunos asistentes que dijeron o escribieron que “no hubo alcohol”.  El presidente salió al Zócalo a recibir el bastón de mando de los pueblos originarios de México y de Norteamérica. 

Después de hincarse ante el reclamo sentido de un indígena, denunció que el país está quebrado, pidió paciencia y confianza y hasta anunció la fecha de su revocación del mandato ante los oídos sordos de los vendedores ambulantes que lucraban con su imagen en muñecos de peluche dorados. 

“Y les digo no me dejen solo porque sin ustedes nos valgo nada o casi nada. Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes soy del pueblo de México (…) Sin ustedes, los conservadores me avasallarían fácilmente pero con ustedes me van a hacer lo que el viento a Juárez”, dijo a modo de despedida.  

El presidente Andrés Manuel López Obrador comenzó así a escribir su vida de los próximos seis años. “Primero muerto que traicionarles”, enfatizó antes de despedirse y antes de que la historia, también lo juzgue a él.