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Columnas

El gobernador Alfaro ataca a AMLO ¿para defender a Jalisco o los intereses de Raúl Padilla?

@FedericoArreola dom 25 nov 2018 10:37
Los interesan juegan, y el gobernador electo de Jalisco defiende los suyos y los de sus aliados
Los interesan juegan, y el gobernador electo de Jalisco defiende los suyos y los de sus aliados
Foto propiedad de: internet


"¡Ay, Alfaro (y Padilla), se van a rajar!". Si Jorge Negrete no hubiera muerto, eso cantaría
En la política no hay casualidades. Huele a ataque coordinado que Alfaro se lanzara contra AMLO y al día siguiente lo hiciera Padilla desde el foro más global de Guadalajara, la FIL

No es ilegal lo que ha hecho el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro. Tiene el derecho de no estar de acuerdo con el presidente López Obrador. 

Por supuesto, no voy a negar la legitimidad de un político que ganó las elecciones de gobernador. La mayoría de votos se respeta.

Lo que Alfaro no tiene —y le sobra a Andrés Manuel, por cierto— es autoridad moral.

El gobernador Alfaro tiene autoridad, a secas. Es decir, posee la fuerza que le otorga el cargo que democráticamente obtuvo en las urnas.

Pero, para ser líder, hace falta la segunda parte del concepto: moral.

En un sitio de administración de empresas, Gestiópolis, se explica muy bien y con admirable sencillez el tema:

“La autoridad formal proviene del poder. La autoridad moral, de la lealtad de los demás hacia su líder, inspirada por su integridad y congruencia”.

El problema del gobernador Alfaro es que no actúa motivado por sus principios o valores, sino invariablemente buscando un fin personal o político.

El pragmatismo puede ser, y muchas veces lo es, el camino al éxito. Pero el simple éxito no basta.

En la política tradicional el fin justifica los medios. Se entiende, desde luego. Ese terreno, el de la política de siempre, es el único que domina Alfaro.

Le funcionó, en su momento, pelear con los poderes fácticos de Jalisco, especialmente con Raúl Padilla, poderoso cacique universitario.

Cuando Enrique Alfaro gobernó Tlajomulco, que está lejos de ser la alcaldía jalisciense más relevante, dijo con toda pomposidad que “Tlajomulco de Zúñiga es un municipio libre de Raúl Padilla López”.

Pelear con un hombre tan poderoso y tan poco apreciado en Jalisco como Raúl Padilla le significó al señor Alfaro un enorme crecimiento en su popularidad.

Aquel discurso de 2010 es, en lo que importa, idéntico al de hace un par de días del gobernador Alfaro.

En 2010, Enrique Alfaro dijo que no iba a permitir la indebida intromisión de Padilla en la administración de Tlajomulco.

Ahora, Alfaro dice que no permitirá que el presidente López Obrador controle el presupuesto de Jalisco.

Lo curioso es que un día después de que el gobernador electo jalisciense atacara a Andrés Manuel, el cacique universitario Padilla utilizó el foro más global que tiene Jalisco, el de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, para apoyar a su antiguo enemigo, hoy aliado, Enrique Alfaro.

No hay principios en el ataque de Alfaro a AMLO. Hay intereses a defender. Le importa que el próximo presidente no se meta en Jalisco para que él y sus socios —políticos o económicos—, como Raúl Padilla, puedan seguir haciendo lo que se les pegue la gana en la entidad que consideran de ellos, y solo de ellos.

De ahí mi pregunta: el gobernador Alfaro ataca a López Obrador ¿para defender a Jalisco o los intereses de alguien como Raúl Padilla, que personifica todos los vicios y algunas de las virtudes del “federalismo” mal diseñado y peor instrumentado que tantos señores feudales ha generado en todo el territorio nacional?

A Raúl Padilla López le debe Jalisco el evento anual más importante: la Feria del Libro.

Si a Padilla se le juzgara solo por la FIL, en el futuro merecería que su nombre se escribiera con letras de oro en la Cámara de Diputados.

Pero Raúl Padilla no solo es un emprendedor cultural reconocido en todo el mundo: también es un hombre que ha acumulado excesivo poder político y económico.

Si Andrés Manuel se metiera a revisar lo que pasa en la Universidad de Guadalajara, seguramente le iría mal al señor Padilla. ¿Qué tan mal? Habría que verlo.

¿Eso es lo que busca impedir el gobernador Alfaro, que pasó del odio a Padilla al amor incondicional —que solo puede ser producto de algún tipo de contubernio?

Hoy que están de moda las consultas populares, quizá sería buena idea que Morena organizara una en Jalisco para conocer la opinión de la gente acerca del poderoso Raúl Padilla... y de sus relaciones con Enrique Alfaro.

La verdad de las cosas es que Andrés Manuel con la figura de los superdelegados y con el proyecto de la Guardia Nacional, no busca vulnerar el pacto federal, sino tratar de acabar con los grupos de poder locales que tanto daño hacen no solo en la política o la economía, sino también en lo que se refiere a la seguridad pública.

No afirmo que las recetas propuestas por el presidente López Obrador sean las mejores. Seguramente son perfectibles y tendrán que implementarse con gran cuidado para no agravar los problemas que pretenden resolver. 

En Jalisco, por ejemplo, el designado superdelegado, Carlos Lomelí, no es una persona de prestigio intachable.

Lo que sí puedo decir con conocimiento del personaje es que a Andrés Manuel no lo mueve el pragmatismo ni el afán de concentrar el poder y ni siquiera el de consolidar a Morena como fuerza política a nivel local, sino que actúa basado en sus principios, profundamente convencido de que está intentando lo que piensa más beneficia a México.

Así las cosas, planteado el debate como un pleito entre Alfaro y Padilla contra López Obrador, solo porque este tiene de sobra lo que los otros no conocen —autoridad moral—, me atrevo a pensar que AMLO esta la ganará, y fácilmente.

No olvidemos que en el proceso electoral de 2018 en Jalisco, Andrés Manuel superó por más de 100 mil votos a Alfaro. Eran elecciones distintas, pero la gente votó el mismo día para presidente y para gobernador, y ni hablar, AMLO tuvo más apoyo en ese estado.

Por lo tanto, pronostico que no Jalisco, sino Alfaro y Padilla, se van a rajar. Tontos no son y no les gusta perder. Así que antes de que los arrase el viento del cambio político, se van a echar atrás.