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Columnas

La corrupción en Cultura; ¿“filosofía Layín” en el sector?

@NietzscheAristo mié 07 nov 2018 13:50
Jacqueline Peschard
Jacqueline Peschard
Foto propiedad de: Internet

I. Erradicación total de la corrupción

No es el combate a la corrupción, es la terminación radical, total, de la misma lo que ha prometido desde la campaña el presidente electo de México, López Obrador. Esta acción, procurada de manera incansable y efectiva, será la política que justifique su elección y acaso signifique el éxito de su gobierno. Lo ha ratificado una vez más con el caso Texcoco:

“Ya son otras condiciones, se acabó la corrupción, se acabó el influyentismo, ya no se van a privilegiar intereses personales o de grupo; se acabó la corrupción, [la consulta sobre el aeropuerto] es una muestra”.

Esto quiere decir que la erradicación de la corrupción en el gobierno tiene que ser generalizada, convertirse en política de Estado. Es una obviedad entonces reiterar que tiene que alcanzar a todas las oficinas de gobierno y a todos los niveles, y en general a las instituciones públicas de toda índole (por consecuencia, también a la empresa privada en sus tratos con el gobierno; cuando se involucre dinero del erario). Y aquí hablaremos del área de la cultura (y ya se ha hecho en este espacio en una serie de 5 entregas hace pocas semanas).

En el programa Observatorio Cotidiano, de TV UNAM, se ha tratado el tema de la corrupción en la cultura el pasado 26 de octubre. Conducido por Anel Pérez y como invitadas a debatir Jacqueline Peschard, Coordinadora del Seminario Universitario de Transparencia en la UNAM, Issa Luna Pla, responsable del Observatorio de la Corrupción e Impunidad del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, y Pilar Villela, artista visual y miembro del Sistema Nacional de Creadores. El título del programa es “LA CORRUPCIÓN EN LA CULTURA”. Las mayúsculas, como aparece en su versión de youtube, dejan ya una duda sobre el carácter del asunto; es ambiguo. No obstante, conforme se desarrolla el programa, se observa que se refiere en realidad a la corrupción que se da al interior del Sector Cultura del gobierno mexicano.

Desde este punto de partida, entonces, hay que descartar al menos dos temas. A. La corrupción como un fenómeno cultural atribuible a los ciudadanos; como pretendió establecer Peña Nieto hace algunos años para justificar la corrupción al interior de su gobierno. B. La corrupción como un fenómeno en el ámbito cultural como sinónimo de social; algo similar a lo de Peña Nieto pero restringido a la actividad cultural como una entidad total.

Hablando del Sector Cultura, para fines prácticos la Secretaría de Cultura, habría que añadir en este punto el descarte de otros temas, C. La existencia de corrupción o no en los sindicatos del Sector, entre los artistas o “trabajadores de la cultura” que tienen bases, plazas, contratos protegidos, etcétera; este asunto tiene su propia dinámica y una supuesta libertad de acción respecto del gobierno. D. La asignación de becas para artistas y creadores por medio del FONCA. Como bien menciona Villela durante el debate de TV UNAM, existen en este caso mecanismos rigurosos de control. Yo he sido becario en dos ocasiones y jurado en otras dos y puedo ofrecer testimonio de que los procesos han sido transparentes porque son públicos, con bases muy claras, y la asignación proviene del escrutinio de jurados especializados, 3 de ellos al menos por cada área, que tienen que deliberar y no siempre estando de acuerdo tienen obligación de llegar a puntos de decisión consensuada para el dictamen.

 

II. Utilización del cargo público para fines privados; “la ocasión hace al ladrón”

Entonces nos queda el ámbito donde a todas luces es evidente que existe la corrupción: En la burocracia y en los procesos de contratación de artistas. Y aquí quien establece la tónica de la discusión es la profesora Peschard. Ante la pregunta sobre qué es la corrupción, lo establece con nitidez:

“La utilización de un cargo público para fines privados. Puede ser utilizar el dinero o la capacidad de tomar decisiones pero para beneficio personal en lugar de para cumplir lo que son las funciones de las instituciones. Es un desviar lo que debe de ser las funciones de los distintos cargos públicos hacia intereses privados. Por ejemplo en (el proceso) de contratación de algún servicio o de obra pública; es ahí en donde (puede) haber un  desvío de recursos o la utilización de la capacidad de decisión para favorecer interés privados en lugar de a los intereses colectivos.”.

Muy claro: La utilización del cargo público para fines privados. (Que en el ámbito artístico muchas veces deviene en interés púbico, por gracia y obra de la burocracia; agrego). Esto es lo que ha sucedido en las oficinas de la burocracia de la Secretaría de Cultura, el INBA; las distintas direcciones generales y las varias especialidades de las artes, Teatro, Música, Ópera, Danza, Artes Plásticas, Literatura. Pero también en las oficinas de cultura de instituciones como la UNAM, el IPN, las universidades e institutos o secretarías de cultura en los Estados, Museos, etcétera. Es aquí donde se encuentran las vías de la corrupción, donde la burocracia toma las decisiones, donde utiliza su poder para beneficiar a artistas amigos o artistas “sugeridos” o recomendados con los respectivos acuerdos de intercambio o a cambio de recibir una “mordida” donde se favorece, en los casos de contratos internacionales, a ciertas agencias de representantes de artistas también bajo el acuerdo de intercambios o sobornos mayores.

Y esta corrupción se da porque el burócrata actúa de manera arbitraria o simulada, sin mayores criterios que el de su interés personal o de grupo, con la mira puesta en “su carrera política” (o artística, si la tiene), y porque tiene el poder de asignar los recursos públicos.

Ya he hablado anteriormente del tema. La solución tiene que venir no sólo a causa de un espíritu favorable y honesto en búsqueda de contribuir a la llamada cuarta transformación, sobre todo, de reglas claras, transparentes. De procesos de audición a artistas, que la contratación no se deje al arbitrio del burócrata sino al criterio de un grupo de jurados. Que se establezcan parámetros de contratación con rangos económicos estrictos tanto para artistas locales como internacionales. Y que cuando se quiera contratar a una “estrella” determinada que tiene sus propias tarifas por presentación, como sugiere Pérez, la conductora del programa, siempre existan posibilidades para que ello suceda sin rebasar el límite oficial de contratación que se establezca: a. que la iniciativa privada participe aportando lo que no alcance a cubrirse oficialmente; b. que el artista internacional, en caso de ser mexicano, quiera contribuir también el proceso de la “cuarta transformación” bajando sus aspiraciones que muchas veces no tiene en el extranjero porque todos los contratantes tienen tarifas; c. que quien desee admirar a ese determinado artista vaya a verlo al extranjero; d. como se ha hecho ya regularmente, que se presenten en el Auditorio Nacional y espacios similares las actuaciones de tal artista a través de una pantalla.

Lo fundamental en este punto crucial que propicia la ocasión a la corrupción de la burocracia cultural (“la ocasión hace al ladrón”), es la transparencia, respetar el derecho de todos los artistas a ser atendidos y escuchados, es la toma de decisiones a partir de jurados calificados y transparentes; también a partir del desarrollo de programas artísticos en que todos los artistas tengan la oportunidad de ser considerados.

 

III. “Filosofía Layín” en Cultura; “¿qué tanto es tantito?”

Lo que no dejó de sorprenderme en este debate fue una de las posiciones de Pilar Villela -que se autodenominó representante del “precariado que trabaja en cultura”-, quien dijo que al ser el sector cultural uno de “los más pobres en términos de los dineros que da el Estado, es en ese sentido uno de los menos corruptos”. Es decir, la filosofía del “tristemente célebre” acalde de Nayarit apodado “Layín”, quien admitió alguna vez que sí, que había robado, pero nada más poquito.

Naturalmente, esto no puede ser. No se trata de tolerar cierto grado de corrupción. El burócrata cultural tiene que ser tan exhaustivamente supervisado como cualquier otro de cualquier sector. No importa el tamaño del acto de corrupción. Recuérdese el famoso caso de la viceprimer ministra sueca, Mona Sahlin, que en 1995 renunciara a sus aspiraciones a primera ministra por haber sido exhibida en el mal uso de la tarjeta oficial de pago para hacer compras personales indebidas, entre ellas, unos chocolates Toblerone. Recuérdese lo que le sucede a los políticos corruptos en ciertos países asiáticos. Alejandra Frausto, próxima titular de la Secretaría de Cultura tiene mucho por hacer para contribuir a la política de la Cuarta Transformación prometida por presidente electo.

“¿Qué tanto es tantito?”, la frase de Armando Ramírez, el “¡Uy, uy, uy!”, el mero, mero autor de Chin Chin, el teporocho, no debe de tolerarse en la burocracia cultural por muy artística que se quiera; el arte de la transa es inaceptable.