domingo 21 de octubre de 2018 | 12:56
Columnas

¿Qué no sabes quién soy yo?

@israelg50947443 jue 11 oct 2018 21:27
Andres Manuel López Obrador
Andres Manuel López Obrador
Foto propiedad de: Internet

Después del idilio sufragístico, a un presidente de la república no le queda sino hacer política, aunque sea muy a su pesar. AMLO siempre lo ha sabido, y esa es una de las ventajas que ha tenido durante años sobre sus oponentes. El problema es que el oficio político ni baja en cascada, ni se transmite por ósmosis, o como dicen en la cuarta, “con el ejemplo”. Porque un político tiene claro que, tan importante como el ejercicio del poder, es el criterio de oportunidad de cuándo y cómo usarlo. La prudencia, pues. Si el poder se usa cuando no se debe, se erosiona, desprestigia y se anula para cualquier acción futura. Porque en ese caso, siempre es percibido por la ciudadanía como una arbitrariedad. Por eso, entre otras cosas, la política es más arte que ciencia, más oficio que carrera, más instinto educado que manual de reglas técnicas. Y López Obrador es un maestro en esos menesteres, lo digo completamente en serio. Sabe cómo funcionan las democracias modernas, donde el presidente ya no puede hacer casi nada unilateralmente, y sabe cómo funciona la psicología de los mexicanos; por eso convirtió todos los problemas públicos en un problema moral: es muy fácil, se trata de ser bueno; si estamos mal, es porque todos los anteriores han sido malos. Pero muy en el fondo sabe que no es cierto, sabe que la decisión política siempre implica quitar a unos para darle a otros, se trata de repartir panes que nunca alcanzarán para todas las bocas hambrientas. La decisión política, en una nuez, es asumir la responsabilidad de a quién priorizar para repartir los limitados recursos, y eso implica, necesariamente, dejar fuera a otros. Eso explica que nuestro presidente electo sea el hombre de los mil tonos. Con los universitarios es abierto, con los campesinos incendiario, con los sindicatos críptico, con los empresarios moderado, lo que se necesite, pues, para que su audiencia salga creyendo que están en el mismo canal. Y me deja más tranquilo que un presidente sea así, que o contrario. No me gustaría otro niño consentido que sólo sabe hablarles a los economistas con maestría, y que viva pegado a las redes sociales porque crea que a través de ellas fluye México. Dios me libre.

Pero un político prudente es siempre desconfiado y por eso tiene un círculo íntimo muy pequeño y cerrado. Cuando gana una cosa demasiado grande, tiene que echar mano de recomendados y de recomendados del recomendado. Eso explica, muy probablemente, las claras inconsistencias entre el discurso que ha manejado y vivido AMLO durante casi 20 años, y las acciones de algunos morenistas. Por eso de repente una senadora se emborracha con champaña en su nombre, un presidente municipal cierra un estadio para casarse, otros dos se casan con fastuosidad mientras un senador lleva jícamas en un tupperware para demostrar una extraña penitencia gastronómica que asimila a virtud moral, y Noroña, pues ahí anda suelto haciendo lo que sea que haga pero que siempre termina en alguna bravuconería o amenaza. Creo de buena fe que AMLO debe reunir a todos sus colaboradores y dar un decálogo de comportamiento en público, porque sus desmanes y torpezas las hacen en su nombre y sí se están comportando con soberbia, como investidos de una superioridad moral que no puede tener ningún servidor público. Y en este limbo de no ser pero ya casi, se exhiben innecesariamente. Esa torpeza es la que hizo que la futura directora de CONACYT, mandara un oficio mal fundado que sólo exhibió su ingenuidad política, pues lo mismo pudo haber pedido de forma verbal al saliente. Esa fue, también, la que hizo que el próximo secretario de comunicaciones y transportes, que todavía no lo es, encaró a una apoderada legal luego de meterse él ilegalmente a una propiedad privada (porque eso hizo, no se hagan bolas), y ante la solicitud de que se retirara, lo primero que le contesta el señor es “¿Usted me está preguntando a MÍ quién soy?”. Y luego amenaza con dejarle caer todo el peso de SCT el 2 de diciembre. Señor presidente electo… ¿Qué es eso? Dele a leer a su gabinete los artículos 14 y 16 constitucionales, al menos. Quienes creemos en su prudencia, se lo solicitamos con apremio.