martes 11 de diciembre de 2018 | 03:31
Columnas

Nunca les digas que fuiste al Sur

@Teotihuachango mié 10 oct 2018 15:19
Ayer, en un evento repleto de extranjeros, un chico comentaba un cortometraje que había realizado en Kenya.
Ayer, en un evento repleto de extranjeros, un chico comentaba un cortometraje que había realizado en Kenya.
Foto propiedad de: Internet

 

Podría contarles sobre un viaje maravilloso a un continente lejano. Podría, por ejemplo, hablarles de su cultura, de la forma en la que me aceptaron y las maneras que adopta la volátil estructura del amor en otras lenguas. Luego describiría anécdotas divertidas para ahuyentar el incienso de veneración que profesa un grupo de oyentes a un viajero exótico. Las risas vendrían acompañadas de reflexiones culturales, preguntas idiotas y cuestionamientos que interpelan mis privilegios (esas telarañas metálicas que cortan nuestros dedos al intentar removerlas). Cifras. No podría olvidarlas. Nada tan profesional como mostrar conocimiento wikipediático sobre un cierto grupo social. También añadir una historia que no viví, pero escuché y es mejor evitar al intermediario. La hago propia. Situación trágica. Se me corta la voz a la mitad del relato y alguien me da una solidaria palmada en la espalda. Agradecería en el idioma de la cultura del relato. El asombro no cesa. La audiencia se da cuenta que también hablo la lengua de aquellos nativos. Comienza la retórica del coqueteo. Las posibilidades de enseñar al provisional grupo de colegiales sobre algo distinto. Prefiero contar mis aventuras. Mis logros. Lo mucho que me debe ahora esta cultura. Lo grandioso que es mi altruismo. ¡Oh dioses de la recompensa! Hagan lo propio con este (nada) humilde siervo.

 

¿Ha presenciado alguna vez un episodio similar? ¿Ha escuchado a alguien presumir su interminable caridad aburguesada? ¿Ha protagonizado el relato que arranca aplausos para engrandecer su ego? Curiosamente, cuando vamos al sur nos sentimos mesías y cuando vamos al norte, caemos de rodillas en admiración. El sur del mundo se ha vuelto el río Jordán de la culpa blanca; espacio de purificación para que los espíritus del primer mundo puedan volver blanqueados, sin la mácula de saberse causantes de todo el mal en los países empobrecidos. Turistas absurdos, cómplices de la humillación cultural andando nuestras calles con sandalias de plástico y señalando con asombro a la infancia empobrecida. Aplaudimos a la gente que viaja, despreciamos a quienes lo hacen por vía ilegal. ¿Alguna vez se detendrá esta estúpida admiración hacia los privilegios? ¿Alguna vez podremos transitar de lo políticamente correcto a la voz de la denuncia que no teme privilegiar las verdades? ¿Seguiremos tolerando, en sumiso silencio, a quienes sufren del complejo mesiánico?

 

Ayer, en un evento repleto de extranjeros, un chico comentaba un cortometraje que había realizado en Kenya. No llegué a tiempo para ver dicha obra. Solamente pude escucharlo comentarla mientras respondía preguntas del público. Era un extranjero sencillo, blanco. Aunque hablaba desde el corazón, no pude dejar de sentir que muchas veces he incurrido en esa postura falsamente heroica cuando hablo de otras culturas, de culturas ajenas. Incluso la mejor de las intenciones, como la del joven cineasta, pueden resultar en un sutil guiño al racismo. Dejemos de loar lo distinto y comencemos a profundizar en su ethos. Dejaré de hablar sobre África por arrogancia y comenzaré a escuchar. Existen más ritmos y latidos fuera de los propios; percusiones colectivas que nos alimentan y engrandecen el espíritu.