lunes 15 de octubre de 2018 | 04:39
Columnas

Mario Delgado, Martí Batres y demás polemistas del montón

@eloygarza mar 25 sep 2018 09:17
Diré en defensa de AMLO, sin escatimar elogios, que tiene una inteligencia intuitiva, esa captación en dos segundos del sentimiento popular, que no requiere de conocimientos superiores
Diré en defensa de AMLO, sin escatimar elogios, que tiene una inteligencia intuitiva, esa captación en dos segundos del sentimiento popular, que no requiere de conocimientos superiores
Foto propiedad de: El País

 

 

En México la discusión pública no la gana nadie porque más que argumentos, se fijan posicionamientos: todo es descalificación a la persona y atrincheramiento en las posturas políticas propias. Sólo Porfirio Muñoz Ledo podría dar la talla como polemista, pero con sus 85 años sufre para subir las escaleras de tribuna.

En el mejor de los casos, los políticos de cualquier partido y sus defensores o detractores de redes sociales, incluyendo bots, sólo convencen a quienes coinciden de antemano con sus reflexiones. Y es que al margen de sus alcances discursivos (muy pobres), culturales (no muchos), políticos (muy mezquinos), económicos (muy elementales), los polemistas mexicanos no saben conjugar el verbo debatir.

Es comprensible: en México no hay cultura del debate. En Estados Unidos, entre elecciones primarias y elecciones abiertas, un político debatirá en promedio 45 veces en su vida; en Francia lo hará 38 veces; en Inglaterra un Primer Ministro debate casi a diario con el gabinete opositor (shadow cabinet).

Los grandes polemistas en México, Nemesio García Naranjo, Alejandro Gómez Arias, y después Heberto Castillo y Carlos Castillo Peraza, son leyendas ya lejanas. ¿Cuántas veces habrán debatido sus ideas para gobernar, al margen de los discursos para seguidores o acarreados, un alcalde o un gobernador? Muy pocas. Y muy pobremente.

Aunque Andrés Manuel López Obrador se ha ejercitado en innumerables debates, sus argumentos suelen ser más arengas didácticas que razonamientos dialécticos. Político avezado sí los hay, los discursos del Presidente electo son ejemplares por simples, pero pobremente conceptuales. No es condenable su rechazo visceral e instintivo en contra de la corrupción. Es sólo que desconoce el pensamiento complejo: es el llano en llamas.

Diré en defensa de AMLO, sin escatimar elogios, que tiene una inteligencia intuitiva, esa captación en dos segundos del sentimiento popular, que no requiere de conocimientos superiores, como sí los tiene un Lula da Silva (injustamente preso) o un José Mujica. Pero Andrés Manuel no es Lula. Ni Mujica. Punto.

A los actuales polemistas parlamentarios de Morena (Mario Delgado, Martí Batres, etcétera), sin excluir a los legisladores de los demás partidos,   los representan sus clichés, los lugares comunes que se creen vaciladas ocurrentes, los monólogos extremistas que se autoexcluyen; los discursos sordos que se encierran en el baño para discursear soliloquios, y el pensamiento único como cómodo blindaje personal, que no se preocupa por urdir el mínimo argumento complejo. ¿Entonces, cómo vamos a analizar con estos legisladores del montón los grandes problemas nacionales?