jueves 15 de noviembre de 2018 | 06:11
Columnas

Por eso el aperitivo, el vino y el digestivo, porque mañana quién sabe

@israelg50947443 mié 12 sep 2018 15:25
Por eso el aperitivo, el vino y el digestivo. Porque ahorita se puede, mañana ya quién sabe.
Por eso el aperitivo, el vino y el digestivo. Porque ahorita se puede, mañana ya quién sabe.
Foto propiedad de: Internet

Este artículo empezó como un berrinche. Yo no bebo alcohol, y aunque no juzgo a nadie, no me parece justo que comidas y reuniones para concretar o hacer nuevos contactos profesionales deban incluir un “impuesto al abstemio”. Es decir, que la cuenta se divida en partes iguales entre quien tomó tequilas, whisky y digestivos, y quien se comió una carne asada y una naranjada. El networking no es más eficaz si se subsidian los vicios ajenos. Pero me dio pie para hablar de algo más interesante, que es el contexto laboral donde ocurren estas desvergüenzas.

El final del sexenio es el mejor ecosistema para encontrar burócratas nerviosos. Sobre todo, los “mandos medios” y “mandos superiores”, se mueven inquietos, se reúnen con todas las personas que tienen registradas en su teléfono, aunque hayan pasado 5 años desde la última vez que las vieron, y se abrazan unos a otros, metafóricamente, esperando que el otro futuro desempleado les confirme: “todo va a estar bien”. Pero para mucho no va a estarlo. Y no es porque un partido u otro ocupe el gobierno, sino porque su comportamiento es, como el de muchos profesionistas de clase media, irracional y autodestructivo financieramente. A ver si me explico.

Los empleados del gobierno, después de cierto grado de responsabilidad, están sujetos a presiones permanentes; algunas reales, otras ficticias. A veces tienen efectivamente un plazo legal que cumplir (pienso por ejemplo en los abogados de las áreas jurídicas) y otras son prisas inventadas por alguien que no sabe manejar el estrés y baja ocurrencias o regaños en cascada, para generar algún documento que se quedará marinando un escritorio.

Pero la presión que sienten es real, y se combina con el trabajo por horarios en lugar de objetivos, bonita tradición que conservamos de la época en la que no había teléfonos celulares y se tenían que quedar en la oficina “por si brincaba algo”.  Hoy la regla se mantiene sin la razón que la creó, e innumerables burócratas se quedan hasta altas horas de la noche esperando a que el jefe conteste sus correos, haga tiempo mientras se pasa el tráfico, o lo que sea.

En lo que nos interesa, esta mezcolanza de idiosincrasia clase mediera, irracionalidad y estrés, provoca que los compañeros incurran en acciones que no les hacen bien, como fumar el triple, beber el triple de café durante el día y, al final del sexenio, beban alcohol en casi todas sus comidas, borrándose la línea entre martes y sábado. Por un lado, viven como sus contrapartes de la iniciativa privada y compañeros de generación, pagando colegios privados para sus hijos a fin de que aprendan a hacer bolitas y palitos en tres idiomas, y sacan a crédito el carro, la casa y las vacaciones. Por otro lado, viven en la zozobra de que en cualquier momento se les puede acabar el trabajo por algún cambio político. Pero a fin de sexenio esa incertidumbre se vuelve certeza: al menos ese trabajo concreto, lo van a perder.

Su pánico se potencia y comienzan a multiplicar sus gastos, creyendo que son inversiones en relaciones públicas. Cinco comidas a la semana, que justifican en su casa como si fueran gastos de representación: “tuve que ir con fulano, y salió cara la cuenta, pero era necesario, son las relaciones…”. Lo triste es que no tienen muy claro, ni ellos mismos, por qué es una relación importante si es una persona que está en la misma situación que él, o muy parecida, ni para qué puede usar esa “relación” y qué tanto influye haber pagado esa arrachera de 500 pesos o ese brandy en lunes para que se tradujera en algún provecho, el que sea. “Es que me dicen que es muy cercano a una persona que está en el círculo más cercano del que va quedar como…”. Siempre es falso.

La cruda realidad es la siguiente: quien tiene el tao nunca habla del tao. Es decir, quien tiene suficientes relaciones, ahorros, proyectos viables o cualquier tabla de salvación, está sembrando e invirtiendo, en lugar de gastando sus últimas quincenas. Casi siempre los que se juntan son niños perdidos en la jungla del cambio de gobierno, dándose ánimo sin fundamento, ciegos guiando a otros ciegos. El próximo trabajo que tengan (porque lo tendrán, así es la vida) poco tiene que ver con su pánico, sus coqueterías con otros artistas de la cuerda floja financiera, y bien podrían ahorrarlo para tener más tranquilidad y cabeza fría en la coyuntura. La reducción inminente de sueldos no cambiará en lo fundamental el enorme defecto que tienen los profesionistas de clase media, se dediquen al gobierno o no: la falta de educación financiera. Por eso el aperitivo, el vino y el digestivo. Porque ahorita se puede, mañana ya quién sabe.