sábado 17 de noviembre de 2018 | 02:24
Columnas

“El salvaje”, de @G_Arriaga

@HECavazosA jue 21 jun 2018 19:55
Como apasionado a la caza de montaña que soy y chilango, disfruté El salvaje al máximo.
Como apasionado a la caza de montaña que soy y chilango, disfruté El salvaje al máximo.
Foto propiedad de: Internet

Anoche terminé de leer El salvaje, de Guillermo Arriaga.

Qué novela tan intensa, tan febril; su motor son la venganza y las cicatrices; sus personajes son entrañables, tan humanos que casi los puedes abrazar, sentir, oler, tocar. Por eso sufre uno con ellos; al ir pasando las páginas de esta magnífica obra, vas desentrañando a sus protagonistas de manera paulatina, y al hacerlo sientes sus asfixias, sus quemaduras, sus cortadas, sus heridas, su frío y su calor.

Adoré el texto no sólo por cómo en él se dibuja la relación tan íntima que sostienen la muerte y la sangre en esta vida, sino también por los mundos tan distantes y distintos que en cada uno de sus capítulos podemos leer. Por un lado, la jungla de concreto, un vecindario popular en la delegación Iztapalapa, con todos sus matices, su violencia, su idiosincrasia, su folclor. Por el otro, el Yukón, con sus espléndidos paisajes, su silencio, su naturaleza fiera, su flora, su fauna y su clima apocalíptico.

Yo que he tenido la suerte y el privilegio de caminar las montañas del norte de la Columbia Británica y de la Cordillera de Alaska, sentí nostalgia y un céfiro helado al leer esta novela; porque el autor describe a la perfección aquellas tierras remotas que se encuentran muy al norte de donde vivimos.

La Ciudad de México también es delineada con trazo perfecto. Sobre todo el oriente de la capital de la República. Con una dimensión ideológica del cronotopo tan romántica como pueden ser los finales de los sesenta e inicio de los setenta en el otrora Distrito Federal, El salvaje fue escrita sin caer en lugares comunes: nada de eslóganes anti yankee, ni barbones ni represiones estudiantiles. Nada de eso; al contrario, se tocan temas poco explotados, como el fanatismo religioso y los activistas que lo profesaban con violencia y tiranía en ese tiempo; también la novela es un constante homenaje a obras literarias, ídolos del rock, la caza y el circo.

Como apasionado a la caza de montaña que soy y chilango, disfruté El salvaje al máximo; sobre todo porque de momentos me veía nuevamente al acecho de un carnero entre enormes peñascos y sobre inmensas serranías, y en otras ocasiones me sentía deambulando por Río Churubusco o el Centro Histórico, o bien brincando de azotea en azotea en la colonia Unidad Modelo; viajes que se veían interrumpidos por el magnífico uso de la analepsis y prolepsis que distingue a la pluma de Guillermo Arriaga, uno de los maestros de la superposición de planos tempo espaciales de nuestro cine y hoy de la literatura.