sábado 21 de julio de 2018 | 10:36
Columnas

El mantra en las mesas de restaurantes de lujo: “Si gana AMLO no va a pasar nada”

@mayraveracruz jue 21 jun 2018 17:22
Hay tanto odio al PRI y a Peña, que una mayoría que responde encuestas es capaz de arrastrarnos a todos al vacío. Aunque esta elección todavía puede dar sorpresas.
Hay tanto odio al PRI y a Peña, que una mayoría que responde encuestas es capaz de arrastrarnos a todos al vacío. Aunque esta elección todavía puede dar sorpresas.
Foto propiedad de: Internet

 

A diferencia de Peña Nieto, mi ahijada Fernanda no sólo habla un perfecto inglés sino que a sus ocho años, platica muy bien el francés y el alemán. Ella estudia en una de esas escuelas privadas de la Ciudad de México que, la verdad, son la envidia de quienes cursamos toda nuestra educación en escuelas públicas. Sus padres, mis compadres Benito y Lorena, que estudiaron maestría y doctorado en Londres, son altos ejecutivos de una empresa transnacional, siempre han querido lo mejor para ella, y se esfuerzan todos los días para lograrlo. Así que dentro de unos cuantos años, la nena, si Dios quiere, se va a ir a estudiar el High School a uno de esos colegios que parecen castillos de Harry Potter en Canadá o Estados Unidos.

El pasado fin de semana, mi gordo me invitó a comer para su muy mala fortuna —ya diré por qué— a un restaurant de Cocineros Vascos en Presidente Mazaryk, y coincidimos con nuestros compadres. Habían elegido el establecimiento, famoso que vende “jamón de vaca vieja” (así, como lo lee) como sede del encuentro mensual de la mesa directiva de padres de familia del colegio de Fer.

Aunque nosotros llegamos sin la reservación requerida a un restaurant que se precia de ser de categoría, tuvimos suerte y nos sentaron junto a la mesa donde, vinos de por medio y chuletones añejados aparte, los papás de niñas como Fernanda se ponían al tanto no sólo de los planes y pormenores de la escuela, sino de los temas del momento, las campañas presidenciales y el mundial de futbol.

Cuando la comida se fue relajando con la llegada de los postres, entre ellos un arroz con leche bastante memorable, Benito y Lorena se acercaron para invitarnos a la mesa a fin de presentarnos al resto de los comensales, a los que habíamos saludado de lejos cuando llegamos. Sentarnos con ellos, un concesionario automotriz, un industrial, dos prominentes abogados fiscalistas y sus respectivas esposas, con las que compartimos dos o tres botellas de Pacharán, fue una experiencia que me confirmó algo que venía pensando desde hace días: si bien la elección presidencial es una decisión que tiene una gran trascendencia por el nuevo rumbo económico hacia al que puede enfilarse el país, la gente del capital anda más bien bastante despreocupada y confiada.

Todos en la mesa, salvo mi gordo y yo, hablaron de las predicciones económicas que han emitido lo mismo agencias calificadoras de riesgos como Mooddy´s, que el economista en jefe de Citigroup, un ex empleado de Luis Videgaray, por cierto: si gana López Obrador, no va a pasar nada, la economía va a estar estable y el Producto Interno Bruto va a crecer. A diferencia de 2006 y 2012, la presión contra el dólar provendrá de factores externos, no de la presencia de AMLO en Los Pinos.

El clima de optimismo ya nos estaba embargando a todos cuando pedí que me sirvieran otro Pacharán Navarro, y fue entonces cuando decidí poner el acento en temas racionales que a veces no vemos de manera clara. Me concentré en las reformas estructurales, y en los planes económicos consistentes en regalar dinero vía subsidios y apoyos a algunos sectores de la población, sólo para abrir apetito. Pero creo que hice el ridículo porque tras un largo silencio, la esposa de uno de los fiscalistas me chuleó la bolsa Louis Vuitton que mi gordo me regaló en nuestro aniversario de bodas hace tres años.

Por caballerosidad o generosidad, no lo sé, el industrial terció salvándome de la mirada asesina de mi gordo diciendo que lo que había que hacer es acercarse a la gente que rodea a Andrés Manuel porque cuando lleguen al poder, ellos van a ser los que operarán la economía, las finanzas, y darán los vistos buenos a los proyectos de inversión en el país. Yo hablé con Romo, dijo, y remarcó que toda esa gente “son en realidad gente del sistema”. 

–Dice todo eso para ganar más votos, pero al final, no va a poder hacer mucho de lo que ofrece en los mítines y no va a poner en riesgo los empleos ni el libre mercado, remató como rezando un mantra. Me lo imaginé escribiendo en una libreta Scribe la frase, para que ojalá se materialice. Como lo hacía con sus sueños de bonanza la esposa de Javier Duarte.

Intenté volver a la carga sobre el fin del régimen político y económico que se mira en puerta. Pero una llamada recibida por el otro fiscalista, que se había mantenido en silencio, activó a toda la mesa en un tema de la asociación. Por lo que supe entonces, estaba por llegar vía Madrid, una familia de exiliados venezolanos que quería inscribir a sus cuatro hijos en la escuela, pero necesitaban instalarse en una casa cercana al colegio. 

Pronto, la plática pasó de hacer llamadas para preguntarle a amigos sobre casas que tuvieran en renta, y a ofrecer muestras de solidaridad como alojamiento provisional y la gestión de becas, a comentar el “horror” que se vive en Venezuela, un país destrozado por la implementación de políticas públicas que terminaron pulverizando a la clase media y haciendo de acceso general no las oportunidades de desarrollo prometidas por un líder carismático como Hugo Chávez, sino la pobreza.

Obvio que ya no dije nada, pero la madrugada del domingo, mientras atendía a mi marido de una horrenda infección estomacal causada por la carne del restaurant Sagardi, llegué a la conclusión de que al negociar uno por uno y al no defender el ideal de la libre empresa, los dueños del capital mexicano estaban cometiendo justamente el mismo error de sus pares venezolanos que ahora encarnan un éxodo masivo en busca de las oportunidades que no tuvieron en el país.

Pero la actitud de los empresarios que creen que AMLO no va a hacer lo que ha ofrecido a sus bases que hará, no es tan preocupante como el hecho de que 7 de cada 10 mexicanos está en contra de la amnistía ofrecida a criminales, más del 60 por ciento se opone a la cancelación de las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y una cifra similar no apoya que se derogue la reforma educativa, y sin embargo, piensan votar por el candidato que hace todas esas propuestas. 

Y es que estamos a punto de que concluyan las campañas y creo, sin temor a equivocarme, que para lo único que han servido es para que entendamos menos lo que somos y lo que queremos como mexicanos: hay tanto odio al PRI y a Peña, que una mayoría que responde encuestas es capaz de arrastrarnos a todos al vacío. Aunque esta elección todavía puede dar sorpresas.