lunes 18 de junio de 2018 | 06:16
Columnas

¡Cordero de Dios…!

@cassmig mar 12 jun 2018 16:07
Ernesto Cordero
Ernesto Cordero
Foto propiedad de: Internet

Desde la Grecia antigua, en la búsqueda por elevar su calidad de vida, el hombre buscó en la política la vía para encontrar las soluciones a los conflictos que la misma convivencia provoca.

Muchos y amplios son los mecanismos que esta disciplina encierra, pero la ambición y obstinación de uno de los actores basta para tensionar los ambientes y provocar el rompimiento del orden.

El joven Ricardo Anaya se obstinó en ser candidato de su partido, el PAN, a la presidencia de la república. En el camino a esa meta, entre muchos preceptos que esta disciplina encierra, invalidó los de gratitud, lealtad, preparación, espera, disciplina y madurez.

Vale, en la mente del joven Anaya, estaba la idea de vencer, no convencer. Imponer su manera de pensar y desdeñar la opinión de sus compañeros de partido. En él, predominó el sentido de aprovecharse de la posición que la cúpula de su partido le dio para que su partido crecería en todo aspecto, antes que ceder ante lo que la moral del mismo partido le exigía.

No, el joven Anaya antepuso su ambición de trascender en la historia de este país. Se imaginó admirado y venerado por los mexicanos. Sintió que podría traspasar la barrera de lo inimaginable para proyectarse con la banda tricolor atravesada en su diminuto pecho.

El joven Anaya, escuchó en alguna clase de preparatoria que existió en la Florencia del medievo, un estudioso del actuar del gobernante y que le escribió en un pequeño libro que tituló El Príncipe, una serie de consejos que le harían más fácil el difícil arte de gobernar. Nunca supo que la frase “el fin justifica los medios”, no la escribió Maquiavelo, sino que es atribuible a otros personajes.

Sin embargo, por ser un libro que justifica cualquier acto con tal de preservar el poder, la frase bien se aplica a la obra de este politólogo.

Pero el tema central es que hay que reconocer que traicionar, engañar y manipular a sus interlocutores, es un arte que ha sabido distinguir como esencial para el ascenso en su carrera política.

Pero bien dicen que nunca falta un “prietito en el arroz”, y dentro del PAN, le salieron compañeros que no estuvieron dispuestos a seguirle el juego.

Se le olvidó o a lo mejor nunca supo que la frase “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo”, es ampliamente funcional cuando hay desacuerdos visibles en lo grupos y que las alianzas en lo oscurito con los contrarios se dieron en función que estos representaban una mayor posibilidad de crecer, o ya de perdido, de seguir en la política.

Ernesto Cordero, es amigo de los Calderón y en verdad le dolió la forma en que el joven Anaya los trató.

 

También es amigo de José Antonio Meade.

Este binomio causó la ruptura con el joven Anaya, que emocionado por conseguir la alianza con el PRD y MC, olvidó que los flancos son tan importantes como los frentes.

Dígase lo que se diga, el senador Ernesto Cordero ya le asestó un fuerte golpe al joven Anaya, porque ahora, tenemos como candidato a la presidencia de la república, a un hombre que está siendo acusado ante la Procuraduría General de la República, por una serie de delitos que francamente lo dejan muy mal parado.

Jesús de Nazareth, es llamado el “Cordero de Dios” que tiene la facultad de quitar los pecados del mundo.

Acá, don Ernesto los pone.