martes 22 de mayo de 2018 | 12:47
Columnas

Las campañas y el teatro: una tragedia, un melodrama y AMLO que engaña con la verdad

@mayraveracruz mar 15 may 2018 16:05
Lo que más me llama la atención es que el candidato de Morena acude (y es en serio) a una herramienta creativa del teatro en su campaña. Se llama “engañar con la verdad”.
Lo que más me llama la atención es que el candidato de Morena acude (y es en serio) a una herramienta creativa del teatro en su campaña. Se llama “engañar con la verdad”.
Foto propiedad de: Internet

Desde siempre, la política y el teatro como escenificación ambos de la conciencia humana, han ido de la mano. Las campañas electorales son básicamente representaciones, puestas en escenas en donde un actor o un grupo de actores plantean una historia y un mensaje con el que pretenden cautivar a una audiencia. Actores y políticos tienen algo en común, buscan reconocimiento; unos con el aplauso, los otros, con los votos.

Teatro y política se han encontrado en un mismo camino desde la Acrópolis de Atenas, cuando hombres, mujeres, esclavos y extranjeros, fueron llevados a la discusión política y a la educación de masas, y por supuesto a la implantación de los valores de la sociedad ateniense, a través de las tragedias, las comedias y el drama.

El teatro ha sido una la herramienta pedagógica por excelencia (gran ausente de manera inexplicable, en los planes de estudio formales en nuestro país) desde Los Persas, escrita hacia el 472 a.C, por Esquilo. El autor es considerado creador de la tragedia, y en esa obra, que es considerada la más antigua de teatro en el mundo, cuenta el sobre el valor de la libertad en contra de la tiranía de los persas.

Hacia la primera mitad del siglo XX, en Europa se politizó el concepto de teatro reclamándole el papel transformador o educador de la sociedad, y surgió el llamado “Teatro Político”, que se identificó con la lucha del proletariado desde la perspectiva marxista al considerar que los productos teatrales de la época estaban pensados para la burguesía, sus ideales y sus intereses.

Hacia el año de 1930 surgió en México una corriente de la dramaturgia que invocó la fuerza educadora del teatro como plataforma para hacer conciencia crítica de la situación social y económica del país, desde la misma perspectiva del pueblo trabajador. Sin embargo, el proyecto de “Teatro de Ahora” creado por Juan Bustillo Oro y Mauricio Magdaleno, si bien con el tiempo ha sido reconocido como una fuente histórica de la tradición teatral mexicana, particularmente del concepto de teatro político, no logró en la época la empatía social que sus impulsores buscaban.

De aquel “Teatro de Ahora” algunos autores ubican el gen de otra de las tradiciones mexicanas hablando en términos de dramaturgia, las carpas, una especie de teatro ambulante, escuelas de actuación, música y comedia, que en los años 50 y 60s era el desfogue del público trabajador frente al gobierno, la iglesia y el ejército, a través del humor. De las carpas salieron grandes estrellas del cine y de la televisión, pero sin duda, el gran Jesús Martínez “Palillo” fue el maestro en el uso de la carpa para la sátira política hasta finales de los años ochenta, con obras icónicas como la de “Agarren a López por pillo” en alusión al ex presidente.

Así las cosas, el teatro y la política han transitado desde tiempos lejanos vías paralelas. Pero hoy en día, como nunca, la actuación ha abandonado el recinto teatral. No es sólo que haya actores y actrices buscando un cargo público en vez de aplausos, postulados por todos los partidos, lo mismo Sergio Mayer por Morena que Eduardo Capetillo por el PRI o María Elena Saldaña por Nueva Alianza; es que el quehacer político se ha vuelto una escenificación que según cada actor, en el caso de la campaña presidencial, puede devenir en comedia, en tragedia, en drama o en cualquier otro subespecie del teatro.

Por ejemplo, la campaña de José Antonio Meade es lo más parecido a una tragedia. El personaje es con mucho, merecedor de la felicidad en esta historia, pero carga sobre sus hombros un lastre pesado del que no logra zafarse siendo que le queda muy poco tiempo. Si no lo logra, llorará el público más que él al terminar la obra, es decir, la campaña. Su actuación, sobre todo la del último par de semanas, lo posiciona desde ahora como un actor para más de una temporada.

La campaña que es una comedia es la de López Obrador, aunque el guión cambia tanto para darle gusto al público que asiste a sus representaciones, que muy probablemente terminará en tragicomedia. AMLO se aferra a la definición: su campaña, es decir, su obra, es la trayectoria del héroe que tiene un objetivo que perseguir (el amor, la justicia, la ambición, un trono, etc.) y de cómo éste lo consigue o no pasando por una serie de obstáculos para llegar a su fin. De risa loca sus incongruencias (decir por ejemplo, que acabará con las privatizaciones y ofrecer en concesión el nuevo aeropuerto). Aunque lo realmente trágico vendría después del 1 de julio, si llegara a ganar.

Lo que más me llama la atención es que el candidato de Morena acude (y es en serio) a una herramienta creativa del teatro en su campaña. Se llama “engañar con la verdad”. En la línea aristotélica tradicional, para mantener el interés de la audiencia sobre la historia, se guardan a lo largo de ella elementos claves para poder descubrir el final. Lope de Vega y López Obrador no lo ocultan: dicen cómo va a acabar la historia y aun así el público se concentra y espera el optimista final, porque cuando se engaña con la verdad, es común que la gente dude (por lo evidente) de lo que se presenta a sus sentidos: Va a cancelar importaciones; detendrá la construcción del nuevo aeropuerto, echará para atrás la reforma educativa; amnistiará a criminales; abolirá la reforma energética; regresará al país al tiempo de la inestabilidad y la crisis económica.

El melodrama sin duda es de Ricardo Anaya. Un “chico maravilla” cuya representación es demasiado cartón y oropel, pero sin sustancia. Su actuación es plana todo el tiempo y no ha logrado la sinergia con el público a pesar de las condiciones ventajosas y la suerte con la que ha corrido en este tramo de su vida. Del Bronco y de Margarita Zavala, coincidirán conmigo: sus campañas, hablando el lenguaje del teatro, son una farsa. Una mala sátira, apenas un sainete.