domingo 16 de diciembre de 2018 | 03:41
Columnas

Meade: es hora de romper con todo y refundar al país

@sarayagripina dom 15 abr 2018 20:42
Debe de separarse de los gobiernos pasados —incluido el actual—, separarse de partidos, sean oficiales o de oposición. Demostrar que en realidad es un candidato ciudadano
Debe de separarse de los gobiernos pasados —incluido el actual—, separarse de partidos, sean oficiales o de oposición. Demostrar que en realidad es un candidato ciudadano
Foto propiedad de: Internet

 

“¡Ah, volver a nacer, y andar camino,/ ya recobrada la perdida senda!/Y volver a sentir en nuestra mano/ aquel latido de la mano buena/ de nuestra madre.../ Y caminar en sueños/ por amor de la mano que nos lleva”. Antonio Machado

 

 

El hartazgo y la descomposición

Las últimas encuestas de México Elige, presentadas por SDP Noticias, si bien continúan colocándolo en segundo sitio, corroboran que Meade no levanta. ¿Por qué, si mismo sus contrincantes —ya no se diga sus simpatizantes— reconocen en él un buen técnico? Más aún, de hecho, es poca la gente que, a conciencia, en lo individual y en sinceridad, sostiene que se trata de un mal hombre. Si de honradez y honestidad se tratara, él ganaría de calle la contienda. 

Las razones que responden a esa interrogante son muchas, pero prácticamente todas se condensan en una sola cuestión: el hartazgo real y generalizado de la gente (que no se debe confundir con justificar la violencia y las ofensas —físicas y verbales— que no pocos han pasado a ejercer contra otros, como si contaran con un cheque en blanco que los exime actuar con rectitud y responsabilidad). 

Nótese, no obstante, que los candidatos insisten —y nosotros mismos también— en engañarnos. Atribuimos ese hastío, ese asco, esa irritación a un grupo, a un partido, a una comunidad, a una actividad determinada. Nada más alejado de la realidad. Si nos detuviéramos un segundo, descubriríamos que el estar hasta la madre es un estado extendido; es con todos y con todo, con la política, con los partidos, con las estructuras, con las instituciones, con la ciudadanía, con la sociedad, con nosotros mismos, con México… Esto se llama descomposición social y la estamos viviendo. 

La posición que ha alcanzado —y que representa— López Obrador, se alimenta en gran parte del caldo de cultivo manifestado a partir de la actual clase política. Sin embargo, para ser francos, éste se genera independientemente de la clase social, del partido, de la estructura. Lo que sucede es que en nuestro afán por simplificar el razonamiento (y nuestro sentir también), la situación la procesamos como binaria. Y, en ese escenario abreviado de las cosas, AMLO ha pasado a representar en su persona “el bien” y el futuro; poco importa que se trate de alguien forjado en el pasado y que simplemente pasará a ocupar/reemplazar el espacio “del mal” que quede vacío.

Hay algunos, cada vez más, que nos damos cuenta que ni él ni ninguna de las otras opciones están planteando una verdadera mudanza. Son válvulas de escape; unas más grandes y más populares, otras menos. 

Todos los ciudadanos sin excepción queremos el cambio, uno extremo para volver al pasado; otros para deshacerse de una corrupción e inseguridad galopante. Los demás, para mantener lo salvable y que aún requiere madurar y arrasar con un gobierno pesado, manipulable y una legión de partidos políticos que sólo ven las alianzas como forma de mantenerse/obtener el poder.

 

El rompimiento y la separación

Meade se encuentra ante un dilema inevitable. Puede verse como necesidad, como reacción o como respuesta. Lo están forzando a tomar un camino ignoto, pero es el único que puede andar si quiere en realidad ofrecer un renacimiento y no extraviar al país en el proceso. Si quiere ser ese candidato ciudadano, y replantear la idea de país, no le queda de otra más que romper paradigmas sociales e institucionales. 

Para no ser conformistas, si en verdad se busca una transformación nacional, se debe romper con todo. Y si Meade quiere encabezarla, debe separarse de todo lo que es gobierno, partidos, oposición, estructuras, y virar la próxima historia del país. Plantear un nuevo arquetipo de gobierno y de sociedad; tan nuevo como disruptor, pero siempre con el conocimiento de saber hacer las cosas de manera correcta.

La única forma que tiene para que le creamos todos los mexicanos que estamos hartos de lo que sucede, pero que tampoco creemos en las políticas vetustas de AMLO, es hacerlo. Lanzarse en franca rebeldía ante un sistema, un Estado, la propia sociedad que sólo cuida sus intereses.

Debe de separarse de los gobiernos pasados —incluido el actual—, separarse de partidos, sean oficiales o de oposición. Demostrar que en realidad es un candidato ciudadano; una persona que conoce las entrañas del sistema y que cómo tal, sabe cómo acabar con él y construir una mejor opción (la única posible) para que el país sea otro.

¿Que debe separarse del PRI? Si, incuestionablemente. Meade les llamó y les pidió que lo hicieran suyo, pero a su forma; no quisieron. ¿Separarse del PAN? Trabajó como un buen técnico en las administraciones. Como tal sabe lo bueno, lo malo y lo peor, y es momento de que marque la verdadera distancia con todo lo pasado.

Tiene una ventaja: el conocimiento adquirido para poder replantear, así como una confianza en el ciudadano y no en los partidos que lo han “cobijado”/asfixiado. Pero requiere renunciar a los esquemas, propuestas; romper con todas las losas que lleva cargando. Poco sirve su discurso, si los actos del gobierno y el partido que él “representa”, que no encabeza, siguen jugando sucio.

Asumir, de una vez por todas, que lo eligió un partido como “ofrenda en sacrificio”, pero que en el fondo él se asemeja más a aquel Colosio que prefirió romper con el instituto político que seguir participando de un falso juego.

Adiós a su equipo de campaña (si es que llegó a tenerlo); adiós partidos, adiós financiamiento del INE. Proponer lo que pedimos todos (la gran mayoría de) los mexicanos: algo diferente. Algo totalmente distinto, mejor; pero no por ello imposible.

Meade debe demostrar que en realidad es ese candidato ciudadano, que tal vez, por error o cálculo político de otros, llegó a donde está, pero que corta con ese lastre, y está dispuesto al cambio. Habrá gente de su equipo que marche desilusionada ante esta actitud rayana en lo quijotesca, pero habrá nuevos miembros y nuevos seguidores. Otros, de lo que están, también serán llamados locos y tendrán que estar dispuestos a partir de cero.

Al final, romper con este pasado que lo atrapa y lo asfixia será fácil. Él no quiere a mucha gente que sigue pugnando por mantener todo igual y a él tampoco lo quieren. De cierta forma, aunque a nombre del partido lo “apoyan”, en la vida real es una amenaza a cómo se mueven. Si esto es cierto, que sea de frente el encontronazo y, con ello, más mexicanos estarán dispuestos a votar por él. 

 

La refundación

Una verdadera refundación del país presume encabezar ese hartazgo (ganado a pulso) de la población hacia la política, el gobierno y todos los partidos. Ir más allá del borrón y cuenta nueva; liderar el renacimiento ordenado que se requiere como nación. Ser en realidad ese candidato ciudadano con experiencia. Apelar a la población en su conjunto, no a los sindicatos o a las bases de los partidos (todas ellas desacreditadas). Encabezar la exigencia —esa sí universal— de un nuevo comienzo, pero con rumbo y no hacia el precipicio. 

Demostrar cuáles son las nuevas reglas del juego que se seguirán hacia adelante; partiendo prácticamente solo, únicamente acompañado de su esposa. Quien quiera seguir su camino (por demás complicado), deberá hacer suyas dichas reglas y entender que la renuncia al gobierno, a las estructuras, a los lugares comunes, a la oposición, a la demagogia, a las prerrogativas es requerimiento. En fin, renunciar al pasado. 

Esta propuesta ciudadana, no es una cuestión de forma, debe de ser de fondo. Demostrar los errores en que hemos/estamos viviendo y salir dispuesto a enfrentarlos. Constituirse como un ente revolucionario en la vida diaria, en los últimos estertores de la campaña, para que el país viva después de ello.

Debe arriesgar el todo por el todo y volverse el verdadero defensor de los derechos, el constructor de una nueva legalidad y el tutor de quienes estamos hartos de ver que nada cambia; si acaso solo se transforma y regenera. 

Supone escuchar y entender una necesidad que clama, desde lo más hondo, la ciudadanía. Presentar un quiebre como respuesta, como necesidad; procurar una contestación válida al sentir de —prácticamente— toda la población. Sólo así, se podrá construir un nuevo esquema de país y posteriormente de gobierno. Hay mucha gente, que puede ver, entender y proyectar ese tipo de país. 

¿Tiene algo que perder? Mucho y nada. En el segundo lugar empantanado en que se encuentra, esto muchos lo verán cómo la táctica para salir adelante. Si lo contempla como tal, la gente lo veremos, lo palparemos y terminará siendo un remedo de sí mismo.

Irónicamente, tal vez si Meade osara a dar ese paso, ese quiebre, tendría problemas con el sistema político y de gobierno, pero la gente, los ciudadanos de a pie, voltearíamos a verlo. Eso es lo que queremos de una manera o de otra. Sí, por ello los seguidores de AMLO; por eso también las tentativas fallidas de candidatos “independientes”.

Él mismo se vería en ese espejo de cambio, de quiebre, de refundación de un país y, como tal, podrá proponer lo que en realidad conoce y lo que en verdad se requiere. Seguro él mismo, rodeado del remedo de campaña que traen los candidatos, podrá ofrecernos a todos los mexicanos, a él mismo y a sus hijos, la oportunidad de decir “estamos hasta la madre”. Otorgar la congruencia de construir, a partir de ello, la posibilidad de hacer de México un país a toda madre.