domingo 22 de julio de 2018 | 03:54
Columnas

AMLO y Anaya luchan por ganarse al pueblo… y al tigre

@jos_redo jue 15 mar 2018 18:42
López Obrador es el candidato que se ve más auténtico al ofrecer identidad, origen, soluciones o desahogos, a ese pueblo.
López Obrador es el candidato que se ve más auténtico al ofrecer identidad, origen, soluciones o desahogos, a ese pueblo.
Foto propiedad de: Internet

 

Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya luchan por acreditarse como el verdadero portador del cambio que exige el pueblo mexicano. Ahora bien, la pregunta es: dónde está el pueblo; más aún: qué es el pueblo.

Dicen que “el pueblo” es la parte de la sociedad que no sabe lo que quiere. Los que sí saben qué quieren, se organizan e impulsan una agenda, muchas veces en torno a un solo tema concreto, por ejemplo, la inseguridad en el barrio, el deterioro de las banquetas o la demanda de espacios deportivos.

Pero, ¿qué tanta gente se organiza? Muy poca. Diversos cálculos de especialistas indican que en México solo el 5% de la población participa en alguna organización, asociación, club o cofradía para solucionar problemas específicos. La gran mayoría de la población se relaciona con el sistema político a través de organizaciones partidistas o corporativas, o bien mediante estrategias gubernamentales clientelares y asistencialistas.

En estas condiciones, los gobiernos y los partidos, los sindicatos y las corporaciones, tienen manga ancha para favorecer sus intereses particulares y mediatizar y manipular la demanda social, manteniendo así los enclaves autoritarios que hacen posible la ineficiencia, la corrupción y la impunidad en el ejercicio del poder público.

Quizás sea por ello que, en las campañas electorales el pueblo detecta una oportunidad, tal vez la única, de sacar alguna ganancia, de obtener algún beneficio a cambio de su voto. También observa que las elecciones son una ocasión magnífica para expresar su hartazgo y su enojo. Desde luego, nos referimos al pueblo desorganizado, que es más del 90% de la población nacional.

En este orden de ideas, ¿a cuál pueblo quieren convencer Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya para conquistar su apoyo?

1.- López Obrador. Es el que tiene una mayor conexión con el pueblo, tanto el pueblo que se organiza como el desorganizado. AMLO busca enamorar al insatisfecho, al resentido, al decepcionado ante la incesante muestra de voracidad sin límites de muchos gobernantes, al desencantado ante la incapacidad de garantizar un mínimo de seguridad, ante la indolencia de jueces, políticos y empresarios que se ponen de acuerdo y se reparten los beneficios del trabajo y la productividad del conjunto social.

López Obrador es el candidato que se ve más auténtico al ofrecer identidad, origen, soluciones o desahogos, a ese pueblo. Pero no la tiene fácil. Por una parte, muchos habitantes de ese pueblo desorganizado son críticos, tienen acceso a la información y capacidad para identificar algunas incongruencias en el discurso del tabasqueño, como, por ejemplo, su propuesta de perdón a los criminales o la incorporación de personajes impresentables.

La metáfora del tigre que se soltaría si se perpetra un fraude electoral, tiene como protagonista al pueblo que se identifica con AMLO. En su inmensa mayoría es un pueblo desorganizado, pero presto a la metamorfosis felina si percibe trampas en el proceso electoral, como ocurrió en 2005 ante el desafuero que buscaba eliminarlo de la contienda electoral.

AMLO es quien más cercanía tiene con el pueblo, pero hay un problema serio, de tintes estructurales e históricos: López Obrador, hasta ahora, ha practicado y concebido una relación más vertical que horizontal con el pueblo. Se asume como su representante legítimo, comprometido genuinamente con las causas populares. La impresión de propios y extraños es que AMLO realmente sí apoyaría al pueblo, con acciones de justicia social, combate a la pobreza, políticas redistributivas, combate a la corrupción.

El reto para López Obrador, si gana, y para la sociedad mexicana, consiste en atender la necesidad histórica de construir un esquema de auténtica participación en las decisiones que se toman desde el poder, es imperativo que el pueblo, la ciudadanía, la sociedad, como le queramos nombrar, participen directamente en los procesos de diseño, ejecución, vigilancia y evaluación de las políticas de desarrollo económico y social, para superar los esquemas hasta ahora imperantes de clientelismo, paternalismo o patrimonialismo.

2.- Ricardo Anaya. El candidato presidencial panista tiene escasa conexión con el pueblo. Dada su ubicación a la derecha del espectro político ideológico, no le interesa mucho establecer una relación con el pueblo. Lo que Anaya busca es al ciudadano que tiene herramientas y recursos para resistir al poder priista y a la ola obradorista y, con esa base ciudadana, permear en los sectores populares más desfavorecidos para ganarse su voto, pero sin establecer vínculos directos con las masas.

Para el PAN, en su relación con los pobres carentes de protección social, es decir la inmensa mayoría del pueblo organizado y desorganizado, la prioridad no necesariamente es cambiar las estructuras sociales y económicas para combatir las causas de la desigualdad, sino liberar al pueblo de ataduras corporativas y clientelares para que cada individuo pueda ejercer sus derechos políticos. Aunque a muchos no les guste, la ideología juega un papel importante en los movimientos políticos y las decisiones fundamentales, por ello, recordemos que el PAN tiene afinidad con la visión conservadora donde se perciben las desigualdades económicas y sociales como realidades inmutables, casi naturales, y no como producto histórico de las relaciones sociales que pueden transformarse con los instrumentos del Estado para lograr más justicia e igualdad.

Claro, han existido en el mundo gobiernos de derecha que, obligados por las circunstancias históricas, han impulsado políticas igualitarias, aunque, desde luego, no es el caso de los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón. Las propuestas y el discurso de Ricardo Anaya, por lo tanto, se centran más en un “cambio de régimen” que en el cambio social y económico que reclaman amplios sectores del pueblo organizado y desorganizado.

Quizás sea por ello que el tigre popular no está suelto en las calles, defendiendo a Ricardo Anaya de los intentos del gobierno de Enrique Peña Nieto de eliminarlo de la contienda presidencial, utilizando para ello a la PGR y al SAT.

3.- El PRI. Dado que la coyuntura política y las evidencias estadísticas otorgan al PRI muy pocas probabilidades de triunfo, no se abunda en su relación con el pueblo. Sin embargo, hay que decir que fue el tricolor el que delineó el modelo de vinculación entre el pueblo y el Estado en el siglo XX, modelo marcado por la organización corporativa bajo la tutela del Presidente de la República, donde las corporaciones masivas apoyaban incondicionalmente al régimen, votaban por su partido y mediatizaban el conflicto social. Durante décadas, este modelo hizo posible un mínimo de estabilidad, crecimiento económico y movilidad social. Pero desde la década de los ochentas este modelo hizo crisis y ahora el PRI se relaciona con el pueblo solamente a través de las estructuras burocráticas de esas corporaciones.

4.- El PRD. En virtud de la parte mayoritaria del PRD, de origen popular y de izquierda, está migrando a MORENA, y la burocracia que domina el partido decidió apoyar al candidato de la derecha, no es necesario referirse a la relación del PRD con el pueblo.

5.- La política y lo político. La cuestión sobre la naturaleza de “la política” y “lo político” constituye todo un campo para el análisis y el debate teórico y filosófico. Aquí, podríamos decir que es necesario redefinir la naturaleza de lo político, en el marco de un esfuerzo social para lograr que la actividad política deje de ser monopolio de las élites de los partidos políticos, los legisladores y los gobernantes, quienes cada vez estrechan más el ámbito de sus intereses particulares, intereses que carecen de legitimidad y ponen en riesgo la estabilidad y el tejido social. Es necesario que, gane quien gane la elección presidencial en 2018, se impulse un verdadero cambio que abra las estructuras políticas a la participación social, para que el pueblo deje de ser un botín electoral, una masa noble a la cual tutelar paternalistamente o un conglomerado social al cual salvar de las garras de la maldad.