miércoles 26 de septiembre de 2018 | 08:41
Columnas

El contacto

@rasocas mié 07 mar 2018 09:12
Foto propiedad de: Internet

Con trabajos terminé mis estudios de primaria. La  pobreza de mis padres era creciente y su economía no estaba para que yo siguiera en la escuela. Mi tío, ya para entonces mi ángel guardián, mandó preguntar mis calificaciones y encontró en ellas algún talento que le sirvió para aprontarse con mi padre y pedirle que yo siguiera estudiando. Con su intervención impidió que como a cientos de miles de mexicanos, ignorantes y plantados en los picos de las montañas, muriera sin siquiera dejar impreso  su nombre en algún dato estadístico.

Por fin llegué a la ciudad de México cargando un vejestorio de Veliz y adentro un puñado de ropas mal hechas que mi madre me hiciera con todo cariño y esfuerzo. Bajo el amparo de mi tutor oficial, me quedé unos meses como “gaviota” disfrutando de un espacio compartido con él en el internado y comiendo las sobras de lo que dejaban los alumnos que disfrutaban del derecho de comedor. Presenté el examen de admisión a la secundaria anexa a la Escuela Nacional de Maestros cuyo resultado me llevó, a los pocos días, a contar con derecho a cama y a comida con cargo al presupuesto del Internado y del comedor.

En esta escuela registré la excelencia de dos grandes maestros. Ambos con sobrenombres  puestos por los estudiantes. La “Gata” en la Secundaria y el “Binomio” en cuarto año de normal. Estos dos maestros me introdujeron al estudio más allá de las materias obligatorias que había que cursar. Los viernes de cada semana la Gata nos hacía explicar lo que habíamos entendido del libro que  habíamos leído. Fue la época que siendo estudiante más  libros pasaron por mis manos. Un día  y por primera vez me pasó al estrado para explicar mi interpretación sobre el Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano. Al hacerlo, mis compañeros se empezaron a reír, sin saber yo el motivo de su hilaridad. Después supe que el motivo de sus burlas se debían a la pobreza de mi vestimenta, a una actitud inhibida resultado de mi origen y al hecho de que mis pies, partidos por la tierra del campo, apenas podían cubrirse con pedazos de llantas de desecho.

Al pasar a lo que entonces era el cuarto año de normal, mi carácter se transformó de manera radical. De pronto me di cuenta que en mi alma había algo más que humildad y abandono de lo que yo significaba. A ciencia cierta no sabía qué era lo que convulsionaba mi pensamiento, pero al romper con lo que hasta ese punto había sido el cuarto oscuro de mi desarrollo cultural y de mis relaciones sociales, me di cuenta que me estaba situando en aquel mundo del que me hablara mi maestro rural Moisés Flores Guevara. A la chiquillada campesina nos tenía encantados cuando se refería a lo que  significaba la “Escuela socialista del Gral. Cárdenas, de la necesidad de luchar por un mundo distinto, de acabar con el oscurantismo clerical y de ir, siempre, en busca de la libertad y la justicia”. Entonces no les di importancia a estas palabras. Pasaron más de cincuenta años para que hoy, con mucho orgullo, esté dando cuenta de lo mucho que me enseñaron estos maestros.

Aun siendo estudiante empecé apoyando al Movimiento Revolucionario del Magisterio que encabezaba Othón Salazar. Este movimiento encarnaba mis sentimientos proletarios sin que yo supiera  el significado y el compromiso que representaban. En este mismo período, mis compañeros de mi corriente estudiantil me hicieron Secretario General de la Sociedad de Alumnos, pero no pude tomar posesión porque la nomenclatura de la Normal que obedecía al charrísimo sindical del SNTE, encabezado por Alfonso Lozano Bernal, me quitó el triunfo y se lo dio a un charrito apellidado Santana.

En 1960 me fui a trabajar a Tijuana, Baja California. El 16 de abril de 1961 los gusanos cubanos apoyados por el imperialismo norteamericano invadieron Cuba por la región de Bahía de Cochinos. El heroísmo de Fidel, de Raúl y de otros destacados revolucionarios mostrados en la derrota aplastante de los invasores, nos  impactó a los maestros que habíamos salido unos meses antes de la Normal. Convocamos a una manifestación de solidaridad que conmovió a los ciudadanos de este lugar. A los pocos días, en nuestros espacios colectivos nos visitó un compañero para ofrecernos libros y  apoyo a nuestras decisiones políticas. Le tomamos la palabra e hicimos de su librería un Cine Club y un centro de lecturas de libros marxistas.

El dueño de este centro cultural y político se llamaba Blas Manrique. El camarada que años  atrás la CIA había aventado desde un peñasco a las aguas del mar en las playas cercanas a Rosarito. Por fortuna, el costal en que lo metieron para asesinarlo reventó al caer en el agua y de esa manera se salvó. Cuando yo me enteré de esta persecución y de las convicciones revolucionarias de Blas, le pedí que me ayudara a  ingresar a su partido, al Partido Comunista Mexicano.