jueves 18 de octubre de 2018 | 04:25
Columnas

Meade y la crítica parcial y tersa a la corrupción priísta

@GciliaCilia lun 12 feb 2018 15:56
“No se puede hacer un gobierno demagógico ni donde las propuestas no sean viables”; dice Meade
“No se puede hacer un gobierno demagógico ni donde las propuestas no sean viables”; dice Meade
Foto propiedad de: Internet

 

Llama la atención que la crítica intelectual se centre básicamente en la personalidad del precandidato que va arriba en las encuestas. López Obrador, así, ha dejado de ser sectario para convertirse en oportunista; además para sus detractores sigue siendo  populista, mesiánico, autoritario, entre otros adjetivos. ¡Ah!, ahora también es monárquico. Lo mejor para él sería no contestar, aun cuando en el ámbito de lo personal, se empiece a denostar a la familia.

Las dudas que se tiene sobre López Obrador pudieran o no ser razonables; pero tal vez valdría la pena preguntarse si ese es el papel que deben jugar los intelectuales. Es decir, qué tan correcto es establecer un punto de vista alrededor de un personaje dentro de una coyuntura electoral y dejar en segundo término, el análisis de una realidad socialmente lacerante, para a partir de ahí asumir una posición y ofrecer alternativas de solución.

Sin duda, el tema de las elecciones es de interés general y cubre innumerables espacios en los medios tradicionales y en las redes sociales. Quienes escriben y opinan buscan llamar la atención, se desconoce a qué tipo de intereses responden, si veladamente se apoya a otras opciones políticas; o bien, si lo que se dice sirve para ocultar los rasgos de un país desigual y empobrecido, que es lo que efectivamente debe ser motivo de análisis y crítica.

Desde la academia, se utilizan términos para encasillar a personajes, sin posibilidad de que en justa reciprocidad se les pueda responder, porque se cree que las opiniones de los “grandes intelectuales”, de los “grandes politólogos”, son sagradas y por tanto irrefutables. Ese parece ser el dogma de nuestros tiempos: oír y callar, aguantar a píe firme, porque refutar a los líderes de opinión, significa exponerse a un nuevo calificativo más: el de ser intolerante.

Lejos está el planteamiento del compromiso que se debe tener con los asuntos reales que afectan a las mayorías, a millones de mexicanos. Más aún el de la congruencia que tiene que existir entre la forma de pensar y la manera de actuar, porque quien piensa no debe someterse a  la inacción; por lo contrario, debe asumir una posición proactiva con respecto al devenir histórico.

Sí, hay que salirse de la “torre de marfil”: ser un intelectual responsable, significa pensar y actuar a favor de causas que posibiliten el mejor cauce para una sociedad ansiosa de justicia. Significa consolidar la democracia no sólo como un sistema que permita la renovación de nuestros gobernantes a partir de la elección popular, sino como un régimen en donde impere la legalidad, un verdadero estado de derecho, que posibilite el mejoramiento social, económico y cultural de las grandes mayorías, del pueblo. Significa, así, construir un régimen que posibilite la desaparición en las prácticas del gobierno del abuso, la arbitrariedad y el despilfarro. Significa, erradicar la corrupción.

La apreciación parcial de Meade

El precandidato de la coalición “Todos por México”, José Antonio Meade Kuribreña reiteradamente ha advertido que “no se puede hacer un gobierno demagógico ni donde las propuestas no sean viables”; reiterando que las finanzas públicas tienen que ser sanas.

Tiene razón, en un país en donde los recursos son escasos y en el que se requiere de un endeudamiento continuo, se requiere de un manejo equilibrado y escrupuloso de las finanzas públicas. El gran problema es que su visión es parcial, porque exento de crítica, pocas veces se ha referido a ella y de sus expresiones sólo resalta la que hizo en Veracruz: “Nos falló Duarte”. Yo diría, ¡no!, nos falló un Gobierno que no pudo ni quiso contener la enorme sangría proveniente de nuestros impuestos y de la deuda pública, pese a que estuvo sobre advertido por diferentes instancias gubernamentales y no gubernamentales, entre ellas la Auditoría Superior de la Federación.

La corrupción que ha corroído al país desde hace muchos años, es la más perversa de todas, porque es la que se “arma” desde los círculos del poder público y se articula a negocios particulares o “estrictamente personales”. No estamos hablando de la corrupción que es habitual en nosotros, la gente común, la denominada “mordida”, sino de una en donde impera a partir del poder de los gobernantes: el peculado, el soborno, el tráfico de influencias, el abuso de funciones, el enriquecimiento oculto, la obstrucción de la justicia, el uso ilegal de la información y la colusión (Véase “Más allá de la mordida: los 10 tipos de corrupción”, en Animal Político).

De modo, que sí, falló Duarte, pero también nos falló un gobierno sombrío, en la que Meade como su candidato, es su principal representante. Las cifras duelen por ser escandalosa y sólo me voy a referir a una: de acuerdo con las denuncias penales y resultados de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), 22 gobernadores priístas desviaron 258 mil 829 millones 185 mil pesos de recursos públicos. ¿Para qué hubieran servidos estos recursos? Vale la pena hacer un comparativo con algunos rubros trascendentes del Presupuesto de Egresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal 2018; así la cuantiosa desviación de recursos representa:

*El 92% de los recursos presupuestales asignados a la Secretaría de Educación Pública.

*Es 2.4 veces mayor que el presupuesto destinado a la Secretaría de Desarrollo Social.

*Es 3.6 más alto que el de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación.

*Con respecto a los programas sociales: la desviación de recursos públicos señalada por la ASF es 3.2 veces más que el presupuesto de Prospera; 1.04 veces más que el Programa para la Atención de la Salud; 6.5 veces más que la Pensión de Adultos Mayores; 23 veces más que el Programa Nacional de Becas y 3.7 veces más que el Seguro Popular.

Sí, la técnica presupuestal requiere de encontrar la mejor posición de las finanzas públicas; pero debemos de convenir que antes que nada se deben de adoptar las medidas para erradicar la corrupción. Sin ello, ninguna técnica presupuestal alcanza. La corrupción es un flagelo que daña profundamente a la sociedad y, por tanto, es un tema  que no está sujeto a evasivas. ¿O no debe ser así, Doctor Meade?

Ideología y corrupción

Hay intelectuales que si aborda los problemas cotidianos que nos afectan y subrayan que la corrupción de nuestros gobernantes es un fenómeno degradante que mantienen al país postrado y con pocas alternativas. Fernando del Paso, en 2015, un día antes de recibir el Premio Cervantes señaló en forma tajante: “en México hay mucho gobernante inepto y codicioso y la profunda abulia y el escepticismo del pueblo, lo han convertido en un país en decadencia”. Nuestra abulia más que sorprenderlo, lo hiere. Le duele nuestra intrascendencia, el que nada parezca indignarnos: nuestra ausencia de juicio histórico para cambiar de inmediato el estado de las cosas. Su percepción es que nada pareciera ya asombrarnos, nuestra indiferencia nos ha convertido en cómplices habituales de la impunidad y el cinismo, sin entender que el caos deviene siempre de la inacción ante la injusticia. Y lo que padecemos ahora es una terrible injusticia.

Luchar por superar nuestros grandes flagelos: la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la impunidad, es el clamor que cotidianamente debe alentar quienes tienen la obligación moral de generar conciencia; no hacerlo ahorita, es perder la oportunidad histórica para avanzar en torno a las prerrogativas de las grandes mayorías, del pueblo. Todos los excesos que existen en el país provienen de la falta de orden y de decoro, de la anarquía generada durante un periodo sombrío; también es resultado de la carencia de ideología y de inteligencia política de nuestros gobernantes para lograr la consecución de los objetivos que nos deben dignificar. Lo que ha prevalecido en ellos no es una visión de Estado, sino el propósito de obtener beneficios personales, conscientes de que se vive en un país de prebendas y en el que impera una gran impunidad. ¿O no es así?