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Columnas

Los protagonistas. (Primera parte)

@AristotelesN vie 09 feb 2018 14:40
AMLO, Meade, Anaya... los  protagonistas
AMLO, Meade, Anaya... los protagonistas
Foto propiedad de: Internet

 

¿Qué tan afectados están los sentimientos de los ciudadanos? ¿Qué tan insatisfechas se encuentran las expectativas de la sociedad? Lo suficiente para observar con facilidad arranques de ira, desencanto, decepción o resentimiento de unos contra otros. En los más prolíficos se nota un ánimo de revanchismo, de ajuste de cuentas, en otros, una catarsis de conflicto y preservación. 

La época obliga a hacer un diagnóstico, una toma de conciencia o de menos una reflexión. En este momento convergen cuatro protagonistas que están ofertando por el futuro de todo un país, cada uno oferta lo que tiene, es reflejo de lo que está hecho.

El primer protagonista, Andrés Manuel quien bajo el argumento emocional ha logrado cautivar a un segmento importante de ciudadanos caracterizados por el hartazgo de los últimos gobiernos. Andrés, quien con solo asumir el poder ofrece acabar con todos los males de la sociedad, a saber, la corrupción, la inseguridad, el desempleo, los bajos salarios, la pobreza, hasta recuperar la armonía social. Para ello se hace acompañar de verdaderos profesionales de la politica, personajes formados en lo más profundo del partido que hoy quieren derrotar, personajes que no pueden olvidar las eficaces prácticas del pasado y quienes se alistan para convencer a los votantes de que ellos representan el cambio, y sí, son expertos, son priistas de cepa, desde el propio Andrés, pasando por Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard, Manuel Barlett, Elba Esther Gordillo hasta tecnócratas como Esteban Moctezuma.

Andrés, quien haciendo gala de la soltura que lo caracteriza, sentencia sus primeras decisiones de gobierno: derogar la reforma energética, derogar la reforma educativa, concentrar en un mando único las competencias y facultades institucionales de la Policia, de la Marina, del Ejército, además, pretende cancelar la construcción del nuevo aeropuerto, perdonar los crímenes de traficantes de drogas y sus brazos armados.

Ricardo Anaya, el segundo protagonista quien sin poder acreditar un solo logro profesional destacable en su carrera de servidor público ahora pretende asumir la primer línea de mando. Ricardo Anaya quien con nula experiencia administrativa y una trayectoria política incipiente pero pragmática, se apoderó del partido más dogmático y doctrinario. Anaya encontró la fuerza y su crecimiento político en los acuerdos que sostuvo con el gobierno en turno y desde ahí fue tejiendo la que hasta hoy es su candidatura. Anaya es, pues, un esgrimista circunstancial, que no le importó empeñar los postulados de su partido para negociar con la izquierda menos radical y lograr que lo ungieran como su candidato en un acto de promiscuidad política.

Ricardo Anaya no ha hecho una sola propuesta responsable de gobernanza, la línea discursiva solo le alcanza para un resumen de deseos de sacar a los corruptos del gobierno para que lleguen otros, otros corruptos. Su oferta de renta básica universal es tan atrevida socialmente como irresposable económicamente, constituye un rebase por la izquierda a la izquierda, con la cual tira al cesto de la basura los principios doctrinarios de su partido. Una muestra si nos ha dado Ricardo, es capaz de hacer lo que sea con tal de cumplir su propósito, de fracturar su partido, de engañar con palabras y alardes, elogiando un día y descailficando otro.

Anaya, quien ha crecido en una vida cómoda y lejana de las huestes marginadas busca conquistar un segmento social al que no pertenece valiéndose de una contagiosa pizca melódica de un niño marginado, antítesis del propio Anaya. El mismo Anaya, quien con el apoyo y guía de nativos de los barrios de Nezahualcóyotl ha podido rodar por sus calles, hecho que no lo conmueve, no le sabe y no le importa. El mismo Anaya quien con solo dos spots hablando en idioma inglés y francés engaña al electorado presumiéndose como hombre de roce internacional, siendo que de ello carece y, hasta ahí, no hay mayor sustancia en él.