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Columnas

La Revolución explicada a Niños, Niñas y Adolescentes

@Teotihuachango jue 08 feb 2018 18:58
La montaña rusa era hermosa.
La montaña rusa era hermosa.
Foto propiedad de: Internet

 

Cuando abrió la feria nos prometieron una rueda de la fortuna en donde todas y todos podríamos entrar. Estábamos emocionadas y emocionados. Aplaudíamos y mirábamos todo con asombro. Nos dijeron que entraríamos desde abajo y que eventualmente estaríamos en la parte más alta. A la rueda de la fortuna le llamaron Democracia. Todas y todos podríamos formarnos e ingresar pero un grupo decidió que no era necesario tomar asiento desde abajo, que se podía llegar a la parte más alta y quedarse allí el tiempo que quisieran. Cuando dijimos que eso no estaba bien permitieron que eligiéramos a los que estarían arriba: “Ustedes no pueden pero nosotros sí, escojan a alguien de nuestro grupo y lo pondremos arriba”. Tampoco nos pareció correcto y lo dijimos pero estaban tan arriba que no escucharon nuestras quejas. Decidimos dejar de formarnos porque era una pérdida de tiempo. Solo queríamos ver la feria desde lo alto.

En la sección de juegos había una gran variedad: arrojar una pelota sobre unos botes de metal para derribarlos, canicas, tiro al blanco con pistolas de agua. Nos invitaban a jugar siempre. A esa zona le llamaron Trabajo. Al principio nos decían que todas y todos ganaríamos, que solo teníamos que seguir jugando para obtener un premio. Los premios nunca llegaban aunque ganáramos. Se los quedaban las chicas y los chicos mayores. Acaso nos daban unas cuantas fichas para cambiarlas por algo de comida o para seguir pagando para jugar. Después nos quedamos sin fichas y tuvimos que gastar de nuestro dinero. Dijeron que era bueno porque con ese dinero iban a arreglar la zona de juegos y todo el parque de diversiones, tomaban nuestro dinero y nos daban nuevas fichas que se llamaron Impuestos. Con las fichas de Impuestos pagábamos para seguir jugando pero nunca vimos que arreglaran los juegos y solo algunas y algunos de nosotros ganaban algo pequeño de vez en cuando. Ya no era divertido y estábamos cansados pero las chicas y los chicos mayores decían que debíamos seguir jugando porque así ellas y ellos podrían ganar algo de dinero: “Ustedes no necesitan dinero, nosotros sí. Además sin las fichas de Impuestos no podríamos pagar toda la feria ni hacer girar la rueda de la fortuna”. Y nos convencían aunque todo seguía igual y la rueda de la fortuna llamada Democracia nunca se movía.

La montaña rusa era hermosa. Blanca y con asientos decorados con colores pastel. Le llamaron Burocracia y dijeron que era fuerte y tendría la finalidad de hacer más fácil divertirnos. Al principio solo algunas y algunos entendían cómo funcionaba porque la fila era extraña, no todas ni todos entraban al mismo tiempo. Unas veces un grupo entraba incluso sin hacer fila. Otras veces los mismos que estaban en la rueda de la fortuna llamada Democracia podían entrar y divertirse. Cuando al fin logramos usarla las niñas y los niños y los y las adolescentes, ya no se sentía seguro. Era una fila larga, a veces durábamos horas esperando nuestro turno y finalmente los asientos estaban sucios, los mayores que la operaban eran groseros y se tardaban en encenderla. La emoción duraban poco, después de un rato comenzaba a vibrar y era visible cómo algunas partes se iban cayendo pero a los operadores no les importaba. Era como si no les importara la vida de nosotras y nosotros. Gritábamos de miedo y nadie escuchaba. A veces el carrito se salía del carril y los operadores culpaban a quienes se habían sentado allí: “No entienden el funcionamiento y se mueven mucho y quien se mueve mucho desestabiliza el sistema de la montaña rusa y por eso se caen. Ellos y ellas son culpables, nosotros no porque nosotros entendemos su funcionamiento”.

 

 

Los niños y las niñas y los y las adolescentes que se quejaban eran llevadas y llevados a la Casa Embrujada. Le llamaron Prisión y nadie se acercaba porque no sabíamos lo que pasaba dentro. Se escuchaban gritos, pero los operadores de la Casa Embrujada (los cuales siempre iban disfrazados) decían que era parte del atractivo. Nadie volvía de esa Casa Embrujada llamada Prisión y teníamos miedo de hacer enojar a los operadores porque eran malos y nos amenazaban con llevarnos en ese lugar. Decían que “solamente es para valientes, los vamos a asustar tanto que ya no van a querer portarse mal”. Entonces guardábamos silencio. La feria se volvió aburrida. Íbamos de un juego a otro con la cabeza apagada. Pero, ¿qué podíamos hacer si solamente éramos 500 niños, niñas y adolescentes contra unos salvajes operadores y los adultos en la rueda de la fortuna? ¿Era posible cambiar las cosas?