viernes 25 de mayo de 2018 | 11:25
Columnas

Vanessa y los baños de gasolineras le quitarán a Meade las matracas

@FedericoArreola vie 19 ene 2018 10:24
Llegará no a poner orden —esa es tarea de Aurelio Nuño—, sino a sacar a Meade de los templetes del desprestigiado PRI, para hacerlo volver a lo suyo
Llegará no a poner orden —esa es tarea de Aurelio Nuño—, sino a sacar a Meade de los templetes del desprestigiado PRI, para hacerlo volver a lo suyo
Foto propiedad de: Internet


Meade no es Vaquerita

En efecto, José Antonio Meade no tiene cuerpo de porrista de los Vaqueros de Dallas. Entonces, que no organice porras en los mítines matraqueros del PRI. No se le da. Lo suyo no es el grito callejero, la arenga. El candidato del PRI —el único entre todos los y las aspirantes presidenciales que jamás ha militado en ningún partido político, esto es, el único con un perfil auténticamente ciudadano— no nació para despertar emociones entre las masas. Por ahí no va la cosa.

¿Por qué Meade?

Meade fue seleccionado por el PRI —o por el presidente Enrique Peña Nieto, lo mismo da— como su candidato presidencial por tres razones:

(i) No milita en ningún partido.

(ii) Es un hombre honesto y de principios sólidos, sobre todo religiosos.

(iii) Tiene tanta experiencia en la administración pública y tanto conocimiento de teoría económica y de filosofía del derecho, que explica mejor que nadie, a cualquier audiencia, los temas energéticos, fiscales, financieros, legales y operacionales más complejos. Los explica porque los entiende y, como lo ha demostrado, sabe cómo resolverlos.

Si lo suyo es lo racional, ahí déjenlo, que pelee solo en su terreno

¿Por qué si Meade es un experto en temas muy especializados, que hasta podría ser académico, lo ha lanzado el PRI a gritar en las plazas, a recorrer las calles rodeado de comitivas tan obsoletas que invitan a la gente a insultarlo, como ocurrió ayer en el centro de la Ciudad de México?

Ya quítenle los desprestigios a Meade, que imite a Colosio

¿Por qué el PRI rodea a Meade de los peores desprestigios, como Carlos Romero Deschamps, un tipo que debería estar en la cárcel?

Que pregunte Meade a quienes participaron en la campaña de Luis Donaldo Colosio. En la gira por Saltillo, estaba entre los invitados principales un ex gobernador de Coahuila de muy mala fama. Luis Donaldo exigió que retiraran a ese tipo. Si su gente no lo hacía, no entraba al evento.

Recuerdo que su entonces secretario particular, el hoy pejista Alfonso Durazo, se llevó una cagotiza por descuidado. No debería yo contar estas cosas que avergonzarán a alguien que podría ser un muy influyente y hasta temible secretario de Seguridad de AMLO, pero ni hablar: aquella vez Donaldo lo puso parejo.

Luis Donaldo decía: quiero prestigios a mi lado, no desprestigios. En aquel PRI, el de 1994, el viejo partido tricolor tenía muy mala imagen. Carajo, pero aquella pésima imagen puede ser calificada de súper excelente comparada con la del priismo actual.

El mejor Meade, el peor Meade

El mejor Meade que hemos visto en la campaña es el Meade ciudadano en las salas de espera de los aeropuertos acompañado de su esposa, Juana Cuevas.

El peor Meade es el que grita, sin fuerza y sin convicción, en los mítines matraqueros del PRI.

El terreno de AMLO, el terreno de Meade

Las calles y las plazas son de Andrés Manuel, que las domina con su inmenso carisma, con su extraordinaria capacidad para emocionar a la gente que lo escucha alzar la voz en un templete.

Lo de Meade es la explicación racional. Hasta pienso que debería viajar por el país con pizarrones gigantes de los de antes o con monitores de computadora de las actuales explicando a la gente, en grupos grandes o pequeños, por qué estamos como estamos, cómo vamos a mejorar en todos los aspectos y cómo podríamos empeorar.

Eso es Meade, un profesor que ha hecho carrera en el servicio público y que, para no fallar, aprendió a ejecutar eficazmente grandes proyectos y, particularmente, a explicarlos para generar consensos antes de ponerlos en práctica.

Con razonamientos podrá Meade competir con Andrés Manuel, que también tiene lo suyo en lo referente a la capacidad para encabezar una administración pública; en las arengas callejeras, Meade está perdido: ese el terreno en el que AMLO gana de todas, todas.

Vanessa y los baños de las gasolineras

Vanessa Rubio, una funcionaria cercana a Meade, mujer preparada, brillante, con credenciales académicas, ha dejado el gobierno para ir a la campaña del político sin partido que el PRI hizo su candidato.

Supongo que Vanessa llegará no a poner orden —esa es la tarea del coordinador, Aurelio Nuño—, sino a sacar a Meade de los templetes del viejo y desprestigiado PRI, para hacerlo volver a lo suyo: la conversación racional con la gente, que con la ayuda de los medios y sobre todo de las redes sociales podrá tener al mismo tiempo con miles o millones de mexicanos, una conversación que solo podrá ser sincera si él sigue “perdiendo” el tiempo en aeropuertos comerciales y si, adicionalmente, decide también “perderlo” en largos recorridos por carretera.

En los sucios baños de las gasolineras de esos caminos mal pavimentados Meade encontrará más inspiración para comunicarse con los mexicanos que en los grupos focales y en las estadísticas que le presenten sus estrategas y publicistas.

El discurso sin emociones

Baños de gasolineras sucios o limpios —son infinitamente más numerosos los primeros que los segundos— el discurso de Meade tiene que ser el que siempre ha sido, seguramente el mismo de la señora Vanessa que ha llegado a su campaña: el de la explicación racional, en términos muy sencillos, con unas cuantas gráficas y números, de los enormes y absolutamente complejos problemas de México.

¿Que con eso Meade no ganará porque no emocionará al pueblo? Pues ni modo, que no gane. Es lo único que tiene Meade y debe confiar en que, a la larga, la gente lo entenderá y lo apreciará.

¿Que las elecciones se ganan emocionando a la gente y no poniéndola a pensar? Pues ganará entonces Andrés Manuel, y qué bueno.

Pero Meade no debe intentar competir en un terreno que le resulta totalmente adverso: el de la calle que, como ha dicho José Jaime Ruiz, no es de él.

Si el terreno de Meade es la academia y el de AMLO la calle, ¿cuál es el de Ricardo Anaya?

El fuerte de Anaya está en los medios. Es brillante en entrevistas, debates, mesas redondas. Su problema es que últimamente no se ha movido bien en los medios porque se puso, de plano, ¡en medio! de un verdadero embrollo.

Anaya nomás no logra coordinar su triple personalidad: es candidato del conservador PAN, se vistió —y no le quedó— con el chaleco del izquierdista PRD y tuvo que soportar que lo regañara Dante Delgado, el querido líder de un partido ideológicamente indefinido, que ya no está en edad de soportar a los jovencitos, pero que tiene como su candidato presidencial a un muchacho que sin pedir permiso quiso hablar con los periodistas y fue silenciado por el mismísimo Dante casi en el tono de fastidio en el que yo intento inútilmente poner en paz a mis nietos cuando les da por hacer sus cosas que yo no entiendo ni entenderé.