lunes 19 de febrero de 2018 | 06:02
Columnas

Episodios secretos de la historia reciente

@catulo63 jue 18 ene 2018 17:07
Carlos Salinas de Gortari
Carlos Salinas de Gortari
Foto propiedad de: Internet

Productora e Importadora de Papel S.A. fue una empresa de participación estatal mayoritaria que jugó un papel clave y fundamental en la historia editorial de México.

En octubre de 1989, el presidente Carlos Salinas de Gortari decretó la libre importación de papel con claras a minar el dominio monopólico de la paraestatal en el giro en cuestión, y, de manera concomitante, propició su desincorporación del ámbito estatal, siendo curiosamente los editores los primeros en oponerse a ello, señalando que, en tanto el abasto de papel corriese a cargo del gobierno, el suministro del insumo fundamental de la vida periodística de México quedaría garantizado.

Las fábricas de papel de la empresa fueron quedando paralizadas de manera paulatina dada la desinversión de la que fueron objeto, y la posterior transformación tecnológica en el que la prensa online ha terminado por sustituir prácticamente en su totalidad a la prensa editada en papel periódico.

Por décadas, sin embargo, los críticos gubernamentales habrían visto una amenaza viva y latente contra la libertad de expresión en México por la existencia misma del consorcio gubernamental denominado “Productora e Importadora de Papel” S. A.

La participación destacada que el área de cobranzas de la referida paraestatal tuvo de manera intempestiva en el denominado “Golpe contra “el Excélsior” de Scherer” por parte del gobierno saliente de Luis Echeverría a fines de 1976 habría quedada documentada a cabalidad en la crónica novelada de Vicente Leñero, Los Periodistas.

No en balde, por las fechas en las que el gobierno anunciaba su pretensión de liquidar a la paraestatal “PIPSA”, Julio Scherer escribió un libro llamado Historias de Familia en el que hacía el relato de las conexiones inconfesables y los contubernios de toda laya existentes entre importantes agentes gubernamentales y el medio editorial y periodístico de nuestro país, relato que resultaba en su momento estremecedor en grado por demás superlativo.

Al unísono de que entre nosotros Salinas ventilaba el alcance del rol de PIPSA en nuestra vida pública, en la República Argentina comenzaba a vivirse un episodio escalofriante en torno al consorcio privado “Papel Prensa”, cuyas implicaciones en el medio editorial del país austral reviste más de un elemento de similitud y analogía con los intríngulis del mundo editorial mexicano.

El empresario judío argentino David Graiver, accionista mayoritario y presidente del consejo de administración de la empresa papelera, se habría desempeñado al unísono, tanto como “banquero” del grupo subversivo “Montoneros” a quien lavaba cuantiosos recursos provenientes de actividad ilícitas, como a su vez en funciones de testaferro de importantes operaciones de la inteligencia israelí en el continente.

El escritor Miguel Bonasso, además de señalar la existencia de la residencia en Acapulco de la familia Graiver, en la que había sido propiedad de “un célebre actor norteamericano”, en clara alusión al célebre “Tarzán,  Johny  Wiesmmüller, a quien por alguna extraña razón, Bonasso se niega a identificar por su nombre; deja en claro toda  una serie de conexiones con nuestro país.

Una de ellas, la muerte, o al menos la “muerte oficial” del mismísimo “banquero de los montones” en las inmediaciones de Chilpancingo el 7 de octubre de 1976, conexiones que podrían resultar por demás esclarecedoras de muchos de los episodios más soterrados de nuestra historia más reciente.

El siempre cuestionado “suicido “ del comandante Florentino Ventura al que se le identifica a cabalidad en el relato de Bonasso pese a que se le alude con un nombre ficticio, en relación con la secta de los “Narcosatánicos” que cimbrara la opinión pública en  aquellos momentos apuntaría en tal sentido, sobre todo, si se establece la conexión de ambos sucesos, tal y como se hace con verdadera maestría en “EL HOMBRE QUE SABÍA MORIR”, con el terrible escándalo del fusilamiento del General Ochoa en la Habana, acusado ante un tribunal militar de la isla como reo del delito de alta traición, dadas sus conexiones con el “Cártel de Medellín”; aun cuando, en lo personal, soy de la idea de que mucho hubiera podido escudriñarse en ese mismo sentido en el caso de “Quijano Santoyo en el café Habana” de la Ciudad de México.

Curiosamente, y dadas las implicaciones que el caso “PAPEL PRENSA” tuviese en la Argentina hasta hace pocos años, sino es que incluso hasta las días que corren, del relato de Miguel Bonasso no se desprende conexión alguna inmediata y precisa con los actos gubernamentales que entre nosotros determinaros el destino final de “PIPSA”, una historia que, estoy seguro, está por escribirse y por propiciar el desplome de muros como los de Jericó ante el resonar de trompetas de las tropas de Josué.

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