viernes 20 de julio de 2018 | 05:47
Columnas

Agravios personales; resarcimientos sociales

@maloguzmanvero mié 03 ene 2018 06:29
La carta de Sicilia a Andrés Manuel es una muestra de quien clama que el perdón sólo le pertenece a él, a la víctima del crimen
La carta de Sicilia a Andrés Manuel es una muestra de quien clama que el perdón sólo le pertenece a él, a la víctima del crimen
Foto propiedad de: Internet


“A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.” Pío Baroja 

 

Al vivir y, por lo mismo, verse obligados a analizar muy delicadas cuestiones, nos encontramos con que no podemos hablar de negros o blancos, sino de diferentes posiciones. Más si trata de discutir la cuestión social y la personal al unísono. Ambos puntos de vista son válidos e identificables, pero obedecen a razones, motivaciones y objetivos distintos. En ese sentido, este texto no pretende dilucidar entre lo correcto y lo equivocado; el bien o el mal de éstas dos u otras situaciones. Con una excepción, claro está: los homicidas, verdugos y ejecutores, asesinos son, y el crimen organizado, quebrantamiento legal es.

La discusión que aquí nos ocupa ha revivido con fuerza a partir de la declaración que hiciera de Andrés Manuel de considerar la figura de amnistía para el crimen organizado en México. Lo cual fue contestado por Javier Sicilia, poeta y víctima directo del crimen, mediante una carta que expresa su dolor desde ¿quién coños te crees para pedírnoslo? Y esa es precisamente la cuestión: un agravio personal es lo que ilustra la diferencia entre amnistía y perdón.

La amnistía es social. Supone una acción concertada y atañe a toda una sociedad –el encuentro de las partes por el bien del todo-, buscar desde la institucionalidad hacerse de vías para restañar heridas colectivas y subsanar odios generalizados. Si bien rara vez se da por decisión unánime de la comunidad afectada y requiere de uno o varios intermediarios para sugerir esa cicatrización. El resarcimiento social involucra la aplicación de la justicia desde un punto de vista institucional. Dado que no es una ocurrencia o arrebato, nace en buscar un bien mayor y se sustenta en la equidad y la normatividad, mismas que debieran regir con la misma vara a todos los individuos de una sociedad. 

El perdón es personal. No requiere intermediarios, ni una acción colectiva; ni se da ni se quita. No supone necesariamente la existencia, pero tampoco la ausencia de justicia; sea ésta institucional, social, humana o divina. Y siempre se concentra entre la víctima y su victimario. El agravio, que es personal, sumamente personal, se circunscribe a una acción vinculante de dos partes y, en ocasiones, ni siquiera requiere de la voluntad del victimario. 

La amnistía no conlleva necesariamente el perdón. El perdón no se deriva en amnistía tampoco forzosamente. Ello en razón de que los fines que cada acción persigue son distintos; en ocasiones incluso diametralmente. Tal vez porque la amnistía busca de manera pragmática y desinteresada la mayor ganancia común, mientras que el perdón es un acto hondo, visceral y, por lo mismo, personalísimo.

En este desencuentro de agravios personales y propuestas de resarcimientos sociales, existe un espacio insalvable, una barrera infranqueable, una brecha que solo puede ser transitada cuando viéndose de frente –amnistía y perdón- se reconocen en sus diferencias. Porque lo que se busca son distintas cosas, porque lo que pide la persona no necesariamente es lo que demanda la sociedad, porque simplemente sus metas no son las mismas. 

Las diferencias y los desencuentros se ahondan cuando personajes cercanos a cualquiera de las dos partes pasan por alto esta incompatibilidad. Existen, por un lado “A”, quienes los mueven más las razones que surgen del agravio personal (sin mencionar, claro está, los que buscan ganancias personales y/o obedecen a cuestiones de índole subjetiva); por el otro “B”, los que actúan más pensando en el fin del compromiso social, de Estado o de integrar a un mayor número de personas. Ambos tipos de “comparsas” han actuado en esta ocasión ya sea para ahondar en su causa (1) o para guardar un sospechoso silencio (2). Nótese, por ejemplo, un A.1, Fernández Noroña, quien trastoca las diferencias en un tema personal y las vocifera a diestra y siniestra recriminando a una de las partes su decisión, dándole tintes políticos. Un A.2, John Ackerman, quien usualmente personaliza las propuestas de AMLO, volviendo el debate una cuestión de absolutos, y que en esta ocasión ha guardado silencio. Un B.1, Federico Arreola, quien defiende a espada batiente en redes la propuesta de AMLO de considerar la amnistía, hablando de esa institucionalidad y razón de gobernabilidad de Estado. Un B.2, Julio Astillero, quien usualmente opta por la institucionalidad, si bien de izquierda, y que al respecto de este desencuentro hasta ahora ha guardado —en público— absoluto silencio. 

La carta de Sicilia a Andrés Manuel es una muestra de quien clama que el perdón sólo le pertenece a él, a la víctima del crimen. Es un agravio personal lo que él sufrió (y sufrirá el resto de su vida) y por ende sólo él puede otorgar el perdón. La propuesta de Andrés Manuel a la sociedad mexicana es un posible proceso que, como ya se dijo, conlleva tiempo, la actuación de muchas partes, que se forja en el sentimiento de comunidad y que tiene como fin un resarcimiento de heridas que han profanado el bienestar común.

Mientras tanto, los acompañantes y “asesores” siguen sin comprender que tanto no pueden exigir a Sicilia que se disculpe con Andrés Manuel, como que éste le pida perdón al primero. Hacerlo significa que no acaban de advertir la naturaleza de ambas posiciones. Si bien… si bien es cierto que es de humanos errar y hay que recordar que hace unos años (4 de abril del 2011), el propio Javier Sicilia llamó a las autoridades a hacer un pacto con el crimen organizado para frenar la violencia en el país. No en balde a una comunidad es más fácil confundirla que a un solo individuo…