domingo 17 de diciembre de 2017 | 07:21
Columnas

Libros de ayer y hoy. 88.36 al mínimo, ¿y a los máximos cuánto?

mié 22 nov 2017 11:43
Ahora será de 88.36.
Ahora será de 88.36.
Foto propiedad de: Internet

 

Debe de ser un ritual muy importante para el poder, porque el mismo presidente de la República  avaló los poco más de ocho pesitos que aumentó el salario mínimo.

Ahora será de 88.36. Las protestas de organizaciones sindicales y de otro tipo, no se han  hecho esperar. Es una burla. El año anterior por estas fechas, la nota salarial se le atribuyó al presidente de la Comisión Nacional de los  Salarios Mínimos (Conasami) por su ingreso de 173 mil 436 pesos mensuales.

Algunos  medios fueron irónicos, dijeron  que el señor Basilio González Núñez solo ganaba mensualmente 2 mil 474...¡salarios mínimos!

Este se fijó entonces en 80.4 pesos lo que equivale a 2 mil 412 pesos mensuales que regirá hasta el primero de diciembre.  La determinación del famoso salario mínimo se ha prestado a la farsa de todos los años, donde todos intervienen menos los verdaderos afectados.

Es cierto que en esa comisión tripartita están a la par que el mismo número de representantes empresariales, once de trabajadores.

Pero qué casualidad, 9 son de la CTM y los otros dos de centrales controladas por el gobierno. Este tiene solo un miembro pero es nada menos que el presidente del consejo de representantes. Los trabajadores de centrales independientes, como la Unión  Nacional de Trabajadores (UNT) que representan una fuerza importante y pensante sobre todo, no están contemplados. Sindicatos como el  de los telefonistas, el de los trabajadores de la UNAM y la asociación de pilotos de aviación, entre muchos, no son tomados en cuenta.

La llamada Conasami es un  organismo descentralizado pero controlado por el gobierno y los empresarios. Ellos tienen en sus manos la salud, la vivienda y la alimentación de millones de trabajadores, con migajas de pesos insuficientes que han mermado el promedio de vida en los últimos años, que han creado a un  país de obesos por el exceso del carbohidrato llenador y que los han orillado a la pobreza, algunos en extrema. Pese a las críticas de economistas, el gobierno sigue montado en su macho desde 1980, al fijar el salario a partir del porcentaje de devaluación que se estime. Como ahora está alta, los trabajadores ya perdieron. Los empresarios pedían 95 pesos diarios y los trabajadores cien, pero el secretario del Trabajo Alfonso Navarrete Prida, advirtió que en realidad la propuesta ha sido de 90 y que fijar 95  “sería como romper el consenso”. Nunca valieron tanto cinco pesotes. La compra de la fuerza de trabajo, minimizada por tipos que se desgreñan por unos pesos que afectarán a millones, está en estos momentos en subasta.

Con los nuevos cambios legales, lo que se decidió fue dejar la indexación del salario, que dejará de ser punto de referencia en multas, derechos, créditos de Infonavit y financiamiento de partidos. Por su parte, Miguel Ángel Mancera que utilizó el salario mínimo como uno de sus temas de campaña y quien consideró el alza insuficiente, ha sostenido  que la comisión debe desaparecer ya que como instrumento intermediario no resuelve nada.

Algunos más, en el pasado, se pronunciaron por eliminar, entre otros, a ese monstruo inflado al que se le da tanta relevancia conscientes a su vez, de que hay organismos burocráticos que no sirven, que deben desaparecer, morir en  el presupuesto.  Inflado en su fama -y tal vez en su cuerpo musculoso- Charles Atlas fue uno de esos personajes de la cultura física, la tensión dinámica, que llenó toda una época. Irónico y crítico a esa presión capitalista de conducir a lo bello y deseable, Sergio Ramírez Mercado, el nuevo Premio Cervantes, escribió en 1970, Charles Atlas también muere (Editorial Nueva Nicaragua, Managua 1982) con dos personajes somocistas, el capitán Hatfield USMC y su discípulo, un joven admirador del tensionista Atlas, que funge de narrador. Este va emocionado a Nueva York a conocer a su ídolo, invitado por el propio Departamento de Estado -influencias somocistas-, y consigue venciendo resistencias -los amenazó con denunciarlos al gobierno gringo si no aceptaban-, ser llevado a conocer al tipo que lo salvó de ser un alfeñique. En entornos pobres, que nada tenían que ver con la fama del gran vendedor de sueños, lo pusieron frente a un gigantón centenario que sobrevivía en medio de sondas, tubos y frascos de suero. Ese era Charles Atlas, el italiano Ángelo Siciliano su verdadero nombre, decadente, viejo, que había descubierto la tensión dinámica en 1843. El narrador que se identifica con las breves anécdotas que cuenta el anciano, lo somete a tal esfuerzo, que el hombre muere. Aquel comparte al final que él termina siendo guardaespaldas del tirano nicaragüense. Ramírez Mercado no solo cuenta una historia de fanatismo, también describe la decrepitud de los valores que impone un sistema fincado en lo superfluo. En lo inflado, en lo que vimos en los prolegómenos  del nuevo salario mínimo, que es una especie de montaña pariendo un ratón.

En el mismo libro el autor da ejemplos de lo anterior en varios cuentos, uno de ellos de risa loca, Nicaragua es blanca, cuando la burguesía managüense se emperifolla de pieles y lana en esa ciudad cálida... ¡porque cree que va a nevar! Yo tengo a la mano Castigo Divino y ¿Te dio miedo la sangre?, parte de una extensa bibliografía del que fue vicepresidente  de Nicaragua y que por sus posiciones socialdemócratas no embonó al final  con  algunos de los comandantes. Ahora recibirá la principal presea literaria que otorga España.