lunes 25 de septiembre de 2017 | 10:02
Columnas

La oposición mexicana: motivos equivocados

@carlosanguianoz mar 12 sep 2017 11:45
Lo que se pretende es quitar al PRI solo por quitarlo
Lo que se pretende es quitar al PRI solo por quitarlo
Foto propiedad de: Inernet

México viene recorriendo un difícil camino para lograr crecer y desarrollarse como nación. La adaptación a los nuevos tiempos, las crisis económicas recurrentes del pasado y lo volátil de los precios del petróleo, obligaron a replantear nuestro modelo económico, que nos ha permitido migrar de la dependencia petrolera, que mantuvo a los mexicanos hundidos en un mar de falsas expectativas y en un conflicto ideológico inagotable, para impulsar nuevos vocacionamientos regionales, con una sólida industrialización, con una decidida participación del sector privado y un sector público promotor del desarrollo.

 

Hay evidencia de crecimiento económico, aunque aún lastima ver que la desigualdad económica no ha logrado ser mitigada: el desarrollo social sigue siendo un conflicto abierto que exige atención y medidas permanentes. De manera paradójica, México está dentro de las primeras 20 economías del mundo, es la segunda economía más grande de América latina y avanza significativamente en lograr equilibrar su balanza comercial, debido al incremento de exportaciones de insumos para la aeronáutica, a la producción de insumos electrónicos, a la cuantiosa exportación de vehículos, a la diversificación de nuestros productos, al fortalecimiento del turismo, a habernos convertido en un país altamente exportador de agro alimentos  y a la oferta internacional de bienes y servicios para satisfacción del consumidor internacional.

 

Hay que decirlo: el tablero de indicadores macro económicos de nuestro país, proyecta orden, trabajo, constancia, disciplina financiera y buen desempeño gubernamental. Al margen de narrativas y prosas urbanas, fuera de memes y ataques perversos que en mucho han dañado el prestigio, la fama pública e incluso los niveles de aceptación del Presidente Enrique Peña Nieto, tras 5 años de gobierno, México se mantiene firme, proactivo, fuerte y pujante. Todo lo anterior, parece no ser importante para los opositores a su gobierno.

Para la oposición mexicana, los motivos fundamentales de su existencia, son sacar al Partido Revolucionario Institucional de Los Pinos. Parecen ansiosos, voraces, temerarios y carroñeros, acechando a la presa que creen moribunda. Triste y lamentable resulta el hecho de que los políticos que encabezan a MORENA, al Partido Acción Nacional, y al Partido de la Revolución Democrática, que son las principales fuerzas políticas nacionales, acechen la presidencia anhelando alcanzarla, sin tener argumentos, propuestas, oferta a la ciudadanía de soluciones, un planteamiento sólido de que harían en caso de gobernar, y todo ello, a estas fechas. Hay quien lleva más de 12 años en campaña y aún no es capaz de consolidar una propuesta seria que dé rumbo y certeza a lo que hará en el hipotético caso de ser electo Presidente.

La sociedad mexicana, según lo demuestran los estudios demoscópicos de los últimos veinte años, no se sienten satisfechos con los gobiernos de la república. En alcance a ello, quienes votaron por quienes no asumieron el poder en 2000, 2006 y 2012, es decir, votaron por opciones minoritarias y perdieron las elecciones, se han dedicado a cuestionar, descalificar, denostar, atacar y criticar infundadamente en gran parte de sus intervenciones, a quienes sí ganaron.  Quienes argumenten que de eso se trata el ser de oposición, deberían entender que la irresponsabilidad, la falta de talento, la carencia de ideas, el corto oficio político de sus dirigencias, no les permite ver que desde la oposición se puede gobernar, se puede proponer, se puede apoyar a la dirección del país, siempre y cuando el motivo central sea el bienestar colectivo y no la satisfacción de intereses de grupo o aún peor, personales.

Cuando se plantea la destrucción, la violencia en cualquier forma, el chantaje, la presión sin razón, como motor, como vía, como horizonte de trabajo, para destruir a otro –así sea al PRI, a Peña Nieto, a López Obrador o a cualquier otro-, se está en el camino equivocado. Cuando los motivos de “hacer política” no son mejorar, transformar, beneficiar a la sociedad, la política no debería de hacerse. El bien público es la razón correcta. Para alcanzarlo es válido procurarlo desde cualquier visión ideológica, incluso dogmática si la hubiere.

Es un hecho que en todos los partidos políticos, los grandes e históricos, los pequeños y los de media tabla, el dedazo, la traición, la deslealtad, la ambición, están presentes. Ello se debe a la naturaleza humana misma y no se puede erradicar con la fórmula mágica de “si te quito a ti, nos va a ir mejor”. También hay que entender que la oposición mexicana se compone en la mayor parte, por militantes en segunda opción, es decir, que provienen de una primera militancia fallida, truncada, abruptamente finalizada, que no logró escalar ni despuntar en sus partidos de origen. Eso los hace vulnerables, recelosos, problemáticos y desesperados por alcanzar el poder.

Señores poderosos, su responsabilidad social les obliga a transparentar sus ideas, sus motivos, sus tripas, sus proyectos. Los discursos de color y formas manipuladas acorde a criterios de mercadotecnia correctos, no sirven para entender hacia a donde intentan llevar el destino del país y el rumbo de su gobierno. La mejor victoria electoral de los mexicanos, consistiría en lograr incrementar el voto racional a niveles maduros, responsables. Canalizar la energía y la animosidad de la gente de manera correcta, incluye decir verdades, argumentar proyectos buscando consensos, contagiar el horizonte hacia donde debemos andar como país, ser claros, ser certeros, ir a la profundidad de los grandes temas y no permanecer en la superficie de la crítica constante, la descalificación del adversario y el repartir culpas insensatamente.

El sistema político nacional no se transformó cuando perdió el PRI en el 2000, sino que permaneció intacto, vivo, vigoroso, vigente y rozagante. La culpa de todo no puede ser de una sola persona; una persona por más capaz que sea, no podrá cambiar el sistema político, mucho menos cuando les gusta, les agrada, les es cómodo y viven de él, y por cierto, así están todos quienes hoy se perfilan como precandidatos. Sin duda, debe modificarse nuestro sistema político, pero eso no sucederá en tiempos electorales, así que la discusión para ello iniciara hasta después de julio de 2018.

La confianza social, la credibilidad, los altos niveles de gobernabilidad, están perdidos, sí. Pero dañando a las instituciones y desprestigiando la banda presidencial, nadie podrá recuperarlos, pues el daño afecta a todos por igual y trasciende el sexenio afectando a quien quiera que llegue a la Presidencia de la República. Dignificar la política es un esfuerzo colectivo y es una acción indispensable si pretendemos lograr una transformación positiva de México, que beneficie a nuestra sociedad.

Por Carlos Anguiano

@carlosanguianoz en Twitter