domingo 25 de junio de 2017 | 02:00
Columnas

Real Política. Democracia Simulada. II La vieja República

@RubenIslas3 dom 18 jun 2017 20:48
El cambio radical de las instituciones y su andamiaje, es indispensable para establecimiento de la emergente democracia mexicana.
El cambio radical de las instituciones y su andamiaje, es indispensable para establecimiento de la emergente democracia mexicana.
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La política es el espacio de las relaciones de poder de grupos, individuos y clases sociales. En ese espacio, se puede tener más o menos poder, pero jamás la hegemonía absoluta. La característica fundamental de los actores actuales de la vida política nacional es su incomprensión del objeto del Estado de Derecho.

Dejemos claro: La razón del Estado no es el “bien común” sino la multiplicidad de contradicciones, los intereses opuestos que confluyen en la historia. Por ello, el derecho no es producto de la sana creatividad intelectual, sino el resultado de diversos procesos históricos orden político. La fuente primigenia del derecho es la política.

Como realidad social, el Derecho no solamente es un conjunto de normas. Se vincula con la realidad cotidiana más allá de la forma normativa; es ante todo un objeto cultural. En otras palabras, tanto el derecho, sea lo que éste fuere, como lo que se dice respecto del término: conjeturas, teorías, situaciones, problemáticas, problemas y argumentaciones, es un producto humano consecuencia de la multiplicidad de contradicciones que se gestan en la cotidianidad vivencial.

El cambio que ya hace buen tiempo demanda el país, no se puede circunscribir en un acto de fe al voto y la alternancia. El cambio demanda transformar al régimen para que este responda a la nueva realidad de la sociedad mexicana; refundar al Estado y no remendar a la Constitución. Dicho con singularidad filosófica romper con el paradigma dominante.

La nueva realidad política mexicana está a la vista de todos, el viejo pacto que le dio sentido a la República está roto. Es indispensable que el régimen político tenga un claro compromiso con la restauración de una República de ciudadanos y con la abolición del sistema de súbditos. No hay democracia posible en la desigualdad y la injusticia y menos cuando los pobres son clientes alienados.

La libertad no es un derecho natural ni una concesión del poder, sino un derecho producto de la rebeldía, de la revolución de las conciencias. En la libertad republicana, los ciudadanos no son súbditos que vienen a reconocer al monarca, al tirano o al partido; sino entes políticos con derecho y plena conciencia para repudiar cualquier forma imposición. El tránsito hacia la democracia, no pasa por la construcción de acuerdos políticos que permiten el establecimiento de nuevas reglas electorales reconocidas por los partidos, mediante remiendos a la Constitución. En condiciones de una República restaurada podría ser una condición necesaria más no suficiente para las fuerzas reales de poder. De ello hay ejemplos en todas partes: España, Chile, Brasil, Portugal, Costa Rica, Alemania, Francia, Japón, India, Sudáfrica, etc. En todos estos casos, la experiencia indica que los acuerdos fundamentales pasan por eliminar el paradigma político dominante del régimen autoritario que se pretende abandonar. Sin esta premisa sale sobrando cualquier discusión sobre el estado actual de la vida “institucional” mexicana: segundas vueltas, voto obligatorio, centralización de las elecciones en el INE, fiscalías especializadas y demás ocurrencias.

Es un hecho que el sistema político constituido a partir de la Revolución Mexicana, ha sido un régimen semi-autoritario o semi-democrático, según sea la perspectiva desde la cual se le quiera identificar. Por encima de los demás poderes de jure o de facto de la vida pública nacional, el régimen fue diseñado para otorgarle al presidente de la República, un poder hegemónico, tanto real como formal, sobre todas las instituciones de la vida pública. El sistema político mexicano concreta en la figura presidencial al determinador del destino político y social de todos cuantos vivimos en este país. La vieja república.

La vieja república combina instituciones autoritarias y democráticas, en un espacio temporal en el que no acaba por consolidarse un nuevo régimen y por fenecer el viejo. En nuestra vieja república persiste la cultura del vasallaje político, del uso de las instituciones para la eliminación del contrario, del juego sucio de los grupos de interés, del acomodo de las autoridades electorales, del tráfico de influencia jurisdiccional, del pago de plumas y opinadores, del uso del miedo y del terror para que los ciudadanos no decidan, de la formación de alianzas disimuladas, del dominio de los mercadólogos sobre los ideólogos,  de la derogación de facto de los principios fundamentales de la Constitución, de la simulación institucional, del dominio del dinero sobre la voluntad popular, de la pareja presidencial y su corte; de sí, el presidente intervino pero no fue determinante (usted perdone), del predominio de los leguleyos formalistas sobre los jurisconsultos, de los coleccionistas de boletas, de las boletas como entes metafísicos, de los curas y políticos violadores y pederastas, de los narcos infiltrados en la vida política, de la impunidad para los delitos de cuello blanco, de la ficción de Estado de Derecho, de los medios como administradores de justicia y del reconocimiento servil del leperaje ante su monarca sexenal.

Frente a eso, es absolutamente legítimo luchar desde el derecho a la resistencia a la opresión, por la firma de nuevo Contrato Social para una NUEVA REPÚBLICA, que integre no solo la voluntad de los contrarios, sino los principios de justicia, libertad, dignidad, transparencia, certeza, seguridad, tolerancia, diversidad, equidad, laicidad y democracia, real democracia, tanto a la Carta Magna como a la vida común y trascendente de todos. La democracia no sólo es una forma de manifestación pública del poder político o una forma de vida, además se nos muestra como un espacio para la acción comunicativa, para el diálogo, para la política.

La realidad social nos obliga a entender que política y democracia son un binomio, la política como actividad en donde las contradicciones construyen la realidad y la democracia donde los fines de la política se traducen en hechos relevantes para la vida del Estado y la sociedad. No hay democracia en política sin ciudadanos, instituciones y normas que hagan efectivo el fin trascendente de ambas, la interpretación del conflicto y su conducción racional.

Una nueva realidad no puede ser conducida por viejas instituciones ni por tradiciones caducas que pertenecen al ámbito de la museografía política. Es imperativo, a partir de la fundación de una nueva cultura política, construir nuevas instituciones a la altura del tiempo que vivimos. El cambio en el país no se puede circunscribir a la alternancia, a la modificación periódica de hombres, nombres y colores. Es preciso transformar a las instituciones para que estas respondan a la nueva realidad de la sociedad mexicana; se debe arribar a un régimen político distinto, donde se reconstruya al Estado y éste pueda ejercer el control sobre los poderes fácticos.  La parálisis legislativa y los magros resultados gubernamentales son producto del desfase entre una estructura política caduca y rebasada por el nuevo tiempo que vivimos, y una ciudadanía que ejerce sus derechos, se organiza y participa de múltiples maneras.

El cambio radical de las instituciones y su andamiaje, es indispensable para establecimiento de la emergente democracia mexicana. Ese complejo juego de balanzas tiene que partir de la convicción de que el Estado de Derecho es, en cualquier circunstancia, irrenunciable y que a él se deben someter todos los poderes, incluyendo los que rebasan el ámbito estatal, como son los medios de comunicación, los sindicatos, las cámaras empresariales y las iglesias.  De lo que se trata es de impedir la concentración desmedida del poder, generar mayores márgenes de participación ciudadana y establecer una relación más horizontal y democrática entre los poderes. Que prevalezca el sentido original de una República.