sábado 27 de mayo de 2017 | 09:48
Columnas

Provocación Gratuita. Antiestatismo mexicano: un apunte

@sanchez_villa_ vie 19 may 2017 10:00
¿Cómo pagan los opinólogos y políticos de oposición -empeñados en vivir de patear al Estado, porque no dan para más- estas valerosas acciones?
¿Cómo pagan los opinólogos y políticos de oposición -empeñados en vivir de patear al Estado, porque no dan para más- estas valerosas acciones?
Foto propiedad de: Internet

 

El miedo descontrolado está apoderado del escenario público nacional. La irracionalidad, en consecuencia, es el eje rector del discurso político. Sin un día se despierta con la noticia de que los cuerpos de seguridad nacional y pública actuaron contra criminales que erosionan de todas las formas posibles al Estado mexicano, los académicos, los candidatos adelantados, los gobernadores, los miembros de la comentocracia y cuantos aquellos tienen modo de hacer pública su opinión se ponen en contra del Estado mexicano. Sucedió otra vez la semana pasada, por los hechos de Palmarito, Puebla, donde criminales emboscan a soldados y los soldados, actuando de acuerdo a como están entrenados, defendieron al Estado mexicano y sus propias vidas -en ese odioso orden- como apenas pudieron hacerlo en ese momento. ¿Cómo pagan los opinólogos y políticos de oposición -empeñados en vivir de patear al Estado, porque no dan para más- estas valerosas acciones? No con desprecio, sino con decidida y cobarde saña, con la seguridad de quien se acurruca cómodamente atrás de una pantalla, y no con mesura, sino con la clara psicosis de quien desea incendiar su propia casa con tal de ver que todos ardan.

Se vive en una época en la que la ausencia de sentido común en lo que se escribe ya no es una herramienta para llamar la atención -esa que consiste en emplear argumentos aparentemente contraintuitivos para sonar novedoso-, sino que entretejimos esa carencia con la cotidianidad, con la defensa exagerada de posturas humanitarias absurdas, a tal grado que lo irracional está convertido en la normalidad. El miedo no es un discurso que predisponga a la sociedad a tomar acciones inmediatas y concretas contra un entorno que se antoja más bien caótico, sino que parece ser el precursor de un antiestatismo absurdo. Están perdiéndose los relieves que definen las verdaderas incertidumbres de estos tiempos y se está convirtiendo, tontamente, al Estado mexicano en el destinatario de todas las frustraciones, desencantos y venganzas sociales.

El antiestatismo que se vive es odio al Estado. Pero no sólo es eso, es también odio a cada uno de sus integrantes: policías, militares, jefes de ventanilla, albañiles del Sistema de Aguas de la Ciudad de México, gobernadores, secretarias, meritorios de juzgados, asistentes parlamentarios y un inmenso conglomerado humano que, a diario, ve pisoteada su dignidad. Dignidad que sólo puede ser protegida a partir de un cambio en los principios políticos que imperan en nuestro tiempo: alejarse de la estridencia y del discurso aterrorizador, dejar de culpar irracionalmente al aparato público de todos los males y dejar de confundir problemas de índole moral con aquellos que tienen naturaleza -ahí sí- política o institucional.

Tampoco debe entenderse que todos los problemas deban ser comprensibles de forma cabal para todos, porque se corre el riesgo de interpretar la realidad a partir de lugares comunes. Lo que debe hacerse es examinar y aguantar la realidad que nos rodea sin negar lo atemorizante que puede ser -y terminar sometiéndose con mansedumbre a ella- y sin entregarse a los excesos absurdos de culpar de forma absoluta a una parte bastante útil del entramado social -el Estado- y terminar debilitándolo sin tener nada mejor a mano para organizarnos. Porque el Estado es, al día de hoy, no la forma perfecta, pero sí la mejor que tiene la sociedad para organizarse.