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Columnas

Filosofía sin Escrúpulos. La libertad para los actuales

@RubenIslas3 vie 19 may 2017 09:41
El principio de responsabilidad siempre está relacionado con la noción del deber.
El principio de responsabilidad siempre está relacionado con la noción del deber.
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IV Libertad y Responsabilidad

 

¿Qué es la responsabilidad?

Toda responsabilidad nace de una norma, moral o jurídica. La libertad para los modernos y la libertad para nosotros está atada a la acción del Estado y por tanto del Derecho. Somos libres en tanto no existan reglas que nos coarten la libertad de hacer o no hacer determinadas conductas: “Todo aquello que no está prohibido, está permitido”.

El derecho como estructura social no es solamente un conjunto de normas; es un espacio de ejercicio de poder que se vincula con la realidad cotidiana más allá de la forma normativa, es ante todo un objeto cultural que se crea y se transforma a partir de la diversidad de relaciones de poder.

El poder es una vinculación cotidiana entre el principio de autoridad inserto en la norma y la voluntad libre de las personas. Las obligaciones jurídicas, los permisos, las prohibiciones y la delimitación de responsabilidades, no son más que meras manifestaciones formales de las relaciones de poder. La responsabilidad jurídica o moral siempre habremos de observarla dentro de una relación de poder, donde la norma impone y el sujeto dispone el cumplimiento o incumplimiento de un mandato.

El principio de responsabilidad siempre está relacionado con la noción del deber; no hay forma de determinar una responsabilidad si esta no proviene de un deber ser. Contribución del Estado moderno a la Sociedad Civil es la creación del derecho como sistema autoreplicativo. Invención que parte de diferenciar la imposición de un orden estricto para quien ejerce el poder, frente a un obrar libre de los individuos, la libertad adquiere entonces un sentido político: “Las instituciones y quienes forman parte de ellas, solo pueden hacer aquello que expresamente les está permitido”

La soberanía es la racionalización jurídica del poder, que transforma la fuerza en poder legítimo, el poder de hecho en poder de derecho; siempre podemos encontrar una autoridad suprema debidamente legitimada aunque ejercida de diversas formas. La soberanía del Estado es la acción material que ejerce hacia los gobernados y una forma enfática de relacionarse en la paz y en la guerra frente a otros estados. El gran dilema es, encontrar el peso específico del individuo en el mundo, particularmente en el conflicto de civilizaciones que nos impone la actualidad global, frente a la vieja idea de la soberanía como la protección de la interioridad nacional. ¿Qué tanto somos responsables de lo que el Estado hace y que tanto es responsable el Estado frente a la humanidad como comunidad global?

La relación formal responsabilidad-deber nos dota de herramientas de interpretación y comprensión de las conductas sociales vinculadas con la ética y con la ley. En el imperio de ambas, responsabilidad y deber solo son válidos  cuando el orden ético o jurídico así lo determinan.  Normas que señalan con toda claridad y precisión las formas en que tal deber habrá de cumplirse y como se exige la responsabilidad por el acto o hecho que viola la normatividad. ¿A quién podemos imputarle responsabilidad?

En relación con las personas, la responsabilidad tiene un carácter tanto individual como colectivo; la responsabilidad de las personas físicas y la responsabilidad de las personas colectivas. Especialmente la responsabilidad del Estado (como persona jurídico colectiva) que nace del control que el mismo Estado se impone desde los Derechos Humanos que no son otra cosa que una construcción política producto de las relaciones de poder. Los derechos humanos no son naturales, son artificiales.

¿Cómo conciliar los valores universales que pretenden los derechos humanos con la tradición cultural regional o aldeana?

En la concepción de los derechos humanos en occidente, que ha quedado patente en el sentido institucional y formal del derecho, la magia y la tradición no son hechos relevantes, así como la racionalidad no lo es para quienes ven al tiempo con más tiempo desde la tradición y el mito.

Sin embargo, hay un momento preciso que no podemos dejar pasar ni ocultar, una razón que se antepone a toda tradición y a todo orden instituido, el de la rebelión, el derecho a rebelarse y a la autodeterminación. Probablemente sea este el único punto en el que no choquen la formalidad occidental y la tradición, a nadie puede negársele la posibilidad de oponerse a lo instituido, en eso reside el sentido político de los derechos humanos. 

Se legitima la idea de intervenir en razón de la protección del ejercicio pleno de las potestades de las personas, en todo tiempo, lugar y circunstancia. No es un problema de justicia, esa queda para la relatividad, es una fórmula de acción que se inserta en la subjetividad cognitiva de nuestro hacer cotidiano, una norma superior que solo es entendible a partir de la libertad y de la responsabilidad que esta conlleva.

Entonces, los derechos humanos aparecen como derivados de la potestad suprema que es la acción del individuo frente al grupo, nada justifica la tiranía de la colectividad frente a la autonomía de la voluntad. Así y solo así, es posible plantear una auténtica conciliación entre la globalidad del devenir y la tradición que se niega a morir.

No existe persona alguna que no haya vivido en su experiencia personal algún acto autoritario, desde la familia hasta en la convivencia social y política cotidiana. Oponerse al autoritarismo es un acto deontológico kantiano, un imperativo categórico que trasciende a toda consideración cultural o histórica.

El reto político para el Estado Democrático de Derecho es entender la nueva dinámica social a la que convoca la diversidad, romper con la vieja creencia de la uniformidad cultural y la felicidad unigénita. Se trata de una bola de fuego que pocos saben cómo enfrentar. Sumidos en viejas convicciones, se sigue llenando el saco de los deseos de nuevos derechos ideales, sin entender las demandas que la diversidad impone a la libertad y a la igualdad. El temor social e institucional a la libertad deriva del desconocimiento de la responsabilidad ética como esencia del deber que impone la autodeterminación libertaria. Oponerse al abuso o a la vulneración de la dignidad no es un acto de impunidad, es una obligación que impone la justicia.