domingo 28 de mayo de 2017 | 10:00
Columnas

Del acosador hipofálico ante el Leviatán o del acoso

vie 19 may 2017 19:59
Foto propiedad de: Internet

 

En un viaje cotidiano de metro, un pequeño hombre se sienta en frente de dos chicos a los que comienza a observar, intentando “ocultar” sus miradas, antepone su teléfono celular frente a su rostro. La continuidad de las miradas no cesa, todo lo opuesto, se intensifican creyendo en que “quizás, él será correspondido”. Lo único que el pequeño hombre logra es el malestar de ambos, y la respuesta notoria de uno de ellos que le regresa la mirada en un tono agresivo. El pequeño hombre no se siente aludido, intensifica y produce la burla y los comentarios en voz alta, que en lugar de recordarle a ese calvo ilusionado –porque era calvo y tenía la “luz de la ilusión en su acabado rostro”- el desprecio generado, éste reaccionó ofendido. El pequeño hombre se levanta en una estación, y escuchando las carcajadas, retorna del andén donde ya se encontraba, hacia el vagón, para comenzar una batalla de insultos y golpes contra uno de los chicos, quien jala la palanca de alarma, sin responder a los golpes, y acude la policía para separar al pequeño hombre calvo y barrigón (pues tenía una prominente panza de figurilla derretida), de su doble víctima. Doble por acosarla con una mirada permanente y agresiva, y además de todo, por golpearlo e insultarlo verbalmente.

Siempre el hecho de compartir espacio con otros humanos, resulta problemático, pero cuando se tiene la desgracia de encontrarse enfrente de un asocial con intereses perversos, la cosa puede transformarse en algo más que en una riña, porque realmente nadie puede saber los alcances de una respuesta de una víctima o un victimario cuando el conflicto ha iniciado, y éste escala. El miedo al enfrentamiento entre partes es piedra fundante de los sistemas estatales modernos. Si hacemos caso a la teoría contractual de Thomas Hobbes, tanto en El Leviatán, como en el De Cive, la seguridad es el principal empuje que orilla a los seres humanos a fundar una autoridad superior a sí –y a cualquier otro ser humano-, con la legitimidad total para aplastar a quien amenaza la seguridad de otros seres humanos. Cuando el hombre calvo insistió en su mirada agresiva, misma que incrementó conforme notaba que provocaba malestar, inició a violentar la convivencia entre seres humanos al someter a la otra parte a una dinámica que simplemente no quería –ni tenía por qué- aceptar.

Uno de los grandes tópicos del pensamiento moderno, defensor primigenio del ser humano como portador de derechos y obligaciones establecidas por la ley, se encuentra el reconocimiento de su liberta. Libertad, o “hacer lo que uno quiera” es un término que define una capacidad de acción que no se traduce en el acto mismo, sino en un momento intelectual que le antecede que se denomina “voluntad”. La voluntad es el momento del juicio en donde se analizan posibilidades y se decide “qué hacer”. En la voluntad radica el arbitrio, y es allí donde se puede comprender la responsabilidad de un agente para adjudicar la culpa o no de un acto. Es fundamental reconocer “voluntad” para poder decir que un ente es culpable o no de un hecho, si se entiende que el personaje tiene una incapacidad volitiva, aunque realice un determinado acto, se pone en tela de juicio la responsabilidad del mismo. Es el caso de una persona que atenta en contra de la vida de alguien argumentando que “escucha voces”, o que él mismo es “el ángel de la justicia dispuesto a destruir a todos los pecadores”. Si la voluntad se encuentra regida por ese tipo de pensamientos, al momento de enjuiciar al sujeto, se pondera su incapacidad y se le recluye no en un penal, sino en un hospital psiquiátrico bajo tratamiento. Reconocer voluntad, es asumir la libertad, y sólo a través de ese reconocimiento se puede adjudicar responsabilidad (sólo una criatura libre es responsable de sus actos, y por ende es sujeto legal). Tema básico de la filosofía del derecho.

Immanuel Kant, ese gran genio de la filosofía ilustrada, en La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, argumenta que: “La “buena voluntad” no es tal por lo que produzca o logre, ni por su idoneidad para conseguir un fin propuesto, siendo su querer lo único que la hace buena de suyo y, considerada por sí misma, resulta sin comparación alguna mucho más estimable que todo cuanto merced a ella pudiera verse materializado a favor de alguna inclinación e incluso, si se quiere, del compendio de todas ellas” (Ak. IV, 394, A3). Esto es que más que considerar el acto mismo –presupuesto como manifestación física de la voluntad-, hay que profundizar en el complejo intelectual de las personas para saber “lo bueno” o “lo malo” del hecho (algo “metafísico”, pues la voluntad no se ve, pues no es física). Siendo algo “bueno”, radica por su momento volitivo: “No es posible pensar nada dentro del mundo, ni después de todo tampoco fuera del mismo, que pueda ser tenido por bueno sin restricción alguna, salvo una buena voluntad” (Ak. IV, 393, A1), y no por la manifestación en el mundo. Lo bueno y lo malo se definen por principios universales objetivos (no es lo que “yo creo”) que siempre anteponen el respeto a otro ser humano por el sólo hecho de ser un ente pensante portador de dignidad –el razonamiento concede dignidad-, y no transgredirlo en su propia libertad. Es famosa la primera formulación del “imperativo categórico”: “Actúa de tal manera que la máxima de tu acción se transforme en ley universal”. Siempre actúa como si todos pudieran actuar como tú, sin sentirse de alguna manera agraviados, aunque en los hechos eso no ocurriera. Es un principio de “deber ser” que sirve de brújula para orientar la voluntad.

 La libertad del otro es un principio caro a toda la sociedad moderna, Hobbes cree que solamente eso se logra a través de una legítima coacción estatal, fundada por el común acuerdo de todos los libres (el “contrato social”), que establece el pacto para no ser dañados de ninguna forma en su integridad, cediendo parte de su intrínseca libertad a favor de un soberano con el permiso para erradicar la peste del desacato y de la violencia. Kant, temeroso, como buen liberal, de un poder gigantesco como el que encarna el estado, pretende evitar semejante Leviatán y apela, con toda la fuerza de su razonamiento, a la intimidad de los pensantes para llamarlos a fundar una serie de principios éticos, que impidan por todos los medios una manifestación violenta que a todos nos ponga en una situación de vulneración plena, y a la que toda la tradición contractual liberal denominará “estado de naturaleza”.

Cuando el hombre calvo vulnera los chicos con su mirada agresiva, y estos manifiestan su rechazo, en lugar de intimidar a su propia lascivia, el pequeño hombre la hace más agresiva e insistente, como en una forma de pretender someter o intimidar a las personas, a otras voluntades no dispuestas a cooperar con sus planes. Claro que una mentalidad escéptica al respecto de la vulneración de la libertad de otro a través de una mirada agresiva sexualmente, puede o desestimar el hecho –todos vemos a quién nos gusta-, o no darle la importancia que subyace a un comportamiento con el que no se está de acuerdo. La respuesta es simple, y siguiendo el razonamiento kantiano: el pequeño hombre no tiene por qué imponer nada a otra voluntad –y eso incluye su mirada-, y si la otra parte no está en su voluntad hacerlo, tampoco tiene por qué acatarlo, aún y más que la agresividad de la mirada se intensifica a manera de amedrentamiento. Una persona es libre de mirar a otra, mientras no le diga esa otra que lo evite, si tienen a bien encontrar un vínculo que inicia con el poder inmenso de la mirada humana, entonces es mutuo acuerdo de dos voluntades en donde uno y otro quieren, y otro no es intimidado de forma alguna. Nadie tiene por qué acatar mansamente un acto que directamente confronta a su libertad, y convertirse en un medio, y no en un fin en sí, al que todo ser humano tiene por obligación respetar.

Comentando el caso de violencia en un transporte público masivo, en donde la vulneración de la voluntad de alguien ha quedado evidenciada, convierte al argumento hobbesiano en una necesidad básica cuando los propios límites de la civilidad son rebasados, y el acosador, desarmado en su miserable orgullo sexual, pretende todavía imponerse mediante los golpes cuando además de evidenciado, ha sido expuesto, en una especie de complejo de hipofalia (metáfora que hace alusión a un complejo de autocomprensión de “pequeño pene”, demostrado por el rechazo de la presa, que hace evidente su repugnancia) que se quería de alguna forma negar mediante la agresión física: “como no te gusta, y te burlas, entonces recibe todos mis insultos y mis golpes”. Eso es el estado de naturaleza, en donde la víctima es obligada a responder de igual forma, dada la envestida a su corporalidad. Por fortuna el Leviatán apareció ejerciendo el dominio legítimo de la coacción establecida en las leyes, y el pequeño hombre calvo y barrigón con hipofalia fue remitido ante las autoridades correspondientes.

Cuando ocurre un hecho al que podemos denominar acoso –toda imposición ilegítima de una voluntad sobre otra que ve a ese otro no como un fin, sino como un medio-, la respuesta debe ser de abierto rechazo, y no se puede justificar alegando a hechos de mutuo acuerdo –cuando los dos entes se ven sin una coacción presente en las partes-, pues el acoso es cuando una parte abiertamente lastimada en su voluntad tiene derecho a decir: “yo no quiero”, y la sociedad, a través de sus leyes, debe hacer válido el principio de seguridad esencial de la conformación del estado mismo, pues con este ejemplo del hipofálico, advertimos a un arquetipo antisocial de comportamiento rudimentario, que fácilmente puede retornar al especio que ocupa, en un estado de naturaleza que no se puede permitir.