sábado 24 de junio de 2017 | 10:47
Columnas

La conexión rusa podría ser el Watergate de Trump y obligarlo a renunciar

@DMoralesPerez jue 16 feb 2017 22:30
Ojalá que Trump se vaya, por el bien de todos
Ojalá que Trump se vaya, por el bien de todos
Foto propiedad de: Internet

 

La conexión del equipo de campaña de Trump con los rusos, que ha salido a la luz, podría ser su Watergate y orillarlo a renunciar como presidente de los Estados Unidos.

Cuando los expertos habían empezado a especular de que podría invocarse un procedimiento para destituir a Trump de La Casa Blanca, es decir un impeachment, por posibles conflictos de interés entre sus negocios privados y sus roles como mandatario; o por sus muchos exabruptos, surgió con fuerza inusitada el escándalo que destapó el New York Times y The Washington Post de que hubo conversaciones del equipo de campaña del hoy presidente con espías rusos, como un causal de mucho mayor peso para una dimisión.

CUADRO DE ALTO RIESGO

El cuadro que está configurándose tras la conexión rusa es arsénico puro para la permanencia de Trump en La Casa Blanca:

El antecedente: La candidata demócrata Hillary Clinton denunció los acercamientos entre Trump y Putin tras evidentes muestras de simpatías del entonces candidato republicano con su homólogo ruso. Su adversario lo negó, salió avante del reclamo y ganó las elecciones.

La revelación: El New York Times y el Washington Post publicaron que, de acuerdo a filtraciones de funcionarios del gobierno norteamericano, se interceptaron llamadas telefónicas entre miembros del equipo de campaña de Trump y agentes de inteligencia rusos.

El chivo expiatorio: Tras conocerse las informaciones de los periódicos, el asesor de seguridad nacional Michael Flynn, presentó su renuncia reconociendo que dio información incompleta al Vicepresidente sobre conversaciones con el embajador ruso en los Estados Unidos, antes de que Trump asumiera la presidencia.

Al parecer habrían hablado sobre el tema de las sanciones impuestas por Obama al gobierno de Putin por la presunción de espionaje cibernético a la campaña de Hillary Clinton, lo que configura un delito por conversar de estos temas antes de iniciar el nuevo gobierno.

Se presume que Flynn mintió también a agentes del FBI antes de ser cesado, lo cuál sería delito grave y salpicaría a su ahora ex jefe.  

Las contradicciones de Trump: El viernes 10 de febrero Trump negó la información del Washington Post sobre estos presuntos contactos entre Flynn y el embajador ruso en Washington.

Tres días después, el lunes 13 de febrero, el New York Times dijo tener en su poder transcripciones de las conversaciones de Flynn con los rusos.

El mismo día, el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca presentó su renuncia. Después el propio vocero del nuevo gobierno reconoció que desde hace dos semanas Trump sabía de esas grabaciones, evidenciando las contradicciones del presidente.

Buscando desviar la atención, luego Trump señaló en su twitter que "esta tontería de la conexión rusa es meramente un intento por cubrir los muchos errores que cometió la campaña perdedora de Hillary Clinton".

¿WATERGATE EN PUERTA?

¿Puede detonarse otro Watergate por este escándalo que ya ha cimbrado a la Casa Blanca por estos presuntos nexos reprobables con Rusia?

Sí. La constitución de Los Estados Unidos señala que un presidente puede ser destituido, mediante impeachment, si se demuestra encubrimiento o mentiras.

En 1973, ante la amenaza de un juicio político en el Congreso por encubrir grabaciones en las oficinas de los demócratas, el presidente republicano Richard Nixon prefirió renunciar.

En 1998, en el centro del affair con Mónica Lewinsky, Bill Clinton padeció otro juicio similar para ser echado de la Casa Blanca, pero el Senado rechazó en votación la destitución, salvando su pellejo.

La cuestión de fondo es la siguiente:

¿Trump encubrió o mintió sobre las conversaciones entre miembros de su equipo y funcionarios rusos comprometiendo la seguridad nacional de los Estados Unidos?

GRAVES PREGUNTAS

Un alud de graves cuestionamientos se esconden detrás de estas filtraciones de la prensa, compitiendo con los muchos otros exabruptos del controversial presidente.

Como refiere una nota de ayer del New York Times citando al columnista del Washington Post Walter Pincus: “La famosa pregunta de un legislador en la investigación de Richard Nixon sobre Watergate es la misma ahora para esta crisis de La Casa Blanca: ¿Qué sabía el presidente y cuando lo supo?”

Si, como parece ser, hubo contactos entre colaboradores de Trump y funcionarios rusos durante la campaña, ¿qué se discutió? ¿cuáles fueron los temas?

Si, como luce verosímil, los rusos robaron información confidencial de archivos de los correos de Hillary, y éstos fueron filtrados a los medios y redes sociales para minar a la candidata demócrata y fortalecer a su oponente republicano, ¿por qué el interés de ayudar a Trump?

¿Sabían ambos lados -los rusos y la gente de Trump- del hurto de estos correos de Hillary?

¿Prometió el equipo de Trump algo a los rusos a cambio? Si fue así, ¿en qué consistió esta palabra empeñada?

¿Qué tanto estos nexos furtivos explican las expresiones de simpatía de Trump hacia Putin durante la campaña; y el tono complaciente que mostró el presidente ruso hacía el candidato republicano durante la campaña?

El interés evidente de Trump -sorprendiendo a tirios y troyanos y por supuesto a los aliados de la OTAN en Europa- de procurar una relación armónica con Rusia, ¿tiene que ver con estos encuentros en la penumbra?

Es lamentable no solo para las elites estadounidenses y para el hombre de la calle en el vecino país, sino también para el mundo, la sensación que se ha instalado en la atmosfera, para decirlo en pocas palabras, de que Trump está “trabajando” para los rusos.    

Y la cuestión de fondo: ¿Sabían -o saben- los rusos secretos de seguridad nacional de Los Estados Unidos?  

DERRIBAR UN PARADIGMA

La sospecha de una conexión rusa con la administración de Trump es mucho más que una filtración escandalosa.

Significa un viraje en un paradigma de la política exterior de los Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial: la noción de que el enemigo público número uno en el frente exterior, de esta gran nación que hoy sufre debates intestinos por un presidente disruptivo, son los rusos.  

Trump estaría echando al cesto de basura acuerdos fundamentales de la política exterior norteamericana, que datan desde La conferencia de Yalta en 1945 entre Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill, y José Stalin, quien como representante del oso soviético después de la contienda mundial había engullido parte de Europa.

Esta política exterior de oposición a Rusia se endureció con el Muro de Berlín (muro que irónicamente hoy un presidente norteamericano trata de imponer con su vecino), sobrevivió a la desintegración de la URSS en 1990; y continuó hasta nuestros días.

Ante el tamaño del agravio de esta posible relación incestuosa descubierta con Rusia, los pecados de Nixon de espiar a su oponente demócrata que causaron su dimisión, lucen como Disneylandia.

EL ODIOSO VALOR DE LA VERDAD

Puede ser que Flynn sea sacrificado en la hoguera y como chivo expiatorio pretenda demostrar que las grabaciones con el embajador ruso fueron solo idea exclusiva de él.

El día de hoy The Washington Post señaló que Flynn mintió al FBI y existen pruebas. Y dijo también que el Departamento de Justicia podría pedir su encarcelamiento. El dilema es que si no lo pone tras las rejas podría ser una evidencia de complicidad con su ex jefe Trump, aumentando las posibilidades de una petición de desafuero.

Pero los indicios de un complot entre los miembros del equipo de Trump y Rusia son muchos. El enorme riesgo para el controvertido mandamás en La Casa Blanca es que se demuestre que él estaba enterado.

Como lo señala el mismo artículo del New York Times citando un comentario de Tim Weiner tras plantearse la interrogante de si Estados Unidos está en el camino de otro Watergate:

 “Han sido apenas tres semanas desde que el equipo de Trump asumió el poder”, señaló el editorialista, “y un aroma distintivo ha empezado emanar de Washington, lo que el señor Kissinger supuestamente llamó ‘el odioso olor de la verdad” 

Por lo pronto las apuestas de quienes piensan que Trump se verá obligado a renunciar están creciendo cada día.

Ojalá que se vaya, por el bien de todos.