August 15, 2019 03:27

Los llamados a misa y la violencia porque sí

homicidio
Hay que tomar en serio su intención de pacificar el país.Internet

En esta polarización de la conversación pública, donde unos ven villanos y otros imbéciles, cualquier intento de empatizar con el interlocutor es un esfuerzo encomiable. El clásico error de los críticos de Andrés Manuel López Obrador ha sido subestimarlo. Lo siguen haciendo, aunque cause extrañeza, aun y cuando ya es presidente de la República. Se fijan más en la literalidad de sus palabras, siempre motivo de controversia y pretexto para la nota fácil, que en sus acciones. No quiero decir que uno esté de acuerdo con ellas, pero es más fácil desdeñarlas como meras ocurrencias que tratar de entender la racionalidad detrás de la estridencia. Y en muchas ocasiones la hay. Específicamente, creo que hay un núcleo de verdad en muchas de las convicciones del presidente sobre los mexicanos. Conoce el pensar y el sentir del mexicano promedio como nadie, creo yo, desde hace muchas décadas. Sabe, entre otras cosas, que el mexicano privilegia su sentido particular de la justicia sobre la impersonalidad de la ley, que tiene memoria selectiva y que tiene una tendencia enorme a la solidaridad cuando percibe un enemigo externo a su mexicaneidad (real o imaginario). 

Por eso creo que hay que tomar en serio su intención de pacificar el país. Desde el momento de elegir sus palabras, lo hace con cuidado. No habla de combatir sin cuartel a los narcotraficantes (como lo hizo su némesis de sexenios pasados), no habla de reducir la incidencia delictiva en los delitos de alto impacto,, aunque sea parte de su estrategia. Habla de pacificar al país, es decir, sus esfuerzos están dirigidos a lidiar con un fenómeno sociológico y no jurídico, la violencia. El delito y la violencia no son lo mismo, aunque muchas veces vayan juntos. Son categorías distintas, animales de muy distinta naturaleza, y distintas también son las herramientas para erradicar uno y otra. 

Reitero, por aquello de los ánimos inflamados: no quiero decir que el presidente no quiera abatir el delito. Seguramente sí, como todos los que están en el puesto y no sean Alberto Fujimori o Leónidas Trujillo. Mi punto es que su forma de abordar el fenómeno es distinta, pues su preocupación primaria no es el delito, de suyo, sino la violencia. Y en ese sentido, cuando apela a la dimensión ética y espiritual de las personas, a los valores, a la moral, y hasta a la ayuda materna para que les digan a sus hijos que no sean mal portados, también está muy conciente de que los mexicanos nos cuadramos sin chistar con la familia, y con la fuerza; cuando ambas cosas vienen de la misma fuente (como de una orden de la mamá) tiene un efecto más poderoso en la conducta que cualquier campaña descerebrada como las que nos hizo sufrir el foxismo, donde en un comercial un niño intentaba corromper a su mamá. Cosas horribles, por torpes.

Un antropólogo de nombre Juan José Martínez, decidió pasar un año viviendo entre pandilleros de la Mara Salvatrucha 13, la pandilla más violenta de El Salvador y una de las más violentas del mundo. Su experiencia la convirtió en una especie de diario de campo, que denominó “Ver, Oír y Callar”. Narra en pocas pero poderosas páginas el terror y la zozobra permanente en la que vivía, tanto entre los miembros de la misma pandilla, como en la guerra que fue escalando con la pandilla rival, los sicarios de Barrio 18.

La narrativa nos muestra un hecho que a veces, quienes estudiamos las redes criminales, olvidamos: la violencia puede ser un fin en sí mismo. Nuestra racionalización exagerada sobre los móviles criminales, el sistema de incentivos de una política criminal, o de un grupo criminal, para reclutar, seleccionar y poner a combatir a sus miembros, nos dejan un punto ciego: existe violencia y violentos descarnados ontológicos, es decir, violentos porque sí. Pese a que todos tengan una historia que contar (nadie nace asesino), una vez que están en cierta etapa de sus vidas, el sistema de asesinatos por gusto, por reputación, por “la causa” (eliminar a una pandilla rival, por ejemplo). El libro es profundo, pues tiene varias capas de narrativa e interpretación. Pero una de ellas es el elefante en el cuarto. La violencia se aprende, para los miembros de las pandillas, desde la casa, desde pequeños, y desde lo que ellos convierten en su familia, es decir, mujeres y hombres de la pandilla que los cuidan o al menos los incluyen en el sistema, cuando sus padres biológicos están muertos, presos o ausentes.

Nuestra época es nihilista por eliminación, relativista por aburrimiento y violenta por inercia. Estamos formados, los de 40 y los de 15, en una doctrina deshumanizada que convirtió las convicciones en ridiculeces. Volvió blanco de burla, cuando no de agresión, cualquier centro de autoridad moral (familia, iglesia, comunidad), y por eso nos parecen fuera de lugar los llamados a la ética, a la honestidad, a la moralidad y a los valores familiares. Alguna vez existieron, y fueron una brújula real de la conducta humana. Vale la pena reflexionar sobre ellos, desde la racionalidad, si se puede desprovista de cinismo. Y México sí requiere paz. No importa quién lo diga, ni desde qué púlpito. 

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