Princesa Kate: de desempleada a subvencionada

El título de mi columna tiene que ver con la cabeza utilizada por la revista The Economist, la mejor del mundo en opinión de muchos, para dar a conocer la noticia de la boda real: “Chica desempleada pasa a formar parte de una familia subvencionada”.

 

A mí me encanta la prensa de la derecha económica europea, por cínica. Recuerdo un reportaje en The Economist en el que se defendía la tesis de que a las compañías tabacaleras no se les impusieran más impuestos, sino menos, e inclusive ninguno. Por la ayuda que estas empresas prestan a los sistemas de seguridad social, casi todos en quiebra por el aumento en la esperanza de vida de las personas. Como la gente se muere cada día más vieja debido a los avances de la medicina, a los gobiernos les cuesta cada día más mantener a tanto jubilado que se resiste a morir. En este sentido, decía The Economist con buena lógica económica, aunque tal vez con escasa ética, si el cigarrillo ayuda a que los seres humanos mueran jóvenes pues, obviamente, hay que fomentar su uso abaratándolo, y no desincentivarlo encareciéndolo. Parece una desfachatez, y seguramente lo es. Pero, más allá de moralismos, hay algo de cierto en lo anterior.

 

Obviamente iba a ser The Economist el medio de comunicación que mejor describiera a la boda real, y lo hizo en términos estrictamente económicos: una muchacha sin trabajo y seguramente sin posibilidad de encontrarlo por la crisis, una nini británica pues, ha tenido la suerte de casarse con un nini privilegiado, el príncipe William, que ni estudia ni trabaja ni busca empleo porque no tiene necesidad de perder el tiempo pensando en cómo asegurar sus ingresos: el Estado se los garantiza a través de una subvención a su ociosa familia que, por lo demás, algunos beneficios genera a la economía del Reino Unido ya que con frecuencia es un atractivo turístico de primer nivel.

 

El verdadero cuento de hadas, es decir, la verdadera felicidad inalcanzable para cualquier chica de la edad de la ahora princesa Kate no radica en haber encontrado el amor de un príncipe más o menos atractivo y correctamente vestido con las galas de la realeza. Nada de eso. El amor sin duda es importante, pero cualquier mujer puede hallarlo en cualquier parte. Lo importante no es eso, o con el tiempo no lo será para Kate. Lo relevante para ella es su nueva vida de lujo y frivolidad y aun de altruismo y de entrega a las mejores causas de la humanidad, sin trabajar y sin preocuparse por vulgaridades como la de pensar en un presupuesto.

 

Y, claro está, la única obligación de Kate no será, por supuesto que no, la de amar a su príncipe. De hecho, si pronto deja de amarlo y le pone los cuernos y lo mete en grandes problemas personales, mejor para la economía británica: al atractivo turístico de la nueva integrante de la familia real, se sumará el escándalo, siempre un bien tangible que es la base de una de las mayores industrias de nuestra época: la del amarillismo relacionado con los ricos y famosos de sangre azul.

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