Columna Incómoda. LA DERROTA de Andrés Manuel López Obrador

En una contienda electoral, cuando no se reconocen los reveses en las tácticas, se está en la antesala de la derrota íntegra de la estrategia. Por eso, la autocrítica y el análisis coyuntural inmediato de la fortaleza y debilidad de cada acción de campaña es fundamental para no perder el piso y no vivir en el autoengaño. Eso lo saben los políticos profesionales. Como también saben que no se puede ser “candidato” y “jefe de campaña” al mismo tiempo, porque entonces toda la responsabilidad del éxito o el fracaso será absolutamente de quien así se asuma. 

 

Esta es la razón de estos ejercicios de los escenarios de la derrota para los cuatro candidatos presidenciales: Quadri, Peña Nieto, Vázquez Mota y ahora el turno de Andrés Manuel López Obrador; mañana, un ejercicio más complicado: la derrota de los cuatro. Vamos por partes.

 

Al concluir el proceso electoral de 2006, a AMLO no le faltaron sus “amigos” espontáneos (que de inmediato desertaron) y sus enemigos declarados que le recomendaban actuar como un demócrata y asimilara la derrota: “Un demócrata se reconoce cuando acepta su derrota”, le replicaban y le ponían ejemplos de todo tipo; desde políticos estadounidenses, franceses, españoles, ingleses, rusos y hasta Hugo Chávez, de que ellos habrían reconocido el triunfo de sus adversarios y por esa razón su estatura política era más grande.

 

Pero nadie recordó que AMLO conoce el sabor de la derrota política. Los biógrafos más serios sobre la trayectoria del tabasqueño recuerdan que en 1985, fue derrotado por un frente de 14 alcaldes del PRI que lo grillaron en mala leche con el entonces gobernador Enrique González Pedrero, encabezados por el hoy asesor de la campaña de Arturo Núñez Jiménez. También que en dos ocasiones fue derrotado, a las buenas o a las malas por su ex partido, frente a las candidaturas de Salvador Neme Castillo en 1988 y Roberto Madrazo Pintado en 1994. AMLO sabe lo que es padecer el sabor amargo de la derrota, y como ninguno de los otros tres candidatos, sabe resurgir de sus propias cenizas y trascendió su propio liderazgo estatal para quedar a un tris de la silla presidencial. En este sentido, superó a su peor enemigo –el asesor de Núñez-, a su propio mentor Carlos Pellicer, a su gran maestro González Pedrero y a los dos ex gobernadores tabasqueños, de tristes recuerdos.

 

Sin embargo,  el 2012 podría ser la prueba más complicada para él, porque de ser derrotado –a las buenas o “a las malas”- no tendría otra oportunidad para resurgir seis años después ni estaría en condiciones de encabezar un movimiento nacional de corte radical (como muchos de sus seguidores piensan). Ya no podría lanzar el fidelazo: “Quien está conmigo todo, quien esté fuera de mi nada”. ¿Entonces, qué sería de su vida después de la elección? ¿Y el futuro de las izquierdas?

 

Vayamos al escenario hipotético: AMLO perdería porque se acercó a los jóvenes y universitarios en la recta final de su campaña, y si bien logró repuntar y tener el segundo lugar en las preferencias, no fue suficiente para alcanzar su sueño dorado y deseos de transformación del país.  Para su círculo duro, el más escéptico, se corrió demasiado al centro y al caminar junto a Josefina en las marchas, hasta le hizo el favor a la derecha. Para sus críticos de siempre, el candidato de las izquierdas se perdió en una campaña sin ejes rectores, sin renovación discursiva, sin solidez en las propuestas y desdibujado ideológicamente por la diversidad de opiniones. Para sus condescendientes y leales seguidores, habría fraude, imposición, manipulación de las conciencias del pueblo, coacción del voto, operación de Estado, intervención del imperialismo, intromisión de los poderes fácticos y hasta víctimas de la campaña sucia. Nadie dirá nada del mundo virtual que se construyó alrededor de la campaña y de la falta de autocrítica.

 

Andrés Manuel podría ser empujado a una nueva resistencia civil, pero no lo haría porque generaría el distanciamiento de los grupos económicos y políticos que se le acercaron en este proceso electoral. Ya lo ha dicho otras ocasiones y no se antoja fácil que pueda hacer lo mismo que hizo de 2006 al 2011. Tampoco se observa con disposición de mantenerse en el DF, ya estuvo demasiado tiempo en la capital y le gusta el calor provinciano. Además, no querrá faltar al pacto que hizo con Marcelo Ebrard y estorbarle en su plan para alcanzar la nominación izquierdista para el 2018.

 

Pero hay un elemento donde está construyendo un escenario alterno, en caso de que no gane, y no es precisamente “La Chingada”, su casa en Palenque, sino su estado de origen: Tabasco.  Algo como lo que escribió Friedrich Nietzsche en “Así habló Zaratustra”, donde el protagonista de la historia descubre una visión distinta del tiempo que le provoca una privación mental. Cuando el protagonista, Zaratustra, despierta luego de siete días de inconsciencia, sus animales lo halagan diciéndole que es el maestro del eterno retorno de lo mismo.

 

Para AMLO, en Tabasco, quienes fueron en su momento sus adversarios, sus perseguidores y sus represores, encabezados por Arturo Núñez, le estarían preparando el terreno para el regreso, en caso de que el candidato de las izquierdas a la gubernatura de la entidad ganara el proceso electoral, ya sea en las urnas o en el TEPJF. Sin ganar la Presidencia de la República podría tener en su estado natal una zona de refugio político donde apoyar al próximo candidato de las izquierdas para el 2018. En este estado sureño ya analizan este escenario y no lo descartan.

 

En la teoría del eterno retorno el hombre logrará transformarse en el Übermensch cuando logre vivir sin miedo. Eso lo sabe bien López Obrador.

 

La tercera posibilidad será llamar al orden, a la tranquilidad, a asumir la derrota y a prepararse para una nueva batalla. Sus peores detractores le reconocerían su valor y decisión. AMLO bajaría el perfil pero no dejará de ser una voz crítica y con autoridad moral.

 

Las izquierdas, por su parte, y a diferencia del PAN, estarían en posibilidad de una revisión a fondo de su alianza y de cómo salir fortalecidas para próximos procesos electorales sin ser sólo una fuerza política testimonial en el escenario político. El poder que tendrán en el GDF será la fuerza que los cohesionará y los pondrá a prueba para trascender la capital del país y ganar donde aún siguen desconfiando de las izquierdas como opción de gobierno.

 

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