September 18, 2019 22:20


El poder de la espada

Una novela de intrigas, amores y odios. Cautivante de principio a fin, se desarrolla en los años previos a la segunda guerra mundial, entre las minas de oro y diamantes en África, los cielos de Abisinia y el estadio olímpico de Berlín... maravillosa.?

-¿A dónde van? - Preguntó Centaine, al verlos impulsarse hacia la corriente.

-Les ordené que acamparan en tierra firme -respondió Blaine.

Los dos apartaron la vista, súbitamente azorados, tímidos, muy conscientes del aislamiento en que los dejaba la canoa al marcharse.

Centaine se volvió y regresó al campamento.  Se arrodilló junto a las alforjas, que contenían su único equipaje, y dijo, sin mirar a su compañero:?-Voy a nadar a la laguna.?Tenía en la mano un pan de jabón amarillo.?-¿Algún último mensaje para la familia??-¿por qué??-Estamos en el río Okavango, Centaine. Aquí, los cocodrilos devoran a las niñitas como aperitivo.?-Podrías montar guardia con el fusil.?-Encantado.?-¡Y con los ojos cerrados!?-Con lo cual no se cumpliría el objetivo, ¿no te parece?

Estudió la orilla de la laguna y halló un sitio de poca profundidad, bajo una saliente de roca negra, pulida por el agua; el fondo era de arena blanca, y cualquier cocodrilo que sr aproximara sería claramente visible.?Se acomodó en la roca más alta, con el Lee Enfield cargado y sin seguro.?-Confío en que seas hombre de honor y no espíes -le advirtió ella de pie en la playa.?Blaine se concentró en una bandada de gansos que aleteaba con pesadez, cruzando el sol poniente, pero tenía aguda conciencia del susurro que hacían las ropas al caer. Oyó el rumor del agua y una pequeña exclamación de frío. Luego:?-Esta bien, ahora puedes vigilar por si aparecen cocodrilos.

Ella estaba sentada en el fondo arenoso; asomaba solo la cabeza por sobre la superficie, de espaldas a él con el pelo recogido en la coronilla.?-Es delicioso. Tan fresco...?Le sonrió por sobre el hombro, y él vio un brillo de piel blanca a través del agua verde. No estaba seguro de soportar el ardor del deseo. Sabía que ella lo estaba provocando deliberadamente, pero no podía resistirse a ella sin endurecerse contra sus tretas.

Isabella Malcomes había sido arrojada por el caballo hacía casi cinco años; desde entonces no mantenían trato carnal. Lo había intentado una vez, pero no soportaba el recuerdo del tormento y la humillación sufridos por ambos ante el fracaso.

Tenía el cuerpo saludable y un gran apetito por la vida.  Había puesto toda su fuerza y su determinación en adquirir la disciplina de esa existencia monástica y antinatural, hasta triunfar sobre sí mismo. Por eso no estaba preparado para la salvaje irrupción de todos aquellos deseos e instintos sojuzgados.

-Cierra los ojos otra vez - Pidió ella alegremente -. Voy a ponerme de pie para enjabonarme.?Él no pudo responder; apenas le fue posible contener el quejido que le subía al cuello y mantener la vista fija sobre el arma cruzada sobre su regazo.

De pronto,  Centaine gritó aterrorizada :?-¡Blaine!?En el mismo instante, él se levanto de un salto. Centaine estaba de pie con el agua hasta los muslos ; las ondas verdes lamían la profunda hendidura de sus nalgas pequeñas y redondas.  La curva desnuda de sus caderas se estrechaba en una cintura diminuta.  Su espalda y sus hombros, exquisitamente esculpidos, estaban rígidos de espanto.

El cocodrilo venía desde el agua profunda, agitando violentamente el largo rabo; el odioso hocico blindado habría una aguda flecha de pequeñas olas. Ese reptil era casi tan largo como el mukoro ; seis metros de extremo a extremo. ?- ¡Corre Centaine, corre! Aulló él.

La mujer giró en redondo y huyó en su dirección, pero el reptil avanzaba velozmente, como un caballo a todo galope, abriendo el agua en surcos agitados tras de sí. Centaine estaba en la línea de fuego.?Blaine saltó desde la roca y se metió en el agua, hundiéndose hasta la rodilla para ir al encuentro de la mujer, con el fusil contra el pecho.

-¡Abajo! -le grito-. ¡Arrojate!

Ella reaccionó de inmediato, lanzándose de cabeza hacia delante, mientras él disparaba por sobre su espalda, sin tiempo de apuntar, pues el cocodrilo estaba casi sobre su presa.

La bala chasqueó contra las escamas blindadas del horrible cráneo. El reptil arqueó el lomo y salió del agua en un estallido; empapó a Blaine y cubrió a Centaine con una ola de espuma. Erguido sobre su enorme cola, agitaba desesperadamente las patas delanteras, demasiado pequeñas dejando al descubierto el vientre claro, donde las escamas formaban diseños geométricos ; el hocico puntiagudo apuntaba al cielo. Con un bramido, cayó hacía atrás.

Blaine arrastró a Centaine hasta levantarla y, rodeándola con un brazo, retrocedió hasta la playa, mientras mantenía el fusil apuntando con la mano libre, como si fuera una pistola.  El cocodrilo se debatía en monstruosas convulsiones; su cerebro primitivo había sido perforado por la bala. Se revolcó en círculos erráticos y descontrolados, abriendo y cerrando las fauces hasta los dientes mellados resonaron como un portón de acero, cerrado por un fuerte viento.

Blaine empujó a Centaine para ocultarla con su cuerpo y levantó el fusil con las dos manos. Sus balas resonaron contra la cabeza escamosa, arrancando trozos de carne u hueso, mientras la cola del reptil se agitaba débilmente.  Por fin, el animal se sumergió tras el banco de arena, subió en un postrer remolino y desapareció definitivamente.

-Horrible ...¡oh qué horrible monstruo! -Se arrojó contra el pecho de Blaine, apretándose a él. -Oh, Blaine, qué miedo tuve.?Tenía la cara apoyada en el torso del hombre y su voz sonaba incomprensible.  Él trató de calmarla.?Ya pasó todo, tranquila querida mía. Ya se fue.?Apoyó el fusil en las rocas y la envolvió con sus brazos acariciándola para serenarla. En un principió no hubo pasión alguna; de la misma manera hubiera abrazado a una de sus hijas, asustada en la noche por una pesadilla.  Pero de inmediato tomó conciencia de la piel desnuda, húmeda bajo sus manos. Podía percibir cada plano de la espalda, las leves curvas del musculo de cada lado de la columna dorsal.  Y no pudo dejar de seguir con la punta de los dedos el cordón de la espina. Era como una sarta de cuentas bajo la piel, y la siguió hasta abajo,  hasta donde desaparecía en la división de sus nalgas, pequeñas y duras.

Blaine.?Dijo su nombre y levantó la cara.?Él la beso salvajemente, con la furia del hombre honorable que se siente incapaz de respetar sus propios votos. Se estrecharon mutuamente, cada uno respirando el aliento del otro, enredando las lenguas, acariciándose y presionando, a tal punto de sofocarse con tanto fervor.

Ella se apartó.?-Ahora, -tartamudeó -. Tiene que ser ahora.?Blaine la alzó en sus brazos, como una criatura, y corrió con ella por la arena blanca, hasta el refugio.  Cayó de rodillas ante el colchón de papiro y la depositó suavemente en la frazada que lo cubría.?-Quieto mirarte - murmuró sentándose en los talones .?Pero ella se incorporó, buscándolo con los brazos.?-Después. No puedo esperar.  Por favor, Blaine. Oh Dios  que sea ahora...

Arrancó los botones de su camisa, entorpecida por la prisa. Él se quitó a tirones la camisa empapada y la arrojó a un lado. Centaine volvió a besarlo, ahogándolo, mientras los dos forcejeaban con la hebilla del cinturón, estorbándose mutuamente, entre locas risas y jadeos, chocando las narices y magullando labios y dientes.

-Oh Dios, apresúrate. ?Él se apartó bruscamente saltando sobre un solo pie para quitarse los pantalones mojados, que se adherían a las piernas, se lo veía torpe y poco atractivo; estuvo a punto de caer en la arena blanca, y ella rió hasta quedar sin aliento, deseando a ese hombre divertido, hermoso y ridículo.?Si se demoraba un segundo más, algo estallaría dentro de ella matándola.?-Oh, Blaine, por favor ... ven pronto.

Por fin estuvo tan desnudo como ella. En cuanto se acercó, Centaine lo tomo por el hombro con una mano y cayó hacía atrás, abriendo las rodillas y levantándola, mientras lo buscaba con la otra mano para guiarlo.?-Oh, Blaine, eres tan... Oh,  sí., así, no puedo... quiero frutar...?-¡Grita!- la alentó él,  en tanto empujaba, meciéndose sobre ella- Aquí, nadie puede oírte. ¡Grita por los dos!

Y ella abrió la boca para liberar toda la soledad, su deseo, su incrédulo regocijo, en un crescendo al que se agrego la voz de Blaine, que rugía locamente con ella, en el momento más intenso y devastador de su existencia.

Más tarde, ella lloró en silencio contra su pecho desnudo,. Blaine, desconcertado, compasivo, preocupado, balbuceo:

-Fui demasiado brusco. ¡Perdóname! No quería hacerte daño.?Centaine levantó la cabeza y se tragó las lágrimas.?-No, no me hiciste daño. Fue lo más hermoso...

El poder de la espada.?Escritor Wilbur Smith,?traducción de Edith Zilli?Emecé editores.

Divagante @deliha25

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