El efecto Dorian Gray

Oscar Wilde contó la historia de un pobre hombre cuya vanidad le llevó a cerrar un pacto con el diablo. A cambio de su alma, el señor Gray no envejecería jamás, su retrato lo haría por él. ¿Fue un trato justo? Dorian pensó que sí. No es fortuito pues que la locura, la soberbia y la enajenación sean compañeras inseparables de la vanidad.

 

El poder de una buena historia, estimado lector, reside en poder construir criterios, marcos de referencia e ideas a partir de las reflexiones que estos relatos promueven en todo aquel que las escucha. ¿Conoce usted a algún Dorian Gray moderno?

 

La respuesta a esta interrogante, la podemos construir a partir de otras inferencias

 

¿Qué motivaciones se esconden detrás de un académico prestigiado para tirar por la borda toda una trayectoria en aras de una exposición mediática y fugaz avalando todo lo que aparentemente él había denunciado con anterioridad?

 

¿Qué ideas subyacen en la mente de una connotada activista social al aceptar la candidatura al gobierno del DF por un partido con el que tiene graves contradicciones y que es innegable que la está utilizando como “carne de cañón” ante la falta de cuadros políticos propios capaces de competir dignamente en la elección?

 

¿Cuál es el pensamiento de un hombre de palabra y de palabras, para renunciar a un movimiento en el que nunca estuvo del todo presente, pero declara que se va porque (para ripley) decide que desde ahí “no se logra nada”?

 

No es fortuito que en estos momentos, el ciudadano mexicano se sienta traicionado, burlado, frustrado y profundamente decepcionado por personajes que en algún momento de su vida construyeron un prestigio sólido denunciando aquello que en estos momentos avalan, respaldan y defienden aún a costa de su propia destrucción.

 

El año pasado, la revista TIME destacó en su portada a “The protester”, el indignado abstracto que representa la acción que mueve conciencias y reescribe la historia de los pueblos.

 

Ríos de tinta han corrido para señalar las virtudes de la indignación, pero también es cierto que los activistas, académicos y empresarios que han destacado por su militancia, han traicionado a la ciudadanía en más de un sentido.

 

Y en ese orden de ideas, cabe la pregunta ¿es posible que un activista social logre un cambio verdadero desde la trinchera política?

 

La respuesta es no, porque sus radios de acción son completamente diferentes.

 

El poeta Javier Sicilia afirma que los verdaderos luchadores sociales buscan limitar al Leviatán, mientras que los políticos buscan administrarlo.

 

Es decir, mientras los primeros buscan devolver el poder al pueblo que es donde pertenece y desde donde se construye la verdadera democracia, los políticos sólo buscan usufructuar en beneficio de sí mismos aquello que no les pertenece y que jamás han representado.

 

¿Cómo creer entonces a un “luchador social” que desde su trinchera señalaba y denunciaba esa figura en la que termina convirtiéndose: el político del mensaje vacío, las promesas rotas y la moral ausente?

 

Y es que la mayoría de las “fundaciones”, “asociaciones civiles” y “movimientos ciudadanos” se han convertido en nidos de oportunistas en donde lo menos que se busca es el bien común, por el contrario, se persigue el coto de poder personal en usufructo inmoral de la criminalidad amparada por el fuero, el partido o el compadre.

 

¿Qué pasa con los ciudadanos de buena fe? Son cooptados por quienes buscan avalar en ellos su prestigio y respaldar “su carrera”. En estos tiempos, la “construcción de candidaturas ciudadanas” es sólo una buena broma, ad hoc al cinismo de la clase política de este país.

 

En ese sentido, Oscar Wilde debe estar satisfecho. El retrato de aquel loco que vendía su alma en aras de alimentar su vanidad, es hoy más vigente que nunca.

 

¿Usted qué opina, estimado lector?

0
comentarios
Ver comentarios