Breve caminata dominical: El borracho y el tornillo

Constantemente camino. Ayer domingo, el azar me arrojó al poniente de la ciudad. Marcaba mis pasos sobre el camellón que va de Tacuba al Periférico con la intención de girar hacia Polanco. Discurría sobre la necesidad de encontrar un camino personal. El deseo de establecer convencido: Este soy yo. El trazo individual que se desprende cual desgajamiento o rasgadura  de la senda de los otros. Otros amigos, otros enemigos. Así y sobre otras cosas tan poco serias cavilaba.

Oscurecía cuando irrumpieron al unísono patrullas y ambulancias en ambos sentidos de la calle. Los pasos me llevaron al tráfico lento y al tumulto en la intersección de Calzada de Legaria y Lago Atitlán junto al mercado Argentina. Me detengo y escucho. Pregunto y soy preguntado. Agolpados unos sobre otros, los individuos apenas si somos despejados por policías, paramédicos y bomberos. ¿Bomberos?

El aparatoso carro apaga fuegos crea un espacio amplio a la escena junto con tres patrullas y dos ambulancias. Un hombre es atendido ya. Le instalan aparatos intravenosos. Le piden que no se mueva. “Se mareó y cayó. Lo empujaron. Tal vez lo haya golpeado un auto. Peleaba con ese borrachito tirado al piso detrás de la banca. Está borracho y tropezó, yo lo vi tomar desde la tarde”. Las versiones corren. “No tiene identificación, ¿alguien lo conoce?”. Nadie. No parece ser del barrio. Demasiado lento el procedimiento de rescate. ¿Y los bomberos, qué hacen allí?

Demandan hacernos a un lado y formamos un gran círculo en cuyo centro continúa el drama del caído sobre la base de un poste metálico. Cada cual tiene una función, la de nosotros es la del espectador. Ya preparados los detalles, arrancan finalmente al hombre de la basa que servía de ruda almohada (esa que pareciera siempre le esperó con su tornillo saliente reservado para él; un tornillo con dueño). Un coagulo de sangre resbala lentamente del hierro hacia el concreto. El borbotón lo paran con una plasta de vendas y pegotes. A la camilla; a la ambulancia; a un hospital. No fue necesario, más bien era imposible que los bomberos, a falta de fuego, cortaran el tornillo de unos diez centímetros incrustado en la sien del personaje que no sabemos si burlará la muerte. Ni modo que cortaran el poste todo. Un paramédico recoge con vendas desechos de cráneo y los coágulos más sólidos. Un bombero coge la pala y cubre los restos de sangre con tierra seca y polvorosa. Me pregunto si acaso el cerebro ha leído el sabor del hierro. Escucho una voz del pasado decirme frente a la tragedia personal de los demás: Ése podría ser yo, o tú.

Dispersado, el público cautivo continúa la rutina. Algunos se abalanzan a la esquina frente al camellón donde un nutrido changarro sirve tacos variados, incluidos, sin duda, los de seso. No ha pasado nada. La jornada continúa imperturbable. Yo retomo mi ruta. Después de la breve caminata, no he encontrado un camino aún. Sólo un borracho con el cráneo incrustado en el tornillo de la base de un poste de luz.

0
comentarios
Ver comentarios