Los Falsos Dilemas

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Protestan en Chile contra corrupción y alzas al transporte.Esteban Felix / AP

Un alza en la gasolina en Ecuador, y un aumento al precio del metro en Chile.

Estos días me fueron compartidos, a través de redes sociales, dos cartones políticos sudamericanos. Ambos pretenden ser una especie de alerta contra la "amenaza comunista" que según los dibujos es inminente y se propaga con rapidez por todo el continente. Por si hiciera falta, los dibujos son a prueba de sutilezas: uno es un pulpo rojo que extiende sus tentáculos a todos los países sudamericanos. Otro, un mapa epidémico con el comunismo representado, literalmente, como un virus, que ha enfermado ya a varias naciones.

Al principio puede sorprender que esta propaganda sea de 2019 y no de 1969; pareciera una estampa de la paranoia norteamericana del macartismo, o una parodia de la prensa durante la guerra fría. Más interesante, aún, quienes compartieron estas alarmas las glosaban con su opinión sobre lo que ha pasado, en fechas recientes, tanto en Ecuador como en Chile. Para quien necesite contexto, y a riesgo de sobre simplificar el tema, en ambos países ha habido levantamientos populares violentos, como reacción a medidas de política económica que sus gobiernos habían tomado. Un alza en la gasolina en Ecuador, y un aumento al precio del metro en Chile. La gravedad de los disturbios obligó a los gobiernos de ambos países a retractarse y echar atrás sus decisiones. Parecen victorias populares sobre intentos de desplantes autoritarios. Quizás lo sean, pero el diagnóstico no es tan simple. Para no desviarnos del tema, el punto es que muchas personas están seguras que las protestas fueron organizadas por grupos comunistas, que pretenden derrocar al liberalismo democrático e imponerse en toda la región. En 2019. Lo dicen en serio.

Me parece que lo que hay aquí es una falta de imaginación política que nos fue predicada, poco a poco, por el discurso hegemónico neoliberal de los años 80 en adelante. La mejor manera de imponer una ideología, la que sea, es presentarla como un falso dilema. Por ejemplo: pena de muerte o aumento de la criminalidad; voto restringido o populismo destructivo; derechos humanos o seguridad nacional. La lista es interminable, porque así opera la propaganda política, vendiendo una alternativa como la única posible. En el caso que nos ocupa, el discurso de los Estados Unidos y los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, construyeron una interpretación de los hechos un poco mentirosa, tanto durante la guerra fría como después de su conclusión.

Mientras el mundo estuvo dividido en dos bloques durante el siglo XX, uno capitalista y otro comunista, los aparatos propagandísticos de ambos bandos se dedicaron a satanizar al contrario. Se entiende. Lo interesante es que, paralelamente, y aún después de que cayó la URSS, la ideología del desarrollo capitalista de esas décadas que se impuso a los países pobres, incluyendo a México, se materializó en ajustes económicos violentos, anti populares, que convirtieron al Estado en un mero garante del libre mercado. Todo gasto social, toda regulación económica, se consideraba primero socialista y luego, a la caída del muro, primitiva y antieconómica.

Los países obedecieron y sus pueblos aguantaron. Para nada. Porque resulta que los países que difundían la economía anti estatal, desregulada, no se comportaban así internamente. Lo que ellos tuvieron (desde Estados Unidos hasta Noruega) fue una economía mixta, donde el Estado era fuerte no solo para salvar bancos quebrados sino para prevenir abusos, incluyendo los que pudiera cometer el propio mercado o las grandes empresas. A un suizo o a un alemán le resultaría disparatado que los pusiéramos escoger entre crecimiento y dignidad, entre seguridad jurídica y seguridad nacional, como si fueran excluyentes. De la misma forma, muchos países crecieron y se desarrollaron mediante la armonización de los intereses económicos privados con el interés público, sin que uno tomara de rehén a los otros.

Los organismos internacionales y algunos expertos mantienen la arrogancia del desarrollismo fallido. En otra época, el aumento a la gasolina en Ecuador, o el aumento del boleto de metro en Chile, quizás hubieran sido recibidos con resignación y callada humillación por los ciudadanos. Ya no es así. Los organismos internacionales y las élites económicas deben aceptar que el rey está desnudo, y no hay visos de que a la gente se le olvide. Es hora de abandonar los maniqueísmos de otro tiempo. No es escoger entre capitalismo salvaje, o abolición de la propiedad privada y dictadura militar. Basta de falsos dilemas.

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