Desasosiego ante la ausencia de una necropsia

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El país entero habría sido víctima de la consternación y el estupor en aquella mañana del 20 de mayo de 1947, al leer en la primera plana de EXCELSIOR la nota firmada por el reportero Leopoldo Toquero Dimarías, en la que daba cuenta de la existencia de la necropsia de ley, levantada al efecto 19 años atrás por el doctor Julio Saldaña.

En efecto, el fiscal de la causa, a la sazón Ezequiel Padilla, no habría exhibido en el peculiar proceso seguido ante jurado popular en contra de José León Toral, la única prueba que en la especie resultaba idónea para acreditar la pretensión de su causa, o sea, la condena del reo.

El proceso en cuestión, se siguió sin haber exhibido ante el juez de la causa y ante el jurado al efecto convocado, el conducente certificado conteniendo las conclusiones del médico legista, responsable de haber practicado la autopsia exigida por ley a los despojos fúnebres del occiso.

Producto de sus investigaciones reporteriles, Leopoldo Toquero Dimarías, encontraría 19 años después, el certificado de la necropsia practicada por el doctor Julio Saldaña a los despojos fúnebres del ciudadano mexicano, general de división y a la sazón presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos, Álvaro Obregón Salido.

Diecinueve impactos de bala de diversos calibres, no conformaban una realidad compaginable con la autoría única del inculpado, lo curioso del caso, más allá de las inconsistencias observadas en el caso, estriba en el hecho de que el fiscal Ezequiel Padilla hubiese obtenido el veredicto favorable del jurado que conociera de la acusación contra José de León Toral y que el juez de la causa hubiese en consecuencia expedido la sentencia respectiva condenando al inculpado a la pena capital.

La formidable crónica de los sucesos del 18 de julio de 1928 en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel, que al efecto escribiera Narciso Bassols, expresamente refiere la ausencia de procedimiento a cargo de médico legista alguno; resultando rica en matices al relatar los pasos seguidos por el encausado durante el día previo al que tuviesen verificativo los trágicos acontecimientos que cobraría la vida del “manco de Celaya”; alcanzando alturas literarias dignas de Dostoyevski, José Revueltas o de García Márquez en la Crónica de una Muerte Anunciada.

De tiempo atrás, me había embargado la duda sobre la exclusión de tan formidable crónica en las obras completas del ex embajador de México ante la Unión Soviética en plena Guerra, hasta que su nieto, Julio López Bassols, me explicó en alguna ocasión que tal relato no era de la autoría de su abuelo, sino de un tío del mismo nombre.

No cabe duda de que siempre resulta estimulante desentrañar misterios, e incluso, de asumir el costo del estupor, el desasosiego y la sorpresa, como aquella, que sobrecogió a los lectores de la primera plana de EXCELSIOR en la mañana del 20 de mayo de 1947.

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