September 22, 2019 14:25


En Contexto. Amputar en lugar de curar

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Entre las justificaciones de la política gubernamental para reorientar el destino del gasto público está la de terminar con el neoliberalismo, como fuente indiscutible de la corrupción.Internet

 

Dominados por la crítica al neoliberalismo, pero contradictoriamente obcecados por establecer como dogma impedir el déficit fiscal como si éste fuera la solución única de las deficiencias nacionales, la gestión pública ha ido desmantelando la débil estructura del aparato federal de salud como fórmula inequívoca para combatir a la corrupción.

Desde el arranque de 2019 se observaron las consecuencias de una indispensable austeridad aplicada sin el rigor del análisis detallado que se requería para curar a cada una de las nervaduras de un aparato administrativo enfermo que, a pesar de sus crecientes deficiencias, era capaz de resolver las necesidades básicas de la población.

Se optado por la decisión más drástica: amputar en lugar de curar.

Como parte de una decisión inobjetable, de manera republicana se recortaron presupuestos federales para cancelar privilegios y reorientar el gasto en favor de algunos programas sociales, pero no de aplicación ni beneficio general.

Sin embargo, el recorte fue indiscriminado y afectó funciones sustantivas para el sistema público federal con graves consecuencias para la ciudadanía en general y para los hogares en particular, como el tema de las estancias infantiles, entre otros.

Por la reorientación política del gasto sobrevinieron manifestaciones y paros de médicos residentes, se agravó la calidad de las consultas clínicas y de la atención hospitalaria, quedaron suspendidas la compra y reparación de aparatos indispensables para la salud, aumentaron las restricciones en la deficiente distribución de medicamentos, además de que se detuvieron investigaciones y los grandes problemas de salud pública ingresaron en una nueva situación de incertidumbre.

Los recortes también amenazan con hacer mella en centros de investigación y educación superior como el CIDE, pero también en otros organismos relacionados con la infraestructura y el empleo, cuyo destino está en serio riesgo.

Entre las justificaciones de la política gubernamental para reorientar el destino del gasto público está la de terminar con el neoliberalismo, como fuente indiscutible de la corrupción.

Si eso fuera así, no se habrían expuesto algunos asuntos esenciales como el tratamiento meramente ideológico con el que se procura que la población conciba al neoliberalismo. Se procura implantar como un modo aberrante de desarrollo, alejado de la libertad que exige el mercado.

Ante tan limitada visión, seguramente Adam Smith, a quien se atribuye la paternidad de ese pensamiento económico, se revuelca de coraje en su tumba porque era un hombre de firmeza ética que a su obra más querida tituló “Teoría de los sentimientos morales” (1759) en la que defendió que el egoísmo (especialmente entre los políticos) no es lo que define al ser humano, sino la necesidad de sentir simpatía, de compartir el dolor ajeno y de promover la cohesión social como base para la “Riqueza de las naciones”, su trabajo más conocido.

Adam Smith abordó el análisis económico a partir de un tema presente desde Aristóteles: la equidad que, por la vía de la legalidad, busca la justicia e igualdad de oportunidades sin omitir las características particulares, a fin de otorgar a cada uno lo que le corresponde o merece.

De esa manera, la equidad social no se trata de anular la desigualdad social, sino superarla, generando oportunidades.

En consecuencia, no es simplemente evitar el déficit fiscal a rajatabla. Se trata de promover condiciones de igualdad. Ese es el meollo de cualquier transformación social.

La ignorancia no puede ser el signo ideológico de México. El país necesita educación, analizar realmente la historia y tomar en cuenta a Marx que en el análisis del Dieciocho Brumario advierte cómo el maniqueísmo ideológico puede destruir el porvenir por un falso análisis que solamente tiene a la vista la coyuntura y no el largo plazo.

El burocratismo que plantea la centralización de las decisiones públicas un riesgo muy elevado para la libertad y la democracia que pretendemos.

Es tiempo de curar, no de amputar.

@lusacevedop

 

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