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Columnas

La anti heroína mexicana de Pérez-Reverte

Bibiano Moreno Montes de Oca @BibianoMoreno mar 25 jun 2013 06:18

Cuando uno pretende escribir acerca de una soberana sureña, lo primero en lo que se piensa es que se trata de una originaria de países como Colombia, Perú o Bolivia, todos ellos productores de materia prima para la elaboración de drogas de consumo general, sobre todo en Estados Unidos. Sin embargo, resulta que La Reina del Sur es la historia de una antiheroína que se desarrolla en México y en España.

En efecto, La Reina del Sur es una novela del escritor español Arturo Pérez–Reverte que se centra exclusivamente en dos países, México y España (básicamente en la ciudad mexicana de Culiacán y en la región de Gibraltar, que precisamente se encuentra al sur de la tierra que vio nacer a Miguel de Cervantes  Saavedra), y que no tiene nada que ver con La Reina del Pacífico, libro de Julio Scherer García sobre Sandra Ávila, detenida actualmente por dedicarse a esa actividad.

Ciertamente, existen algunos rasgos similares entre los dos personajes (el ficticio de Pérez–Reverte y el real de Scherer García), aunque con algunos matices. Porque la verdad es que las dos mujeres fueron arrojadas por las circunstancias al centro de una actividad en la que nada tenían que ver, pero en la que se vieron obligadas a tomar el control de sus respectivas vidas.

La novela de Pérez–Reverte se basa en la vida de Teresa Mendoza, una mujer que se dedicaba a la compra-venta de dólares en la ciudad de Culiacán, lugar donde más ha crecido la actividad de los narcotraficantes. En esa modesta actividad andaba la guapa y joven mujer (apenas a los 35 años ya era toda una leyenda en el mundo del crimen), cuando conoció al narco Raimundo Dávila Parra, del que el autor hace la siguiente descripción:

“No era un mal tipo, el Güero. Valiente, cumplidor, apuesto. Un aire así como a Luis Miguel, pero en más flaco, y más duro. Y muy chingón. Muy simpático. Raimundo Dávila Parra se gastaba el dinero a medida que lo ganaba, o casi, y era generoso con los amigos… El Güero era chicano: había nacido en San Antonio, Texas. Y empezó muy joven, llevando hierba oculta en automóviles a la Unión Americana…”

La vida de teresa Mendoza con El Güero hubiera seguido un camino incierto pero menos azaroso, de no ser porque el narco pretendió pasarse de listo al hacer negocios por su cuenta y riesgo, algo que es visto como una alta traición por parte de los jefes. Y es que el tipo era un as en el manejo de la avioneta, vehículo con el que se encargaba de inundar el mercado de Estados Unidos con su ilegal producto por partida doble.

Al respecto, el autor vuelve a definirlo así: “(A Raimundo Dávila Parra) la raza culichi lo llamaba, con justicia, el rey de la pista corta. Hasta Chalino Sánchez, que también fue amigo suyo, había prometido hacerle un corrido con un título: El rey de la pista corta. Pero a Chalino le dieron picarrón (sic, a lo mejor quiso decir chicharrón) antes de tiempo –Sinaloa era de lo más insalubre, según en qué ambiente--, y el Güero se quedó sin canción…”

El caso es que El Güero, previsor, dejó advertida a Teresa Mendoza que huyera el día en que le hablara por un teléfono celular especial para tal ocasión. El problema es que tras salvar la vida y escaparse de una violación segura, se graba el contenido de una agenda secreta en el que descubre secretos insólitos (mismos que se conocen casi al final de la historia), pero que de momento no son utilizados por ella en su nueva condición de emigrante mexicana en España.

Al principio, La Mexicana, como se le conoce a Teresa Mendoza en el bajo mundo español, trabaja de simple mesera en un bar de mala muerte; sin embargo, gracias a su habilidad para los números (de algo le sirvió su antigua actividad en la compra-venta de dólares), asciende a la categoría de cajera. Es entonces que conoce al segundo hombre en su vida: el gallego Santiago López Fisterra, también dedicado al tráfico ilegal de diversos productos, pero trasladada en lanchas que bordean las costas africanas.

Aunque hermanados en la actividad, la personalidad del gallego contrasta con la del radicado en Culiacán, Sinaloa, México. Así lo señala el autor: “Nunca hablaban del Güero Dávila. Santiago no era de aquellos a quienes puede hablarse de otro hombre, ni ella era de las que lo hacen. A veces, cuando él se quedaba respirando en la oscuridad, muy cerca, Teresa casi podía escuchar las preguntas.

Eso ocurría aún, pero hacía que tales preguntas eran sólo hábito, rutinario rumor de silencios. Al principio, durante esos primeros días en que los hombres, hasta los que están de paso, pretenden imponer oscuros –inexorables—derechos que van más allá de la mera entrega física, Santiago hizo una de aquellas preguntas en voz alta. A su manera, naturalmente. Poco explícitas o nada en absoluto. Y rondaba como un coyote, atraído por el fuego pero sin atreverse a entrar…”

El destino le vuelve a hacer a La Mexicana una mala jugada: su segundo amante también muere y ella va a dar con sus huesos a la cárcel del Puerto de Santa María, donde conoce a La Teniente O´Farrell, mujer de ascendencia irlandesa, quien tiene bien guardada media tonelada de coca perdida y que es propiedad de los rusos, y con la que en realidad Teresa Mendoza tiene su despegue definitivo en la actividad.

En sociedad con los rusos, a los que volvieron a venderle media tonelada que les pertenecía, las dos mujeres comienzan a inundar de droga una amplia zona de Europa, pero queda claro que el liderazgo indiscutible y la inteligencia para los negocios son aportación de La Mexicana, quien sólo regresa a México a atestiguar contra un capo de la droga sinaloense, que es diputado local y está a punto de convertirse ¡en senador de la República!, para ya no volver jamás y convertirse en una leyenda antes de cumplir los 40 años.