Histórico

Sangre en mi nariz, labios dormidos… "la del Papa" Historia de una adicción (novena entrega)

Víctor Hugo Sánchez

14-12-2009

Cuando comencé a drogarme con cocaína, ésta era una droga cara, por decirlo de un modo; no eran tan popular ni tan fácil conseguirla, y generalmente era más pura que la que uno termina consumiendo.

Me explico y explico hasta donde alcanza a entender, porque ser consumidor y adicto no significa que uno sea experto en el tema, aclaro: la cocaína que consumía en un  principio de mi adicción era casi pura, y había categorías; la mejor, siempre, le llamaban "de la del Papa", por decir que era de la mejor calidad, si cabe el término.

Esa droga tan pura podía causar hemorragias instantáneas, y yo tuve varias de ese tipo.

La primea, en una fiesta en el Pedregal, en casa de una actriz que nos daba una cena a varios periodistas de la vieja guardia en la que yo, aclaro, era el nuevo, el más joven, y comenzaba a destacarme por mis entrevistas y mis notas de portada.

Esa noche, para mí, fue como una especie de "bautizo" en el que, oficialmente,  entraba yo a un círculo de amistades poderosas: empresarios de la farándula, productores de cine, actores, actrices que siempre había admirado, y ahora estaba yo en su mundo, y de verdad me la creí.

Y como algún pudor cabía en esa fieta, no me tocó esa vez los ceniceros repletos para que cada quien se atendiera, no; esa vez, todos fueron discretos en su consumo, hasta que, al cabo de dos horas, y sin saber lo que me esperaba, entré al baño con la sana intención de orinar, y en eso estaba cuando entró, sin más ni más, uno de los invitados, el esposo de una actriz, y antes de que yo pudiera reaccionar, él sacó un sobre, picó la droga y me ofreció con su tarjeta de crédito una pequeña dosis de polvo que acercó a mi nariz.

"Ten; dale, es de la del Papa", me dijo y yo, obediente, inhalé, inhalé fuerte, como para demostrarle que yo era experto, que sabía lo que hacía.

De repente, sentí un agudo dolor en la frente, en la cabeza, y sentí como si mi nariz hubiera aspirado vidrios porque de inmediato me vino una hemorragia y mi compañero de aventura sólo se río, aspiró su dosis y se salió del baño, dejándome espantado, sangrando, tratando de limpiarme y de parar el sangrado.

Al cabo de 15 minutos salí del baño, ya sin la hemorragia, apenado por la situación que, ciertamente, a nadie le importó gran cosa, y seguí en la fiesta hasta entrada la mañana.

Y, cómo son las cosas que aprendemos por imitación, que hasta creí que ese episodio era una copia de una película: Caracortada, la versión de Al Pacino, en la que el protagonista mete su nariz y su cara en un montón de droga, o la imagen de Michelle Pfeiffer cuando, al terminar de inhalar, ensaliva el dedo, lo mete en la cocaína y se masajea las encías y, en una de esas, sangra por la nariz.

Y eso, suena estúpido, era lo que yo creía que debía ser: entrar a un mundo que yo creía elevado, polvear mi nariz y sangrar, hasta asentir la boca, los labios dormidos.

Al tiempo: ni entré a ese mundo (afortunadamente) y en cambio mi nariz quedó tan lacerada de tanta droga que, a la fecha, mi fosa nasal izquierda padece resequedad crónica.

De esa historia han transcurrido 17-18 años, y puedo decir que sobreviví a tanta fiesta, a tanto exceso, y "la del Papa" se quedará como una frase que me recuerda lo imbécil que pude ser de creer que hasta hay categorías en las drogas; al principio, y al final, todas son una mierda que sigo sin entender por qué diablos quise consumir.

hijodevecino@hotmail.

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