Al tiempo, uno recuerda las anécdotas, las experiencias como algo vívido, y al pensar en los primeros años en que consumía cocaína, siempre me pregunto: ¿cómo pude sobrevivir a tales excesos?
Comencé, he contado, con un consumo mínimo: si dividimos un gramo en 20 partes, una de esas partes era la que yo consumía al día cuando comenzó este proceso de autodestrucción. Comencé, he dicho, por aliviar una excesiva carga de trabajo y sí, en principios de cuenta el truco resultó, pero al tiempo, las mismas personas que me indujeron, me dejaron saber otra novedad: con un buen jale de coca, podía cortarme una borrachera.
Y como ya había probado ser un tonto que quería "probar", pues me fui a las pruebas y me puse santa borrachera que, en efecto, pude cortarme de un buen jalón de droga.
Mala idea. Nunca lo hubiera hecho, porque en esa carrera vertiginosa contra uno mismo, la idea asociada de droga-alcohol-alcohol-droga se va convirtiendo en el día a día, en la forma de vida y, claro, al día siguiente de un reventón de esas magnitudes, lo que viene es "un jalón más para levantarte".
Ceniceros, platos llenos de droga y bebidas de todo tipo en esas fiestas a las que comencé a ir, creyendo en serio que estaba bien, que era correcto, que me daba "chaché" ponerme hasta la madre todos los días, sin importar que al día siguiente me sintiera fatal, con el corazón acelerado todo el tiempo, a veces hasta al punto d creer que me vendría un infarto y, aún así, no pude detenerme y varias fueron las ocasiones en que me perdí, quedé inconsciente de verdad.
Una noche, cuando aún manejaba --hoy no lo hago-, recuerdo haber llegado a un restaurante donde solíamos reunirnos aquella banda pesada, y apenas entré, pedí 5 tequilas dobles que me tomé como si fueran agua, y en menos de media hora ya traía tal borrachera que no podía ni hablar ni sostenerme en pie. Y para colmo, esa noche el "dealer" no apareció y todos nos quedamos sin sustancia para cortar la borrachera.
Cómo es el alcohol y la droga que de verdad ponen en un estado de imbecilidad, de estupidez, que tomé mi auto, me subí y, sin importar que me dijeran que no manejara, que estaba muy ebrio, yo tomé camino...
Al día siguiente desperté, con esa sensación de que algo estaba mal, y de repente me incorporé de súbito y lo primero que pensé fue: ¡el carro! Salí corriendo de mi cama a la calle y ahí estaba mi auto, sin un rasguño, sin un golpe, bien estacionado, pero yo no podía recordar --sigo sin saber ese pasaje de mi estupidez- cómo diablos había llegado a mi casa, a mi cama, sin haberme matado.
Hoy, cuando alguien me dice que me felicita, que se necesita valor para salir del mundo de las drogas, le digo que no, que en verdad se necesita "valor" para meterse a ese mundo, que se parece bastante a una gran alberca de heces y vómitos en la que uno se atreve a nadar, aún sabiendo de qué se trata, y hasta parece que uno lo disfrutara. No, señores, salir de ese mundo no es meritorio ni tiene valor alguno.
Vivir bien, estar en control, eso es lo verdaderamente plausible.
Salir de la mierda era una obligación, no algo que haya que reconocer ni aplaudir.
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