El ambiente político tiene un ligero saborcito a revolución.

En este medio lo hemos venido diciendo desde hace dos años, pero ahora se hace

un eco generalizado en los medios de comunicación, en las conferencias de los

académicos, juristas, periodistas, políticos, economistas y hasta los

tecnólogos y científicos que nos han acompañado en este proceso de

concientización acerca de la realidad nacional. Pero entendamos lo que

significa una revolución; es simple y llanamente un cambio radical en la forma

en que concebimos y construimos la realidad, respecto a un tiempo anterior y

sus condiciones. No necesariamente estamos hablando de armas, estallidos y

conflictos, que sí los hay en nuestro panorama actual, pero la revolución es

mucho más que eso, es una reconstrucción del papel de cada ciudadano en su

contexto, y la reconstrucción de la concepción del ente rector.

La administración actual y la anterior le han dado un giro

ya a la concepción del Estado, que es el ente rector de nuestra sociedad dentro

de las delimitaciones de nuestro territorio. Primero, desde De la Madrid,

comenzaron a destrozar al Estado protector y lo convirtieron en Estado enemigo;

después en el Estado fugitivo y hoy en el Estado invisible. La declaración de

guerra contra el narcotráfico no tuvo otro fin último que el siguiente:

corramos el telón del teatro y veamos quién dirige en la realidad esta tramoya.

Desafortunadamente el Estado ha estado dimitiendo tan sistemáticamente a favor de

cualquier tipo de delincuencia que ahora que el telón se levanta, vemos a la

delincuencia organizada ya dueña de todo; y no sólo hablamos de aquellos

delincuentes que portan armas y ejecutan a sus competidores, sino a la

delincuencia organizada que hace su vida defraudando a todos los mexicanos: bancos,

consorcios de “comunicación”, partidos políticos, y un largo etcétera. Por lo

tanto la violencia que permea en el ambiente, es solamente la evidencia de lo

que ha venido ocurriendo tras bambalinas todo este tiempo en el que las caras

felices, luces y sonido han tapado lo que la realidad grita en cada esquina, en

cada comunidad, por teléfono, en pláticas de banqueta. Hoy parecen muy

catastróficos los reportes que sobre nuestro país versan en el extranjero, pero

son los más objetivos: un Estado nulo, fallido, falta de respeto por los

derechos humanos, impunidad en todos los niveles de la criminalidad,

devaluación crisis y desempleo.

La buena noticia es que ahora, que muchas de las soluciones

erróneas que nos ha otorgado la institucionalidad están canceladas, se abre la

puerta a las opciones racionales, analizadas, nacidas de la conciencia y

trabajadas de corazón en pro de un bienestar. En este sentido, los

revolucionarios, que seremos todos a partir de ahora, tenemos un trabajo muy

arduo en idear las nuevas formas de participación para concebir una convivencia

social diferente, pero lamentablemente ésta participación no será trascendente

en las urnas para las elecciones de este año. En el poder a todos los niveles

sigue enquistada esta desorganización perpetuada únicamente por la inercia,

pero si son tiempos de romper inercias, es tiempo también para la revolución.

Esta no empezará cuando caiga toda la mafia que nos gobierna, sino ahora, en el

trabajo ciudadano y se hace particularmente importante ahora que vemos la

derrota del Estado en todos los ámbitos a favor de poderes casi monárquicos,

que van desde la delincuencia organizada hasta las corporaciones faltas de

ética que promueven la utilidad como un fin último, pasando sobre el bienestar

de todos.