En la paz se fueron de México los pobres.
Se siguen yendo, naturalmente.
A triunfar en otros países unos cuantos, o a pasarla tan mal como en su patria casi todos ellos.
La huída de los desheredados no es noticia.
Dejó de serlo hace tantos años.
Ya es un tema que, de plano, aburre.
Lo de hoy es el exilio de los ricos.
¿Quiénes son los potentados que se van ahora por miedo?
Leyendo una novela que todo el mundo elogia y que a mí me gusta muchísimo, Madame Bovary, de Flaubert, encontré una respuesta.
La gente puede distinguir a esos privilegiados que abandonan el barco nacional, más que por sus bienes, que uno nunca conoce plenamente, por su esencia.
Todos tienen lo que Flaubert llamó "la tez de la riqueza".
Son iguales, dice en Madame Bovary, "cualesquiera sean sus diferencias de edad, de atuendo o de cara".
Sus trajes invariablemente son caros y finos.
Sus cabellos, bien cortados y mejor peinados.
El rostro de los propietarios de fortunas "se mantiene lozano gracias a un régimen discreto de alimentos exquisitos".
Extrañamente, como los describe Flaubert, entre los ricos los que empiezan a envejecer tienen aspecto juvenil, "mientras que un aire de madurez" se ve en la cara de los jóvenes.
Son perfectos, o casi, porque "en sus miradas indiferentes (flota) el sosiego de las pasiones diariamente satisfechas".
Y "a través de sus maneras suaves (se manifiesta) esa brutalidad particular que comunica el dominio de las cosas medio fáciles, en las que se ejercita la fuerza y se recrea la vanidad".
Pues bien, la tez de la riqueza que diseñó el viejo sistema político mexicano ya se fue a exhibir sus privilegios y a presumir su felicidad a otra parte.
Pese a todo, qué mala noticia.
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