martes 29 de julio de 2014 | 01:39
Histórico

Con Raúl Salinas de Gortari en el aeropuerto

Federico Arreola

jue 22 de julio de 2010

Ayer miércoles acudí al aeropuerto de la Ciudad de México.

No a tomar un vuelo, sino a esperar a un pasajero: Andrés Manuel López Obrador.

Venía de una de sus giras y rápidamente se iba a trasladar, por carretera, a la ciudad de Querétaro.

Me urgía tratar un asunto con él y por eso decidí esperarlo en la terminal aérea.

A AMLO lo esperaba también Bernardo Batiz, este para acompañarlo a tierras queretanas.

Algo platicábamos Batiz y yo cuando se acercó un señor a saludarlo.

Era Raúl Salinas de Gortari.

Este le dijo a Batiz: "Hola, lo saludo porque usted fue maestro de.

. . ". No entendí de qué pariente de Raúl Salinas había sido maestro Bernardo Batiz, quien respondió con amabilidad al saludo del hermano del ex presidente Carlos Salinas.

Cuando ellos terminaron, yo saludé a Raúl, quien no me había visto: "Qué gusto verte por acá y no por allá", le dije, y él respondió: "Federico, ¿cómo estás?

". Y enseguida le explicó a Batiz: "Federico me visitó en la cárcel, lo llevó un amigo en común".

En efecto, en 2004 o 2005, no lo recuerdo ahora con precisión, un amigo de la familia Salinas me pidió, en Monterrey, que visitara a Raúl Salinas de Gortari, quien quería charlar conmigo.

Raúl ya había dejado el penal de alta seguridad de Almoloya, donde era muy difícil visitarlo.

Acepté hacerlo porque, años atrás, en 1995, yo fui uno de los periodistas que anticiparon el arresto del hermano mayor del ex presidente Carlos Salinas de Gortari.

Alguien que trabajaba en el gobierno me contó lo que iba a ocurrir y así lo di a conocer.

Cuando Raúl leyó lo de su arresto, me llamó por teléfono.

Antes de eso solo había hablado con él un par de veces.

Me invitó a desayunar.

Me dijo que él estaba en el extranjero pero que viajaría a México nada más para charlar conmigo.

Pactamos una cita.

Lo comenté con el entonces fiscal especial para los casos Colosio y Ruiz Massieu, Pablo Chapa Bezanilla, y este me aconsejó que no viera a Raúl Salinas: "En cuanto llegue a México se le va a arrestar y si tú estás con él cuando ocurra te podrás meter en problemas; recuerda que tiene una escolta del Estado Mayor Presidencial y puede haber violencia".

Así las cosas, por prudencia busqué por teléfono a Raúl y cancelé la reunión.

Pero él insistió: "Si no puedes ese día, Federico, entonces que sea un día después".

Tanta insistencia me obligó a aceptar.

Quedé de verlo una determinada mañana.

La tarde anterior viajé de Monterey al Distrito Federal para cumplir con ese compromiso.

Al aterrizar me informaron que Raúl Salinas de Gortari había sido arrestado.

Una década después de su arresto Raúl Salinas me invitó a su celda a platicar.

Acepté hacerlo.

Cuando llegamos el amigo de ambos que organizó la visita y yo, nos ofreció de comer en una mesa muy pequeña: carne asada y un poco de ensalada.

Algo muy sencillo.

Era la segunda vez que visitaba a alguien en una cárcel.

La primera ocurrió cuando yo estaba en la secundaria.

El hermano de un amigo estaba preso porque había participado en algún grupo guerrillero en Monterrey.

En Almoloyita, Raúl Salinas y yo charlamos bastante.

De Colosio, de su hermano Carlos, de los empresarios con los que había tratado durante el sexenio salinista, de Zedillo, de la dura que para él había sido la vida en Almoloya, de las ganas que tenía de salir de la prisión, de su hijo.

En medio de la conversación, de un librerito Raúl sacó un legajo que contenía un escrito suyo de varias páginas sobre Luis Donaldo Colosio.

Lo leí, me pareció interesante y le pedí su autorización para publicarlo en la revista Milenio.

Me la dio.

Antes de despedirme me enseñó otros legajos con otros escritos.

Me dijo que eran historias que él había escrito sobre algunos políticos y algunos empresarios a los que conocía.

. No sé si ya las publicó ni si pensara hacerlo, o no, algún día.