Histórico

¿Por qué no repunta Marcelo?

Erich Moncada

03-09-2010

Marcelo Ebrard me cae bien.

Creo que, a pesar de sus defectos, ha hecho un buen trabajo frente al gobierno de la capital.

Aplaudo que haya dado continuidad a la política social de Andrés Manuel López Obrador y que se haya atrevido a ir más allá que él al aprobar los matrimonios del mismo sexo y la interrupción legal del embarazo.

También hay que reconocerle la demanda que interpuso contra el cardenal Juan Sandoval Íñiguez; un "hasta aquí" contundente ante los embates reiterados de la Iglesia católica contra el Estado laico.

Marcelo es un gobernante serio.

No ha sido víctima de grandes escándalos como el affaire Paulette de Enrique Peña Nieto, aunque siguen abiertas las heridas del caso News Divine.

Pero su principal cualidad es también su talón de Aquiles.

Es un político eficiente, pero es demasiado frío y calculador.

En sus entrevistas, aún las más relajadas, se aprecia una personalidad adusta y controladora.

No enseña (o lo mejor porque no tiene) un carisma que despierte simpatías.

El tiempo se le está yendo --si es que no se le fue ya-- para construir una faceta combativa que tan buenos resultados le rindió a AMLO cuando todavía se encontraba, hace seis años, frente a la jefatura del Distrito Federal.

Siento que la estrategia de Marcelo es privilegiar un centrismo conciliatorio, en contraste con la actitud confrontativa del hijo pródigo de Macuspana.

Y a juzgar por la últimas encuesta de Reforma el plan no está funcionando por dos razones fundamentales: el factor AMLO y su papel como Jefe de Gobierno.

Si Obrador no hubiera iniciado su campaña desde 2006, si no hubiera habido fraude electoral y muchos votantes no pensáramos que la oligarquía mantiene una deuda pendiente con la democracia, las cosas pintarían muy distintas para Ebrard Casaubón.

El Peje hubiera carecido de una bandera que ondear para mantenerse vigente en la opinión pública durante los últimos cuatro años y estuviera en clara desventaja frente al enorme poder institucional de Marcelo frente al GDF.

Además, éste último está atado de manos y no tiene la libertad que tiene el tabasqueño para viajar por todos los municipios del país para crear la estructura electoral que será clave para proteger sus votos y difundir su propuesta.

Tampoco ha tenido el empuje que le dio la derecha a su padre político con los videoescándalos de 2004 y el desafuero de 2005. No todo son malos augurios.

Los marcelistas están acumulando fuerzas, preparándose para dar la batalla en algún momento del 2011 y su candidato dejará de ser gobernante para convertirse en candidato.

Y aunque su figura debe ser atractiva para los votantes independientes y conservadores desilusionados con la gestión panista y aterrados por un posible regreso del priismo, primero se verá obligado a conquistar al electorado progresista.

Espero en los próximos meses ver a un Marcelo mucho más aguerrido que develará su verdadero talante opositor.

Sin embargo, dudo que pueda hacerlo si sigue coexistiendo con la rancia clase política del país y respaldando los planes suicidas de la dirigencia perredista traidora.

Las alianzas PAN-PRD, si bien han sido relativamente exitosas en términos simbólicos más no numéricos (sólo tres victorias de doce gubernaturas en disputa no pueden considerarse aplastantes), le han restado simpatías al pragmático gobernante capitalino.

No olvidemos su necedad de imponer la Supervía a cualquier precio, insensible ante inconformidad de los colonos afectados.

 Otra área delicada será que conduzca con cuidado la sucesión del gobierno capitalino para no perder el principal bastión perredista.

Retos difíciles, mas no imposibles.

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