Marcelo Ebrard me caebien. Creo que, a pesar de susdefectos,ha hecho un buen trabajo frente al gobierno de la capital. Aplaudo que haya dado continuidad a la política social de Andrés Manuel López Obrador y que se haya atrevido a ir más allá que élal aprobarlos matrimonios del mismo sexo y la interrupción legal del embarazo. También hay que reconocerle la demanda que interpuso contra el cardenal Juan Sandoval Íñiguez; un "hasta aquí" contundente ante los embates reiterados de la Iglesia católica contra el Estado laico.

Marcelo es un gobernante serio. No ha sido víctima de grandes escándalos como el affairePaulette de Enrique Peña Nieto, aunque siguen abiertaslas heridas del caso News Divine. Pero su principal cualidades también su talón de Aquiles. Es un político eficiente, pero es demasiado frío y calculador. En sus entrevistas, aún las más relajadas, se aprecia una personalidad adusta y controladora. No enseña (o lo mejor porqueno tiene)un carismaquedespierte simpatías. El tiempo se le está yendo --si es que no se le fue ya-- para construir una faceta combativa que tan buenos resultados le rindió a AMLO cuando todavía se encontraba, hace seis años, frente a la jefatura del Distrito Federal.

Siento que la estrategia de Marcelo es privilegiar un centrismo conciliatorio, en contraste con laactitud confrontativa del hijo pródigo de Macuspana. Y a juzgar por la últimas encuesta de Reforma el plan no está funcionando por dos razones fundamentales: el factor AMLO y su papelcomo Jefe de Gobierno. Si Obrador no hubiera iniciado su campaña desde 2006, si no hubiera habido fraude electoral y muchos votantes no pensáramos que la oligarquía mantiene una deuda pendiente con la democracia, las cosas pintarían muy distintas para Ebrard Casaubón. El Peje hubiera carecido de una bandera que ondear para mantenerse vigente en la opinión pública durante los últimos cuatro añosy estuviera en claradesventaja frente al enorme poder institucional de Marcelo frente al GDF. Además, éste último está atado de manos y no tiene la libertad que tiene el tabasqueño para viajar por todos los municipios del país para crear la estructura electoral que será clave para proteger sus votos y difundirsupropuesta. Tampocoha tenido el empuje que le dio la derechaa su padre político con los videoescándalos de 2004 y el desafuero de 2005.

No todo son malos augurios. Los marcelistas están acumulando fuerzas, preparándose para dar la batalla en algún momento del 2011 y su candidato dejará de ser gobernante para convertirse en candidato. Y aunque su figura debe ser atractiva para los votantes independientes y conservadores desilusionados con la gestión panistayaterrados por un posible regreso del priismo, primero se verá obligadoa conquistar al electorado progresista. Espero en los próximos meses ver a un Marcelo mucho más aguerrido que develará su verdadero talante opositor. Sin embargo, dudo que pueda hacerlo si sigue coexistiendo con la rancia clase política del país yrespaldandolos planes suicidas de la dirigencia perredista traidora. Las alianzas PAN-PRD, si bien han sido relativamente exitosas en términos simbólicos más no numéricos (sólo tres victorias de doce gubernaturas en disputa no pueden considerarse aplastantes), le han restado simpatías al pragmático gobernante capitalino. No olvidemossu necedaddeimponer laSupervía a cualquier precio, insensible anteinconformidad de los colonos afectados.Otra área delicadaseráque conduzca con cuidado la sucesión del gobierno capitalino para no perderel principal bastión perredista. Retosdifíciles, mas no imposibles.