Una persona puede estar a favor, en contra o ser neutral ante las drogas y su decisión es respetable porque --se supone-- estamos en una sociedad donde los adultos tienen libre albedrío y deben hacerse responsables de sus actos, tomados consiente o inconscientemente.
El problema surge cuando unos buscan imponer su visión de la moral a los demás.
Son los mismos que establecieron la prohibición del alcohol en las primeras décadas del siglo pasado y que actualmente apoyan la prohibición de las drogas.
Son los mismos individuos que exigen que el matrimonio deba ser entre un hombre y una mujer y que ésta no tiene el derecho a determinar el soberano ejercicio de su sexualidad.
Generalizan las conductas atípicas de algunos, exageran sus acciones y alarman sin proponer soluciones alternativas ante el fracaso de los modelos prevalecientes.
Rechazan la educación y la información para fomentar una cultura de la responsabilidad y el respeto a la diversidad.
Escudados detrás de un discurso aparentemente benévolo, alertan sobre los riesgos y los peligros de las conductas "desviadas", "indebidas" o "inaceptables".
Pero en el fondo pretenden que el gobierno y la sociedad traten a las personas como si fueran enfermos mentales o zombis incapaces de controlar sus impulsos o deseos.
Se dicen preocupados porque la gente se "embrutece" y mata a otros en la calle o en la casa "por ir drogado".
Manifiestan su molestia porque la gente se pone "idiota", como si no hubiera formas de idiotizarse sin drogas legales o ilegales (apuestas, videojuegos, sexo, deportes extremos, comer en exceso, etcétera).
Claro, nadie podría estar de acuerdo en que se vulneren los derechos de terceros, pero recordemos que hay una línea muy delgada entre el control de la conducta y la protección de la sociedad.
Quienes se oponen a la privacidad, a la libre determinación de nuestro propio cuerpo, favorecen el control, la manipulación, la opresión y el ejercicio del poder desmedido.
Para contrarrestarlos, el derecho a la privacidad de nuestra vida es una condición indispensable para el adecuado funcionamiento de una sociedad democrática y de una ciudadanía participativa.
Luchar contra el prohibicionismo es acabar con décadas de un sistema autoritario y represivo.
Como bien dice Fernando Savater en "Tesis sociopolíticas sobre las drogas": "La persecución contra la droga es una derivación de la persecución religiosa: hoy la salud física es el sustitutivo laico de la salvación espiritual.
Las drogas siempre fueron perseguidas por razones religiosas, pero ayer se les reprochaba sus efectos orgiásticos ---es decir, los trastornos que producían en el alma y en as costumbres--- y hoy los que causan en el cuerpo ---enfermedades, gastos de reparación, improductividad, muerte--- y en la disciplina laboral.
Se fomenta así un miedo al espíritu (¿qué tendremos dentro que la droga pueda liberar?
) y un miedo al descenso de productividad (a esta última se la suele llamar «salud pública»).
". . . El hecho de que los intelectuales llamados «de izquierda» colaboren unánimemente por acción u omisión a este oscurantismo demuestra ---por si falta hiciere--- que el problema del intelectual hoy no es su reciclaje al servicio del poder.
. . ni su falta de una visión global del mundo, como sostienen los neocuras, sino su tenaz carencia de opiniones válidamente fundadas ante los conflictos específicos de la sociedad actual".
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