Nacemos sin ella, pero buscándola, intentando enfocar su nacimiento y limitar sus bordes, queremos darle un nombre, se lo damos y desde ese instante la libertad está sujeta a circunstancias terribles, expuesta al uso abusivo de la realidad, a la tentación de los linderos que la abruman, a las fauces de la oligofrenia, a esa obsesión humana de creer que el error continuado puede llegar no solo a corregirse, sino a ser una verdad perfecta, y en esta búsqueda innata de la libertad encontramos caminos que la hieren, que consiguen frustrar nuestro encuentro con ella.
Atados de origen a todo tipo de vicios, conseguimos un flujo continuo de experiencias que alimentan nuestra personalidad mientras frenan nuestra búsqueda con argumentos ambientales que terminan siempre ganando, y es la bandera más usada de la expresión, de la excresión, nada menos útil a la inteligencia que argumentar el ejercicio de la libertad en el respaldo de la idea, porque toda idea está sujeta a nuestras cadenas, a nuestros vicios, a nuestros cercos.
Las ideas están clavadas a la misma cruz de sucesos de la que cuelga su propietario, porque el mundo de las ideas es ese juego de claroscuros que distorsionando la imagen crean una sensación y vemos reflejada con el fuego en las paredes de nuestra caverna imágenes gloriosas de opinión barata, maldigerida, enterrada en la vehemencia de todas nuestras frustraciones como una daga hiriendo la pluralidad que en un lance poético termina siendo copartícipe mediática de la equivocación.
He ahí el derecho a la opinión, el supremo derecho constitucional, inalienable de decir idioteces con el escudo inmortal del estado cubriendo el valeroso pecho de la infamia, así vemos a sutiles expertos que en arrebatos opinionológicos exhiben con frenesí su miedo a la ideología de izquierda, evidentemente basados en la innumerable cantidad de horas que han pasado estudiando los tratados sociológicos del Discovery Channel (en los casos más doctos) cuando no Univisión y CNN como fuentes citables en la bibliografía de sus estudios de historia.
Y se baraja de todo, desde los paramilitares hasta la inexistencia, sí, hay que decirlo, hay una facción de estos expertos que han desaparecido la lucha humana de siglos, trastocado la historia, modificado la evolución jurídica en un simple y neumático enunciado "La izquierda no existe".
Versalles se desdibuja, en este juicio del mapa político mundial se bajan las banderas de todas las naciones gobernadas exitosamente por partidos de izquierda, la mujer regresa a la cocina sin derechos, los negros a las cadenas, los pobres al silencio y nace a la vida un mundo feliz de los sometedores que lucran con el decoro vendiendo gota a gota el manantial de la esperanza y de los felices sometidos que dejan la dignidad a cargo de decisiones superiores mientras lamen sin sosiego las extremidades que sus amos les tienden para ejercitar el poderoso músculo que han fortalecido en la difamación de las grandes causas, de las revoluciones sociales, firmadas todas por la izquierda que ellos siguen confundiendo en la ingenuidad de sus empeños y las inmensas limitaciones intelectuales, con los colores institucionales que regionalizados provocan el insomnio de las elites.
Ante la curiosa incapacidad cognoscitiva no hay reivindicación hemisferial posible, porque negar es el cobarde instinto de la necedad de todas las derechas que han terminado de rodillas.
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