miércoles 26 de abril de 2017 | 12:53
Columnas

Provocación gratuita. Las muertas de Neza

@israelg50947443 vie 21 abr 2017 00:41
En un bar de Neza, cuatro mujeres fueron asesinadas por un grupo de hombres
En un bar de Neza, cuatro mujeres fueron asesinadas por un grupo de hombres
Foto propiedad de: Internet

 

La campaña electoral en el estado de México ha recibido una cobertura considerable para tratarse de un proceso local. Para muchos, es un preámbulo, en pequeño, de lo que será el proceso electoral de 2018 para elegir al presidente de la República. El estado de México se ve como un objetivo estratégico por razones económicas, poblacionales y otras más; también destaca que en él tienen lugar hechos de violencia que sólo se comparan a los que ocurren en zonas verdaderamente apartadas, recónditas, esos microcosmos de barbarie sin carreteras ni testigos de nada. Pero en un entorno aparentemente civilizado y megaurbanístico. A nada de ser nuestro patio cyberpunk.

Entre fotos del gordo preso en la jaula guatemalteca y el león cobarde mandando portaaviones armados a un domicilio equivocado, una nota del estado de México pasa desapercibida pese a que dice más de la situación actual que las conductas esquizofrénicas de los dos megalómanos.

En un bar de Neza, cuatro mujeres fueron asesinadas por un grupo de hombres con los que estaban conviviendo de manera casual. Las versiones de la historia divergen un poco todavía, lo que es extraño viniendo del mismo testimonio de la misma superviviente, pero que sirve para reflexionar por doble partida.

Según una versión, las mujeres insistieron en tomarse selfies con los sujetos, a pesar de la negativa de ellos. Cuando, en la inercia de la fiesta, los ignoraron y comenzaron a tomar las fotografías, ellos las balearon. Según otra versión, quienes no querían las fotografías eran ellas y los sujetos fueron los insistentes. Ante la negativa de ellas, ellos abrieron fuego.

Si ésta fuera una época donde privara el sentido común, la versión más creíble sería la primera: un grupo de criminales no quiere sus fotografías circulando en las redes sociales y menos si de las capturas puede deducirse a dónde van a pasar el rato y, por ende, dónde pueden encontrarlos. Sería, en este caso, una acción de profilaxis brutal de un grupo de asesinos, una medida sangrienta de cautela. Lo peor es que la segunda versión también puede sonar creíble en esta época: en ella tenemos un grupo de criminales violentos y jactanciosos que desean tomarse fotografías y a la que no quiera, la matan. Por una foto. En esta segunda versión hay un desplante de violencia gratuita y extrema, una trivialización aún mayor de la vida humana y quitarle la vida a una persona es la manera de mostrarles su desacuerdo con cualquier cosa. Aterrador.

Solemos creer que una de las características de nuestra época es la permanente vigilancia de todos hacia todos. Cuando las personas traen en la bolsa, como parte de su ajuar cotidiano, un teléfono con grabadora, video y cámara fotográfica, las posibilidades de ser denunciado y exhibido aumentan considerablemente y debería ser un incentivo para disuadir conductas indebidas. Debería.

La realidad es que el gran hermano posmoderno es bastante selectivo. Está presto para grabar a políticos y empresarios hablando por teléfono o a gente de la farándula acomodándose el traje de baño, pero no ha incidido de manera significativa ni en la reducción de los delitos ni en la normalización de la violencia. La cifra negra –aquellos delitos que no se denuncian- sigue siendo alrededor del 90%, con todo y los celulares que inauguran una #lady y un #lord lo que sean cada semana.

Y, sin importar la versión que resulte ser la definitiva –que no la verdadera,- tienen una cosa en común que reitero: esa normalización de la violencia y del asesinato para resolver problemas sin agotar ningún otro recurso. Inclusive, desde la lógica de un criminal capaz de matar, se me ocurren diversas alternativas para lograr imponer su voluntad en un caso concreto antes de quitar una vida: quitarles los teléfonos, amenazarlas pero sin disparar, cubrirse la cara con las manos, en fin. Pero a ellos no se les ocurrió. Me pregunto (sin sorna) si también le disparan al cajero del Oxxo  cuando no tiene cambio o al taxi que no les hace la parada.

Cormac McCarthy, uno de los maestros del realismo sucio norteamericano, tiene una novela llamada No Country for Old Men. En ella, uno de sus personajes es un asesino sumamente unidimensional, balzaquiano, puesto que cualquier interacción con él –desde comprar chicles hasta negociar con drogas,- tiene una buena posibilidad de terminar con un disparo a la cabeza de su interlocutor. Aunque la novela fue escrita en el 2005, el autor sitúa la historia en la década de los años ochenta del siglo pasado, quizá entre otras cosas porque sería difícil de creer que en la época de los celulares y las cámaras una persona pudiera ir matando gente a diestra y siniestra, a la vista de todos y sin que nadie lo atrapara nunca. O eso creía él.