lunes 20 de febrero de 2017 | 02:25
Columnas

¿Crisis de liderazgo político y estallido social?

@jcma23 mié 11 ene 2017 00:46
Escenas provocadas por el poder o no desde el poder, donde la población acude en forma masiva a unos XV años
Escenas provocadas por el poder o no desde el poder, donde la población acude en forma masiva a unos XV años
Foto propiedad de: Internet

“He querido decir que la burguesía veía en la sedición el principal peligro”, Michel Foucault, Microfísica del Poder.

Espero no pecar de optimista. Considero que aún no hay una crisis de liderazgo político ni estallido social en México. Expongo las razones y los argumentos.

Una de las narrativas históricas y simbólicas, asociadas con el control de mando para el presidente de la República, en México, ha sido la “paz social”, como medio y no como fin del poder político. Desde los tiempos de Porfirio Díaz ese justificante de dominación fue usado a rajatabla: “No hay democracia, pero sí hay paz social”. Años después, durante la posrevolución, en el tiempo en que se inventó esa contradicción llamada: “Revolución Institucional” (inicios de los años 40), hasta el periodo denominado: “Desarrollo Estabilizador”, (finales de los años 60), la “paz social” fue la divisa más preciada del modelo político dominante, del pasado premoderno, cuando el sistema de Estado-partido único daba frutos. Pero quizá ese árbol ya se secó.

Con el Estado posrevolucionario mexicano, los sindicatos y las corporaciones obreras o campesinas podían sentarse a negociar los contratos colectivos de trabajo o acuerdos laborales, incluso en los términos más radicalizados, pero sin lastimar el ambiente de cordialidad: la “paz social”. Mientras no se desbordara la estabilidad política y social, todo era concordia. La fórmula de “ganar-ganar” era surrealista. Ganaba el Estado, no los trabajadores. La calma se rompía cuando algún sindicato, como el de los Ferrocarrileros, no aceptaba los términos del corporativismo o no admitía la subordinación al nuevo orden “revolucionario”. La cárcel fue el destino para los movilizados, para los huelguistas rebeldes.

El liderazgo político, desde Los Pinos de Manuel Ávila Camacho, por ejemplo,  ejerció e impuso la “justicia social” de una manera sui generis. El poder accionaba a sus bases: la amenaza, el chantaje y la cooptación de luchadores sociales, organizaciones políticas o cualquier tipo de oposición. Aquel que no aceptaba los términos y el lenguaje del poder, ponía en riesgo la vida misma. En ese entonces, no existía el rejuego de los partidos políticos (pues sólo existía uno), ni la colaboración de la sociedad civil organizada, como para legitimar medidas antipopulares o para siquiera buscar consensos en medio de algún conflicto político nacional, regional o local.

La cabeza de las decisiones políticas y económicas recaía en la persona que ocupaba la silla presidencial, la jefatura del Ejecutivo Federal. Así se vivía la política en México, de manera asimétrica, casi sin equilibrios ni contrapesos en el ejercicio del poder, salvo los que fueran remitidos, ocasionalmente, desde el poder de la Iglesia católica o de los grupos de presión internos y externos.

Otra figura clave que ha servido a la preservación del liderazgo político institucional, ha sido el famoso “manotazo” sobre la mesa. Éste ha sido aplicado de muchas maneras: Cabe recordar la intervención presidencial en la vida de un periódico de circulación nacional (Excélsior), a finales de los años 70, durante el gobierno de Luis Echeverría; o lo sucedido durante el primer año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari, al llevar a la cárcel al líder petrolero, Joaquín Hernández Galicia, debido a una disputa política en el camino al poder. Y lo más reciente, el encarcelamiento de la líder magisterial, Elba Esther Gordillo, al inicio del presente sexenio. Dicen en algunos pasillos académicos, por cierto, que ese fue el precio pagado no sólo por su vinculación con actos de corrupción, sino debido a deslealtades políticas e institucionales.

Las modalidades del liderazgo político, en sus formas y en sus contenidos, han sabido ejercerse, desde la cima del poder, con gran habilidad, pero no siempre de un modo sutil ni sublimado. Lo digo no como descripción de hechos, sino como hipótesis y apunte preliminar para armar una eventual “microfísica del poder político mexicano” (en un estilo similar al sugerido por Michel Foucault en su famoso libro).  

Una narrativa política así tiene sentido en la actualidad de México, porque durante las últimas semanas se ha hablado, en los medios electrónicos, de un presunto cuestionamiento a la figura presidencial, debido a las decisiones tomadas recientemente, y a la sospecha de actos de corrupción y la impunidad derivada de éstos.

A diferencia de otras épocas, los actores y las circunstancias políticas hoy son distintas. El poder político en México, hoy, tiene más contrapesos y equilibrios que lo observado, de manera resumida, durante las prácticas de dominio y hegemonía del pasado. Aunque el rejuego de los partidos políticos es restringido o limitado, hoy la operación política a través de los otros poderes de la Unión, como el Legislativo, ha transitado por formas más eficientes para alcanzar el consenso, la cohesión y la colaboración política; modos más refinados y sofisticados que los aplicados en otros tiempos (ahí está el llamado: “Pacto por México”).

Pero cuando en una nación como la nuestra la “paz social” se coloca en posición de vulnerabilidad, los costos políticos toman casi el mismo valor adverso para los efectos del ejercicio del mando. El tejido social se deshilacha. Aunque puede ser que ello se deba, entre otras cosas, a que el tejedor no tenga la maestría que se requiere.

La probabilidad alta del estallido social es directamente proporcional a la pérdida del liderazgo y el consenso políticos. Mientras el poder político en otro tiempo se podía ejercer mediante amenazas, chantajes y cooptaciones hacia los líderes opositores, hoy se requieren otros tipos de pactos sociales; de acuerdos políticos, de “colaboraciones civilizadas”, como para alcanzar los equilibrios inexistentes.

Escenas, provocadas o no desde el poder, donde la población asiste en cantidades masivas a una fiesta de XV años, más motivada por el morbo, el altavoz de las redes sociales y la frivolidad, que por la preservación del vínculo familiar y comunitario, dan cuenta de una crisis social de dimensiones considerables, tanto en extensión como en intensión (de intensidad). Del mismo modo, escenas, provocadas o no por quien ejerce el poder político, donde grupos de pobladores saquean tiendas de autoservicio y gasolineras o gasolinerías, más motivados por el encono, la rabia y el rencor (justificado o no), que por protestar contra una medida antipopular o unas políticas energéticas fallidas, también dan cuenta de una profunda crisis social.

Actos y escenas sociales como esas, pueden ser producto del enfado, la sinrazón, el hartazgo o la desesperación. Pero también pueden ser el resultado del abandono social e institucional de la educación pública. México carece de un proyecto educativo más allá del concepto de “calidad”, en los planos nacional y local, que esté centrado en las personas; sensible a la convivencia social y a la construcción de consensos; y si existe, no se pone en práctica, en las aulas, un proyecto educativo preocupado y ocupado en los valores básicos como la tolerancia, el respeto, la responsabilidad, la solidaridad… como valores cívicos y éticos humanos. Nuevamente se nota la ausencia de un proyecto de políticas públicas en educación, de largo plazo, que no sólo busque la integración o la inclusión sociales, sino que trabaje en la apropiación, por parte de la comunidad, de valores democráticos, así como en la construcción de la autogestión social. 

El problema de fondo es que el mantenimiento del poder no sólo se da, ni se debe dar, desde arriba, sino que también, ese mismo proceso de sostenimiento y de equilibrios políticos, debe darse desde abajo. La base social no la da el “manotazo, el “divide y vencerás”, ni el chantaje desde el poder. La base social se da mediante la construcción de una ciudadanía democratizadora.

Cuando aparece esta contradicción, es decir, cuando la “paz social” hace grietas desde el sentir de la población (Foucault le llamaba “plebe” proletaria o “plebe” a secas), debido al malestar social o para oponerse “al sistema”, el ejercicio del poder se vuelve rígido, vertical, monolítico… Con la consecuente pérdida del liderazgo y legitimidad, política y social. Después de esa condición adversa, emergen casi en automático los actos de represión y el uso de la fuerza por parte del Estado, en nombre de la sociedad… Vaya contradicción… para que luego se recupere el orden constitucional… Esto me recuerda 1968.

Por eso precisamente, pienso que hoy estamos frente al fracaso de las políticas públicas en educación, en cultura, en civilidad; y quizá, de modo más general, frente al fracaso de un modo de hacer, decir y pensar la política: aquel que se basaba en el “manotazo”, en la amenaza o el aplastamiento del opositor, del disidente, del adversario político, del “otro”.  

Contra eso habría que actuar. Es hora de trabajar en la construcción de nuevos consensos sociales y políticos. Es tiempo de construir otros lenguajes y significados sobre lo social. No cabe duda que hay un sinfín de tareas públicas, impostergables y orientadas al cambio, que se habrán llevar a cabo desde el aula, el hogar o el espacio de trabajo, pero que también deben ponerse en marcha de inmediato en los ámbitos de las más altas esferas del poder.

Espero no pecar de optimista.

 

 

 

 

 

*Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Querétaro.

jcmqro3@yahoo.com