jueves 27 de abril de 2017 | 11:42
Columnas

Monreal a ultranza

@claudiamarinc mar 10 ene 2017 15:34
Ricardo Monreal
Ricardo Monreal
Foto propiedad de: Inernet

 

 

En materia de imagen, la honestidad es una de las virtudes más frágiles. Supuestamente habla por sí misma y adorna a todo el mundo, mientras no se demuestre lo contrario. Pero en México sucede precisamente lo opuesto: es una virtud heroica a la que nadie da crédito. Por eso tantos políticos hacen ruido a propósito de su propia honestidad: como nadie más que ellos lo dice y todo el mundo presupone lo contrario, parece como si ellos mismos compartieran las dudas generales, y se lo repitiesen una y otra vez para autoconvencerse con eco de su propia voz. Algo así debe sucederle a Ricardo Monreal, quien no pierde ocasión de proclamarse honesto a ultranza. Sobre ese pilar asienta su imagen pública: Monreal honesto, martillo de corruptos. Digamos, pues, que es honesto; ruidosa y combativamente honesto. Esto puede significar mucho o poco en una sociedad poco estructurada, como la mexicana, que entiende y reconoce un derecho sutil a la transgresión, cualquiera que sea su objeto. En la práctica de gobierno, la honestidad es un concepto permeable, mientras que la visceralidad es un error político que conduce a la asfixia. La realidad social resulta  siempre demasiado enmarañada y la corrupción rebrota como una hidra por doquier sin dar tregua. En ese combate, salir vivo ya es victoria. El caso de Monreal, visceral como es siempre con las bocinas puestas, presenta algunos rasgos patéticos. Parece extraño que hombre tan experimentado, con un sexenio de gobierno en Zacatecas, se prestara a protagonizar episodios tan poco edificantes como el de los conos de la Tabacalera, la bolsa o la mochila, todo documentado por su cámara a cuenta de la ruidosa honestidad. Y las didácticas declaraciones sobre su voluntaria reducción de salario. A efectos de imagen lo que a Monreal  le conviene es que lo bueno de sus obras lo diga siempre otro.

En Zacatecas pudo comprobar que no toda buena intención fructifica y que todo logro es reversible. Cumplió como diligente legislador y tomó la Delegación Cuauhtemoc como catapulta para el gobierno de la ciudad, y quien sabe para qué más. Y ahí está, ajustando presupuestos escuálidos, que es como cuadrar el círculo, empantanado en trifulcas vecinales, tapando baches y espantando a manotazos a todo un enjambre de aviadores, coyotes, ambulantes, franeleros, y demás especímenes del biotopo capitalino. Como bien sabemos, casi todo es combatible en Ciudad de México. Está bien, pero en su forma de proceder también aflora un rasgo suyo de carácter, que es la obstinación. La misma que le afeó su período como legislador con sus salidas de tono, abusando incluso de la tribuna de oradores para proferir sus alegatos, o sus intervenciones en debates discutiendo morralla, con quejas recurrentes de que todo lo que le afecta obedece a oscuras conjuras. Las instituciones no solo se desprestigian a causa de la corrupción, sino también por la frecuente teatralidad de sus denunciantes y el mal estilo parlamentario. La prudencia aconseja a levantar la voz solo lo justo y en la disputa, no negarle al oponente su terreno.

Sin embargo, Ricardo Monreal posee una sólida formación como hombre de leyes con una notable trayectoria intelectual. Es además un político de raza con un proyecto personal más poderoso aún que su vocación de servicio. Sin perder el rostro ha sabido medir sus tiempos en todos los meandros de la izquierda hasta recalar en el puerto de Morena, donde hasta ahora parece sentirse cómodo. Tiene labia mitinera y ha asumido como propia la dialéctica de su líder carismático, por quien antes se deshacía en loas: no se dudase, pues, de su lealtad y, por consiguiente, de su adecuación al cargo a que aspira. Sin embargo, Monreal parece ser un verso libre dentro de la formación izquierdista. Hay quien afirma que su ambigüedad en materia de alianzas es una actitud pactada, lo cual, de ser cierto, carecería de importancia. La política es así. Alguien tendrá que unificar a la izquierda, si esto es posible. En su relación con Mancera, desde siempre ha demostrado sentido institucional y sobre todo, táctico. Y ha sabido mantener puentes con el PRD, pese a las trifulcas que él mismo ha escenificado.

En los últimos tiempos, y por la cuenta que le trae, parece preocupado por retocar su imagen y no desaprovecha ocasión de mostrar su lado amable. Tanto es así, que en el clima de exaltación política y social que estos días vive México, el otrora incendiario Monreal se muestra notoriamente prudente en sus críticas al gobierno federal, manteniendo un perfil bajo, sin sumarse al coro de improperios. Bien porque tiene sentido de estado, o acaso porque en su fuero interno sabe que ni el líder carismático, ni nadie que llegue a gobernar o redimir este país jamás bajará por decreto el precio de los hidrocarburos. Sería cosa de preguntarle.