Reportaje: Indígenas purépechas entre piñatas y tradiciones en Rosarito Foto: Alex Cossio / AP
 
COBERTURAS
PERSONAJE

Cada semana Villubaldo López, de 55 años, elabora junto a su esposa y nietos cien piñatas de cartón en la sala de su casa, un humilde hogar ubicado en una loma del barrio Constitución, al este de Rosarito, ciudad turística bajacaliforniana a 30 minutos de la garita internacional de San Ysidro, California.

La familia López es una de las 250 de origen indígena purépecha nativas de Janitzio, la isla situada en el lago de Pátzcuaro, Michoacán, que desde hace casi dos décadas fundaron esta colonia.

Son la mayor concentración de esta etnia fuera de Janitzio y, a diferencia de otras comunidades indígenas, han conseguido mantener viva su lengua, además de sus coloridas tradiciones familiares, gastronómicas, religiosas y artísticas.

El principal sustento económico de estas familias en Rosarito es la fabricación de piñatas. Realizan en promedio 5.000 cada semana para ser exportadas a Estados Unidos, dijo el dirigente de esta comunidad Lázaro Guzmán, de 46 años.

 

Una mañana de un jueves reciente, López tiene 40 piñatas ya terminadas. El hombre fabrica piñatas de todo tipo, incluidas algunas con formas e imágenes de dibujos animados populares y superhéroes. El oficio lo aprendió en Rosarito, donde se intensificó el contacto de la tribu con la sociedad moderna. Pero esto no quiere decir que López se esté apartando de sus tradiciones, pues conserva su lengua, su vestimenta, sus fiestas y otras actividades artísticas y gastronómicas.

Mientras trabajaba, conversaba en lengua purépecha con su esposa, quien preparaba el desayuno, y uno de sus nietos, que jugaba con un carrito, al tiempo que explicaba en español su oficio de fabricante de este tipo de manufactura artesanal.

López dijo que le ha enseñado el valor del trabajo a sus hijos y nietos, pero que lo que más le llena de orgullo es que las costumbres de su pueblo, transmitidas de generación en generación en su natal Janitzio durante más de 400 años, se hayan conservado aquí.

"La sangre indígena se hereda, pero las tradiciones, si no se practican, se olvidan, se pierden", expresó.

El Sistema Educativo Estatal (SEE) afirma que en Baja California hay presencia de 56 de 62 etnias mexicanas y que los pueblos indígenas nativos de la zona han perdido en mayor o menor grado su lengua y en cada comunidad se cuentan con pocos hablantes.

"Baja California es un estado receptor de migrantes, cada uno de ellos con realidades propias de su entorno", expresó Armando Estrada, director de la Unidad Regional de Culturas Populares, una oficina federal que depende del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. "Muchos migrantes indígenas e incluso indígenas nativos de Baja California, como los kumiai, paipái, cucapá y kiliwa, no han podido preservar sus propias lenguas porque históricamente han salido de sus lugares de origen a buscar trabajo o mejores condiciones de vida y en esos contextos se han separado de sus comunidades y dejan de practicar sus tradiciones".

"Sus lenguas ya no son transmitidas muchas veces por prejuicios de ellos mismos y de la sociedad", añadió.

Se estima que la población indígena nativa o migrante en Baja California es de 76.000 personas, de las cuales poco más de 74.000 provienen principalmente de estados como Oaxaca, Veracruz y Guerrero. La población de indígenas pertenecientes a grupos nativos del estado es de casi 2.000 personas.

Estrada dijo que, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los indígenas que emigran y pierden sus tradiciones porque se asimilan a su nuevo entorno, los purépechas de Rosarito consiguieron crear vínculos adaptando y adoptando lazos comunitarios frente a realidades que se les presentaban y las mezclaron con sus tradiciones.

Con ello, agregó, han enriquecido la diversidad cultural que existe en Baja California y la misma comunidad ve con tolerancia y respeto sus formas de vestir, hablar y sus festejos.

En el barrio Constitución, la comunidad purépecha construyó con sus propios recursos —además de sus viviendas— un preescolar, una primaria, una cancha deportiva y una iglesia, donde celebran la mayoría de sus fiestas tradicionales.

Dentro de la parroquia —todavía sin ventanas y paredes sin pintar— están las réplicas del Señor de Carácuaro, un Cristo que los purépechas consideran milagroso y que le conservan fe y esperanza para subsanar sus dificultades, y de San Jerónimo, el santo patrono de la isla de Janitzio.

Trajeron los íconos religiosos hasta esta región para transmitir su cultura a las nuevas generaciones, pero también para recordarles a los purépechas que no debían de adoptar otras costumbres, como beber alcohol los fines de semana o malgastar su dinero, dijo López, quien es nativo de Janitzio y vive desde 1988 en Baja California con sus cinco hijos y seis nietos.

 

 

López contó que fue pescador en la isla situada en el lago de Pátzcuaro, Michoacán. Pescaba charal blanco y trucha, pero para mediados de la década de 1980 comenzó a escasear la pesca —históricamente el sustento de los purépechas de esa zona— debido al desarrollo en la zona lacustre.

Como miles de nativos de Michoacán —cuna de celebraciones como el Día de Muertos y la danza de los viejitos, pero también uno de los estados que ven partir más indígenas_- Villubaldo se fue con su esposa e hijos en busca de mejores oportunidades de empleo.

Llegaron a vivir a la zona norte de Tijuana, donde ya estaba establecida una pequeña colonia de unos 50 indígenas purépechas que llegaron a finales de los 70 y que principalmente se dedicaban a vender elotes cocidos o asados en la catedral de la ciudad.

"Vivíamos en unos cuartitos de tres por cuatro y nos cobraban la renta en dólares. Era muy incómodo para una familia. En Janitzio estamos acostumbrados a vivir muy libres, cada quien tiene su casita, nadie paga renta, uno es muy libre de salir a asolearse, tener su patio y ver el agua (lago) todos los días", dijo.

A dos años de haber llegado a la frontera, decenas de familias purépechas de Janitzio se mudaron a Rosarito animados por Feliciano Justo, un pequeño comerciante también purépecha —de los primeros que había llegado a la frontera— que les había enseñado a sus paisanos a elaborar piñatas para venderlas principalmente a turistas estadounidenses y había logrado mantenerlos unidos.

Empresarios y políticos de Rosarito impulsaron durante la primera mitad de los 90 que esta ciudad se convirtiera en municipio y muchos ex ejidatarios ofrecían facilidades para adquirir terrenos.

Lázaro Guzmán dijo que toda la comunidad purépecha que vivía en la zona norte de Tijuana emigró hacia el barrio Constitución y pronto convirtió sus casas austeras en pequeños "talleres de piñateros". En la actualidad, cada una de las 250 familias entrega en promedio cien piñatas a un distribuidor y la venta es su principal sustento económico.

"Hemos mantenido viva nuestra lengua y nuestras tradiciones aquí debido a nuestros principios de vernos como comunidad, considerarnos como hermanos, amigos, compañeros; no nos hemos dejado en las buenas y en las malas", dijo Guzmán.

A un costado de la casa de Villubaldo, en la calle San Luis Potosí de la misma colonia, está el preescolar y la primaria que construyó la comunidad bajo el nombre de "Sentimiento Purépecha".

La directora del plantel, Catalina Soto, dijo que actualmente tiene 80 estudiantes, 20 de ellos de origen purépecha. En el preescolar hay 70 niños, 30 hijos o nietos de indígenas de Janitzio. Aunque la escuela no es bilingüe, cantan el himno y algunos cantos en purépecha, además de practicar algunas frases en este idioma.

"Desafortunadamente no todos hablan el idioma purépecha, pero tratamos de continuar todas las tradiciones y las fiestas que celebran en su tierra", comentó Soto.

Ese día la comunidad hacía una verbena afuera de la iglesia, ubicada en la misma cuadra donde está la escuela, con diversos platillos típicos de su tierra.

"Tenemos diferencias, como todos, pero con la celebración de nuestras tradiciones todos convivimos y nos olvidamos de si tenemos pleitos o rencores entre nosotros", dijo Sara Silvestre, de 39, originaria de Janitzio y madre de cinco hijos nativos de Rosarito.

Ella hace 50 piñatas en su casa cada semana y dijo que mientras trabaja se mantiene al pendiente de la educación de sus hijos, la comida y las labores cotidianas que tiene que hacer en su hogar.

"Algunas veces nos dicen que somos una comunidad especial porque estamos muy arraigados a nuestras tradiciones; pero yo creo que simplemente nos gusta trabajar y que nuestros hijos crezcan con respeto y valores", dijo Silvestre.