miércoles 16 de abril de 2014 | 08:32
Columnas

Gobiernos democráticos, gobiernos débiles

Alexia Barrios G. @alexiabarriosg jue 29 ago 2013 02:56

Montesquieu nos enseñó que la naturaleza del gobierno no depende meramente del número de personas y de su fuerza, sino, de las sentimientos de la sociedad hacia quienes ejercen el poder. ¿Qué tipo de sentimientos determinan la estabilidad y viabilidad de los gobiernos?

“La política del miedo permanece como su enemigo supremo.” Montesquieu

La naturaleza de un gobierno es su forma, dice el clásico. Y muy pocos podrían en este momento poner en duda la legalidad y legitimidad democrática de los triunfos de Gabino Cué en Oaxaca, Ángel Aguirre en Guerrero, Fausto Vallejo en Michoacán, Manuel Velasco en Chiapas, Graco Ramírez en Morelos, Arturo Núñez en Tabasco y Miguel Ángel Mancera en el Distrito Federal. Pero para nadie es un secreto que todos éstos son gobiernos débiles, que en conjunto representan una franja que parte al país en dos.

Hoy en día, todos estos gobiernos estatales y, con creciente tendencia el de Peña Nieto, son gobiernos débiles, sin rumbo, sin ruta crítica, desfondados, rotos y con serios problemas  de gobernabilidad.

Montesquieu nos enseñó que la naturaleza del gobierno no depende meramente del número de personas y de su fuerza, sino, de las sentimientos de la sociedad hacia quienes ejercen el poder. ¿Qué tipo de sentimientos determinan la estabilidad y viabilidad de los gobiernos? Muy sencillo de enlistar, pero muy difícil en este país de llevarlo a la práctica: el respeto a la ley, el amor a la sencillez y el compromiso por el bien colectivo. En otro campo, está “el miedo”,  la base sobre la cual se funda la estabilidad del despotismo.

Un gobierno despótico no necesita siquiera lanzar la amenaza sobre sus gobernados ni anunciar siquiera una acción represora; simple y sencillamente los déspotas fundamentan su poder en inferir temor por sí mismo.

Actualmente ninguno de los gobiernos democráticos anteriormente enlistados genera miedo ni respeto ni don de mando; viven un vacío de autoridad, inmersos en renuncia de sus principales funcionarios, atrapados por el crimen organizado y, por si fuera poco, sin capacidad de previsión (inteligencia) ni negociación con los grupos inconformes (el arte de la política).

Nadie sabe qué pasará con esos gobiernos estatales (cuatro del PRD-PT-MC, uno del PRD-PAN y dos del PRI-PVEM), pues sus mandatarios podrían tirar la toalla antes de que sus propios demonios internos los tumben. Con Peña Nieto la situación se complica día con día sin que dé una señal de fortaleza y sí de mucho titubeo, de desorientación y confusión de sus mensajes políticos.

En medio de todos estos gobiernos, curiosamente, aparecen la CNTE y sus aliados, llámense “anarquistas”, EPR –o ERP-, “autodefensas”, los restos del #Yosoy132, los noroñas, barzonistas, electricistas, bejaranistas y otros más. Esta presión del magisterio disidente previa para quemar todas las lanzas el 1 de septiembre, se podría convertir en el “Atenco” del peñanietismo, es decir, en su fracaso anticipado, pero también podría ser el fin de los gobiernos débiles de Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Tabasco, Morelos y Michoacán.

En resumen, para quienes gustan celebrar campañas golpistas; en esta fiesta “revolucionaria” de la CNTE todos los actores institucionales pierden, y con ello perdemos todos los mexicanos.

Siguiendo a Montesquieu sobre las leyes y razonando a las tesis de Gramsci, se debe subrayar que todo poder de un gobierno está en directa proporción con el grado de cohesión y consenso que logra construir con su sociedad. Esto incide en la capacidad de comunicarse y de llegar a acuerdos.  El Pacto por México caminaba en ese sentido, pero todos los actores involucrados fallaron y desde dentro del propio gobierno priista y de los gobiernos estatales, sus propios miembros se han encargado de bombardearlo, de acabarlo, de nulificarlo.

Lo grave de todo lo anterior es la tentación autoritaria. Esa que apuesta porque los gobiernos den muestra de fuerza –que no de fortaleza- y hagan sentir su presencia y su terror a través del “uso legítimo de la fuerza”.

Ya hay voces internas que dicen que los gobiernos que se cuidan de respetar la ley y las instituciones pasan a la historia como débiles, mediocres, ineficaces e inoperantes. Que son débiles e incapaces de controlar los resortes fundamentales del poder político para conducir una entidad y a todo el país.

Nada más retrógrada que promover el uso de la fuerza para la imposición del poder y para la demostración de que todo puede hacerse en este país como en “los tiempos de don Porfirio”.

En México, sin duda, hay debilidad y hasta vacío de poder. Pero, en este momento, la CNTE, Andrés Manuel López Obrador, el PRD y sus ex aliados PT y MC, los grupos inconformes con el sistema actual, al igual que los grupos de la derecha y la extrema derecha, como “Mexicanos Primero”, deben poner la barbas a remojar y no invocar al “uso legítimo de la fuerza” para reventar a este país.

Los gobiernos de los países democráticos son menos poderosos de lo que podrían ser si adoptaran otro régimen político, como una dictadura (sea ésta de derecha o de izquierda),  pero sin duda muchos preferimos a éstos a un régimen totalitario.

 Los procesos de construcción de consensos sociales requieren una importante cuota de poder, el cual se va desgastando en su propia construcción. Pero es necesario recorrer ese camino, aunque nos duela, aunque nos moleste, aunque tengamos que esperar otros años para dar el brinco esperado de justicia social y equidad en la distribución de la riqueza de nuestro país.  Lo contrario, nos llevará a un retroceso no de años, sino de más de un siglo.

alexiabarriossendero@gmail.com